JUSTICIA: LA MUERTE DE BIN LADEN

La justicia es una quimera. Cuando decimos impartir justicia, sólo estamos tratando de resarcir proporcionadamente una realidad fehaciemente injusta, merced del delito cometido. Así, si un señor a quien han robado el dinero se arruina, y como resultado del trauma, su matrimonio se resiente y acaba en divorcio, puede que la justicia logre retribuirle el dinero, pero no a su mujer. Si en lugar de dinero, lo que se arrebata es la vida, ¿cabe la posibilidad de impartir verdadera justicia?

La respuesta, claro, es que no. Incluso en los sistemas más draconianos, la ejecución del asesino no devuelve la vida de la víctima. Lo único justo sería que no se hubiera cometido el asesinato, porque la vida de los muertos es irrecuperable, lo mismo que la salud de los mutilados o la normalidad de los que les sobrevivieron. Pero eso es imposible, claro. De modo que, cuando se comete la injusticia, ya sólo podemos optar, con mayor o menor fortuna, a un simulacro de justicia. Porque justicia, lo que es justicia de verdad, habría que preguntar a los muertos. Y me da que conozco la respuesta.

Ben Laden mató a 3000 en las torres gemelas. Mató a otras decenas de miles, a lo largo de su carrera criminal, e inspiró las muertes de muchos más.  Inocentes. Decenas de miles de inocentes, hombres, mujeres y niños cuyas vidas fueron segadas sin posibilidad de despedirse, sin posibilidad de evitarlo. Murieron porque pasaban por allí, porque resulta más barato matar inocentes en acto terrorista que matar soldados en acto militar.

Ben Laden murió ayer. Desarmado, acorralado. Sin posibilidad de escape, sin despedidas. Muerto a tiros, como un perro. Una muerte merecida.  Y yo me alegro. Ahora bien, ¿ha sido una muerte justa? Hagamos recuento. Su muerte fue indolora, inmediata. Nada que ver con las toneladas de dolor y sufrimiento que este hijo de satanás ha administrado a inocentes a lo largo de su carrera terrorista. Para que su muerte fuera justa, tendría que morir diez mil veces. Puesto que eso es imposible, tanto como lo es devolver la vida a sus víctimas, porque sólo se muere una vez, pues entonces he de decir que la muerte a tiros de Ben Laden ha sido palmariamente injusta, por insuficiente.

Es más. Encuentro preferible que se haya resistido al cautiverio, dejando a sus enemigos la decisión de pegarle dos tiros a bocajarro. Mejor así. La otra posibilidad habría sido una terrible injusticia, porque un asesino de tal calibre, al acogerse a una justicia “garantista”, sólo puede salir beneficiado, porque una justicia occidental, que hace gala de ponderación y gusta de presumir de juicios “justos”, no puede dar respuesta a crímenes de semejante calibre. Demasiado dolor para administrarlo en un juicio justo, incluso sabiendo que la sentencia que le esperaba era la muerte. Porque sería la muerte después de haber tenido la oportunidad de defenderse, de dejar dicho todo lo que hubiese querido, de escupir a su victimario generando terrible dolor y violencia, y de alentar e inspirar nuevos crímenes a nuevas generaciones, tal vez más crímenes de los que nunca se atrevió a soñar. No señor. Mejor así. Con Ben Laden, un juicio justo habría sido un terrible error, y una injusticia palmaria. En un juicio justo, Ben Laden se habría reido de nosotros. De los vivos y de los muertos.

Además, poco deberían protestar sus seguidores, o los “garantistas”, pues el superterrorista tuvo la oportunidad de resistirse, y eligió morir la muerte de los valientes. Después de todo, tras alentar, planear y financiar cientos de atentados suicidas, entregarse habría supuesto una infamia que le habría hecho mil veces merecedor de un tiro en el acto, por cobarde, por exigir a otros un sacrificio que él no estaba dispuesto a ofrecer. No fue así, y en ese sentido, su muerte fué honrosa. Según mi modo de ver la justicia, el destino de Ben Laden estaba sellado. Vetado a los jueces, a los abogados defensores, a los peritos, a las denuncias por tortura y a las anulaciones parciales por defectos de forma, y vetado también a su tentación última de entregarse. Ya tuvo tiempo para entregarse, y más tiempo aún de no matar a nadie. Un tiro en la cabeza era la única respuesta. Así fue, y yo me alegro. Bin Laden tuvo anoche el juicio más justo al que podía optar. Anoche se hizo justicia.

