GABILONDÍAS

Aaaaaay, pobrecitoooo. ¿Qué te han hecho, bonito?¿Que te miran mal? ¡Malos, malos, malos! Ea, ea, bonito, no llores.

O sea, que Gabilondo dice que se siente marcado. Que la gente le insulta por la calle. Total, solamente fue responsable de una mentira que provocó un vuelco electoral. Una mentira que consistió en repetir durante horas con insistencia que se habían encontrado terroristas suicidas entre los cadáveres. Lo cual era mentira.

Gabilondo trata de desviar la atención a su rechazo de la guerra de Irak. A éste tipo le gusta darse importancia. A nadie importa un comino, Gabilondo, si estás a favor o en contra de la guerra de Irak, o de si te gusta el puré de calabacín. Sí le importa más a la gente, que se la induzca a votar a un presidente siniestro, basándote en mentiras interesadas, con 192 muertos sobre la mesa. Pero no cuela, Gabilondo. Otro que nos toma por idiotas.

Si no es por la guerra de Irak. Es por llevar a Zapatero a la moncloa, por propalar la mentira de los terroristas suicidas en los trenes. Terroristas que nunca aparecieron, por cierto. Por eso tanta mala cara. Y si me cruzo con usted, don Iñaki, no le gritaré ni le diré cosa alguna, pero si me mira cuando yo le mire a usted, sabrá si soy de los que le estiman o de los que no.

Lo de oponerse a Irak por no contar con el beneplácito de la ONU aplíquelo usted a tantas cosas indefendibles que propuso y propone Zapatero con el aplauso de usted.

¿Qué pasa en el 11-M, que todos los mandados protestan para que nos callemos? Sánchez Manzano, Olga Sánchez, Gallardón, y ahora Gabilondo. Menuda brocheta.

Cuelgo un vídeo de Peones Negros. Mucha atención a las palabras de Carmen Baladía. Saludos, don Iñaki.

Y ya que nos metemos en harina, procedo a colgar un ilustrativo audio de youtube, con Gabilondo y Wyoming celebrando la victoria socialista pocos días después del 11-M. Jodó, las maneras de chekista que gasta Wyoming. Gabilondo hace de KGB bueno, pero también se retrata. Absténganse estómagos delicados, porque lo que se dice por esas boquitas es de cuidado.

Menuda banda. Como para darles la espalda, vaya.

Hippies de lujo

Siempre he pensado, erróneamente, que el gran hándicap de la izquierda para implantarse en el mundo es una endémica disensión interna que, por errada deducción, siempre he atribuído a las diferentes ideologías libertarias. Es lógico, pensaba. Las mentes libres tienden a discrepar, mientras que la rígida derechona siempre cierra filas en pos de sus intereses. Es más, pensaba, la derecha carece de más ideología que el dinero y el poder. Esa estrechez de paso se traducía en una mayor disciplina de grupo, y por eso “la derecha siempre manda”. Eso solía pensar en alto, y el pobre fulano de que me estuviera escuchando siempre se quedaba un rato cavilando, con ademán de “esa es una idea interesante”.

Claro que eso era cuando yo era de izquierdas. Ya no lo soy. Dejé de ser de izquierdas más o menos cuando me incorporé al mercado laboral. Pero no me enteré al instante. Durante mucho tiempo, pensé que mi izquierdismo era un poco sui generis cuando comprobé la alegría con la que un tío de izquierdas celebra en petit comité cómo la mafia vasca se iba ventilando a mis vecinos, o bien es testigo de semejante espectáculo sin mover una ceja. Comprobé también en ésos días con qué orificio del cuerpo humano razona la izquierda. Y por supuesto, comprobé en carnes propias cómo las gasta un izquierdista cuando alguien le lleva la contraria. Y no en casos aislados. Y no en un solo tipo de progresista. Hagamos aquí un inciso para describir a los tres principales tipos de progresista.

