EL ÚLTIMO VUELO DE ANDREAS LUBITZ

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Un amigo decía que sólo se conoce a alguien razonablemente bien una vez leído su testamento. Que un niño no es más que un universo de posibilidades que se van descartando a medida que pasa el tiempo hasta que ya no queda ninguna. Otro amigo me dice que maduramos cuando confirmamos sin conflicto que nuestras propias sospechas sobre nosotros mismos eran ciertas. Este último amigo es argentino, así que podemos simplificar su frase en que maduramos cuando aceptamos nuestras limitaciones. Gran verdad. Hay mucho alivio en aceptar nuestras limitaciones, la barrera que separa nuestros logros de la meta que nos habíamos marcado. Termina el conflicto, llega la calma. Es sabido que el fugitivo recién capturado puede al fin conciliar el sueño. A la incertidumbre la sustituye la serenidad de conocer el desenlace.

Andreas Lubitz era ese fugitivo, el más agitado de todos porque no huía de nadie sino de sí mismo. Acorralado por la dura realidad de sus limitaciones, se había quedado sin lugares en los que esconderse. Los compañeros de Lubitz se burlaban de él por no estar a la altura. Si esa era la tónica en su vida social, puedo imaginar por qué su verdadera pasión era practicar el vuelo sin motor, lejos de cualquier lugar en el que sus limitaciones importaran algo. Siempre está ahí, el miedo a los otros. Un miedo más que razonable, pero es un error muy común matar al mensajero y culpar a los otros de nuestras limitaciones. Ellos sólo las señalan, y todo depende de cómo las gestionemos.

Por eso al final de cada vuelo sin motor llegaba el fatídico momento de volver a tierra. A ocultar las bajas psicológicas, a ocultar la medicación en los análisis de la compañía aérea, a ocultar los problemas derivados de jugar arbitrariamente con ese tipo de medicamentos, a ocultar los problemas de visión -probablemente relacionados- que no se podían solucionar con una simple cirugía. Andreas Lubitz quería ser piloto, pero no podía serlo. Esa es la verdad de la que huía. Como una bestia acorralada, al final mostró los colmillos. La realidad llegaba al buzón, él la destrozaba. La realidad llegaba a su relación sentimental, él compraba un Audi. No, mejor, dos. Probablemente en ese punto sabía ya cómo iba a acabar todo. Sin despedidas, sin explicaciones. Andreas Lubitz había atrapado al fin a Andreas Lubitz, y llegó la calma, esa respiración normal de la que hablan los que analizaron las cintas, en un último último vuelo sin motor ni vuelta a tierra, y que se llevaría por delante a quien él creía su enemigo: los otros.

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