El rojillo locuaz: Llévale la contraria a un rojillo de verbo fácil, y basará toda su estrategia en soltar indignadas peroratas interminables y cíclicas cuyo único objetivo es impedir que hables dos frases seguidas. Pues de todos es bien sabido que si hay algo que un progresista activo no soporta es escuchar o leer información incómoda o discrepante. ¡Dios mío, leer! Éso es tener fe. No, si al final voy a resultar que soy creyente. Como ejemplos, María Antonia Iglesias o José María Calleja son dos indivíduos que toleran la discrepancia lo mismo que los nazis toleran mirar directamente el Arca de la Alianza.

El progresista susurrante: Es aún más bajuno, pues basa su estrategia en la expansión del bulo, del rumor de pasillo, de la contaminación informativa. De la mentira, vaya. Éste tipo de libertarios pro-derechos humanos como por ejemplo el derecho al honor escuchan sin interrumpir (eso se agradece, la verdad) en stand by, y sólo en el momento preciso soltará su carga de profundidad, una mentira, algo que se dice, algo que sabe todo el mundo, ¿no te has enterado? En bajito, con voz queda, tolerante, y luego se alejará tranquilamente con las manos en los bolsillos. Siempre son rumores difícilmente comprobables, algo que sólo se sabe si conoces a alguien de dentro. En general contra gente de talento y popularidad, pero que discrepa de las tesis o las prácticas socialistas. Da miedo pensar la cantidad de gente que se cree sin más la basura que suelta ésta gente por lo bajini, tirando la piedra y escondiendo la mano. Como ejemplo, Rubalcaba o De la Vega. Ésta última, si bien habla más de la cuenta, lo hace mal y torpemente, y se mueve mejor entre codazos de pasillo que rindiendo cuentas de su trabajo.

Y luego está el más abundante de todos. El que, a falta de criterio, cree en cualquier retórica que quiera parecer razonable, pero al final vota a la izquierda tras una decisión final alimentada por los López-Aguilar de turno con sus “¡que viene el lobo!” tomando por tontos a la mitad larga de los españoles, y quien sabe, quizá acertando. Los contínuos cheque-bebés, cheque-coches y cheque-cheques que los gobiernos socialistas largan indiscriminadamente con sus políticas horteras, de talonario, suelen ayudar a la decisión, también.

También existe el indivíduo pseudo o filosocialista que desde la óptica del socialismo trata de desmadejar el mundo. Sin conseguirlo, claro, pero con la voluntad real de hacer del mundo un lugar mejor, y cuyas tesis u opiniones no se identifican necesariamente con las posturas y usos de la izquierda oficial. Ésta especie, o malformación del camelo zurdo está en vías de extinción, más perseguidos entre sus propias filas que en otros ambientes más ventilados. La diferencia fundamental entre éste tipo y un socialista al uso es que éste progresista ilustrado no tiene miedo de las opiniones ajenas y no trata de imponer sus tesis más radicales a todo quisque. Ésta especie, o patología benigna, más bien, dada su escasez, nunca es socialista por definición. Los socialistas de verdad sólo lo son con el dinero ajeno. Por eso les gusta tanto el dinero público a los socialistas de verdad, porque un socialista de doctrina es por definición un gran amigo de lo ajeno, léase público.

A día de hoy ya no soy de izquierdas. No sé bien qué es ser tal cosa. A día de hoy he comprendido que las izquierdas sólo existen desde dentro de sí mismas. Desde fuera son sólo una verdad de trabajo, una palabreja simplista que sirve para definir a los grupos de presión política que tratan de acceder al poder apelando a los buenos sentimientos de la gente, la solidaridad. Desde dentro, la izquierda sólo es un disfraz de frasecitas hábiles que, aplicadas en el momento preciso y al volumen adecuado, sirven para que uno se justifique cualquier cosa, desde una mentirijilla de chafardero tramposo hasta un asesinato. Es ése el primer paso del corto proceso que liquida el sentido crítico de todo socialista real. Se requiere también reinventar el mundo, la historia y hasta el genoma, si se pone a tiro. Y claro, lo que no se usa, se atrofia. Así, las mayores patadas al diccionario y a la historia las suelen dar los aprendices de sociopatacialista, pues un socialista de verdad sólo puede ver, escuchar o leer lo que ya venga avalado de antemano desde la izquierda. Lo de leer es más difícil que se de si el texto no habla de fútbol o automoción, que son los principales intereses del progresista español actual. Huyen, sin embargo, de opinar acerca de temas espinosos como el crimen de Sevilla, o el de Sandra Palo. Hagan la prueba. Sean testigos de cómo uno de éstos libertarios de salón puede decir todo tipo de insensateces con tal de no oir nada acerca de castigar a éste deshecho de la sociedad, en mala hora nacido. Hagan la prueba, y ya verán.

A día de hoy, he descubierto que la derecha no existe sino desde fuera, desde más a la izquierda. La derecha no es defender el hambre en el tercer mundo, no es defender fusilamientos ni golpes de estado. La derecha es no ser la izquierda. El contínuo bombardeo mediático ha conseguido cambiar el centro magnético del espectro político ambiental, y se lo ha llevado a la izquierda. Así, la izquierda es lo normal, indiscutible y natural. La derecha, ahora, está en el segmento que va desde el progresismo discrepante de Rosa Díez hasta Mariano Rajoy, que representa el centro geográfico de la oposición más inofensiva, dócil y desnortada. Más allá de ahí está la ultraderecha, desde Esperanza Aguirre hasta Atila.

Tomemos los disturbios de las fiestas de Pozuelo. Éstos hippies de lujo han quemado un coche policial, tratado de asaltar una comisaría y herido a diez agentes, dos de ellos de gravedad, celebran su atentado colectivo y espontáneo haciendo gala de las dotes ciudadanas e intelectuales que les confiere la educación que han recibido en casa y escuela. Espectáculo lamentable cuando menos. ¿En qué pueblo se intenta asaltar comisarías porque se acaba el botellón? No en el mío. En el mío hay algún cazurro incivilizado al que conviene no contradecir, pero es uno. Y sus (pocos, claro) amigos. Y mi pueblo está bien lejos de Madrid. Y sí, existe ése elemento, pero es uno. Dos, tres. Cuatro, a lo sumo. No son legión, como sí es el caso de Pozuelo. Allí, si quemas un coche de policía, eres la leche de popular, y conviene imitarte. Conviene, también, recordar que Pozuelo de Alarcón es la población con mayor renta per cápita. O sea, que ésta horda melonera, bajunoide y con abogado caro es la creme de la creme, el prototipo de joven con todas las oportunidades, el resultado modelo de la mejor preparación. La élite, vaya. Qué nivel, maribel. Pero no es de éstos diamantes en bruto de quien quería hablar.

Traigo a colación tan desafortunado accidente, porque al día siguiente asistí a un espectáculo altamente ilustrativo acerca del uso del juicio crítico de un tipo de izquierda. A lo largo de la mañana tuve ocasión de cotejar la información con mucha gente. Y así, pude ver a todos los tipos de subterfugio a los que se puede llegar para no asombrarse y condenar el suceso de primeras, para luego profundizar en el suceso y conocer así las circunstancias. Todo lo contrario, la noticia fue acogida con alborozo general. Fui testigo de todo un desfile de razonamientos vagos para echar balones fuera (seguro que la madera se ha pasado, esos son pijos de derechas) e incluso una celebración (“que se joda el PP”). Fueron diez, doce testimonios. ¿Es casualidad que nadie de izquierdas tuviera ni una sola palabra reprobatoria hacia el hecho en sí? No, no es casual. Por supuesto que no. La única condena fue un falaz “esos son pijos de derechas“, y estoy citando textualmente.

Vamos a internet, y vemos los vídeos colgados en youtube. Queda claro tras un vistazo inicial a las pintillas de los asistentes para descartar cualquier simbología política más que el ligero tufillo kaleborrikil que van asimilando, ignorantes, las nuevas generaciones. Un análisis más detallado de las informaciones disponibles revela que el origen de la protesta es que “nos han cortado el rollo con el botellón, ésto se veía venir”. No se ve en ninguna de las fuentes consultadas el más leve atisbo de justificación para semejante garrulada, y sí mucho descerebrado. Era de esperar. Se hace necesario, pues, para todos mis compañeros, pasar al modo ultratolerancia para comprender y asimilar todos a una que claro, es comprensible, si les quitas el botellón…

Y dejan la frase ahí, colgando. Así que, como la dejaron ahí tirada, yo la retomo. Claro, es comprensible, si les quitas el botellón a una recua de castrados mentales que, aparte de botellón, poco saben hacer en ésta vida, es de esperar que se líen a botellazos unos con otros, y luego con las autoridades. Lo que no acierto a comprender es cómo la policía no supo prever a qué clase de mendrugos se enfrentaba y en qué número. Y tampoco entiendo en absoluto el castigo menor impuesto a los pocos detenidos, cuyas caras de tonto, exhibiendo, orgullosos ante la prensa, los merecidísimos, a la baja, mamporros que luego llorarán ante el juez para que se apiade de ellos. Cretinos, tiranuelos, despotillas de molotov y lagrimita. Si los etarras de nuevo cuño se mean en los pantalones cuando son encañonados, no es de extrañar que los aprendices de kaleborrikismo lloren, cuanto menos, cuando tengan que rendir cuentas de su hazaña revolucionaria por el derecho fundamental de beber todavía más alcohol en la calle, moleste a quien moleste, se joda quien se joda.

Y no faltará, por supuesto, quien argumente que éstos chicos son víctimas de una formación deficiente. Pero para mí son víctimas hasta el momento mismo en que justifican una agresión injustificable y sin fundamento más allá de la expresión de lo tolerantes que son, confundiendo tolerancia con puntería e ingenio pirómano. Uno de éstos productos óptimos de la España de Zetapé, incluso, entró al coche de policía ya ardiendo con la intención de robar la escopeta. Por fortuna no estaba. Imaginen lo tolerantes que podían haber llegado a ser éstos nuevos chicos de la Educación para la Ciudadanía. “Homosexuales, que sois homosexuales”, dice el libertario quemacoches, el héroe de la piara. Debe de entender que un grupo de policías acorralados y en mitad de una lluvia de botellazos está asumiendo o revelando poses de marica. “Que no os quiere nadie”, dice. Claro. En una sociedad en la que hay que opinar en bloque para que no te callen la boca con lo que haya a mano, no hay mayor pecado que ser impopular. Que no os quiere nadie, grita el mastuerzo, la voz rota, escupiendo el alma. Conviene tenerlo en cuenta, porque éstos libertarios sólo se quitan la máscara cuando están en mayoría.

Y por cierto, joyita del vídeo, a la policía no hay por qué quererla. Sólo hay que respetarla, y si hay muchos como tú, mendrugo, al ciudadano le conviene, además, temerla. Y no, a esa policía no parece temerla nadie. “Y porque he cambiao”, dice, “que si no, te daba de botellazos en toda la jeta. Y no como éstos”, añade con desprecio, dando a entender que para el alborozado testigo ése nivel de violencia es una mariconada. Probablemente él mismo es un maricón de armario. Eso sí, ha asimilado Educación para la Ciudadanía, y ha aprendido que a los maricones se les llama homosexuales. Ahora ya no queman mendigos, sino indigentes. Ya no violan y matan zorras, sino a compañeras sentimentales. Otro éxito de Gabilondo 2. La noche de autos, todos fueron Miguel Carcaño.

En cualquier caso, me retracto para siempre de aquella afirmación sobre la eterna discordia de la izquierda por su condición librepensadora. La izquierda es de un solo pensamiento. .Sus convulsiones son sólo por ver quién manda Todo lo demás no se discute, se da por hecho. Por esa razón un progresista me soltó hace poco que a Losantos no le debían dejar hablar. “Ole los tolerantes”, dijimos casi al unísono una compañera y un servidor. Y el progresista rectificó: “No tenía que hablar ninguno”. Y es que, para un socialista, leer los periódicos está de más si manda un socialista. ¿Para qué? Ya estamos en buenas manos. A otra cosa. Éstos son los revolucionarios. Pendientes de McLaren y del Madrid. Por eso dan miedo cuando están en el poder, pero dan más miedo cuando están en la oposición.

Y sin embargo, ahora desde el semiparo del autónomo, echo de menos a mis compañeros. (snif!)

Madrid, 11 de Septiembre de 2009

¡¡RECOMENDADO!! ver la noticia completa y con videos en elmundo.es