Bajémonos de las alturas de la justicia real, la justicia supuesta, y huyamos de las distancias, de las justicias extranjeras y de lejanas penas capitales que sólo pueden ya ofrecer futuribles e intangibles acerca de un Ben Laden hipotéticamente detenido y largamente juzgado. Volvamos al más acá. Volvamos a España. Al fin y al cabo, aquí tenemos “terroristas” de sobra y muertos inocentes de sobra, sin necesidad de recurrir a la importación. Pero antes de continuar, necesito reiterar la frase con la que abría el post: la justicia es una quimera. Es imposible la justicia proporcional en crímenes desproporcionados. Lo sabemos, lo entendemos, y hasta lo apoyamos, o al menos, contemplamos con resignación la imposibilidad de administrar una justicia proporcional al crimen cometido, pues la injusticia es la imposición del criminal, y de ella, una vez cometida, no podemos huir, ni conviene descender a los abismos de la miseria moral a la que, inevitablemente, los actos terroristas nos invitan. Dicho lo cual.

En España, Bin Laden habría cumplido una condena nunca superior a los treinta años. Probablemente inferior. Acogido a toda suerte de programas de “reinserción”, y dependiendo de la capacidad de negociación política de sus socios en la calle, con suerte cumpliría veinte. Pero bueno, pongamos que cumple los treinta íntegros. Y pongamos, por calcular a la baja, que sólo se le hubiera juzgado por el atentado del World Trade Center. La pena le habría salido a menos de cien días por víctima. Y al salir, se le habrían permitido celebraciones yihadistas de bienvenida. Por no hablar de programas de fertilidad, y a tonificantes bis a bis, si fallaran estos, en espera de la libertad. Nada de ofrecer resistencia, nada de matar o morir. Sólo matar, y esperar condena como si fuera un derecho inalienable. ¿Ven por dónde voy?

Cuánto más preferible habría sido que más de uno, más de dos y más de tres etarras que yo me sé, se hubieran resistido a su captura, como hizo el valiente, a la postre, Ben Laden. Los etarras, mucho más cobardes que éste, se entregan cuando ven que les van a pillar. Se mean en los pantalones cuando la Guardia Civil les encañona al darles el alto. Y denuncian pupitas, los nenazas, en vez de resistirse y morir como valientes, o al menos aguantar estóicamente la mano de hostias que suele caer a cualquier preso común cuando ofrece resistencia, y que, para crímenes terroristas, en otras latitudes, y con terroristas de verdad, se paga con plomo a bocajarro. En cambio, estas nenazas de calzón amarillo, lejos de aceptar una miniatura de lo que ellos mismos administraron a hombres, mujeres y niños, exigen un trato exquisito que la “justicia” española reserva sólo a las peores bestias que genera nuestra sociedad.

No caerá esa breva. Aquí no se resisten. Aquí tenemos montada una infraestructura del mimito al etarra, por lo que somos su hazmerreír, primero, y del mundo, después. Y cuando a estos perroflautas, que no llegan ni a terroristas, sino a tristes Sopranos de chapela, les llega el momento de resistirse y morir por sus ideas, en lugar de eso se arrodillan con las manos a la cabeza y esperan a que la justicia española, acomplejada, jiliprogre y fatua, les ponga a huevo la huida, el ayuntamiento, o incluso una calle con su nombre. No, estos no llegan ni a terroristas. Bin Laden sí ha muerto como un terrorista consecuente con sus ideas. La meta de los nuestros no es morir matando, qué va, lo de los etarras es recibir una subvención de ese sistema que dicen combatir. La mafia vasca convierte el terrorismo en todo un grado, porque ellos no llegan ni a terroristas de verdad. Goleadores del sistema, todo lo más. Y ese plus de abyección por falta de consecuencia debería jugar en su contra en un sistema judicial sano, pues sería la garantía de que fuera cual fuese la pena que se les impusiera, se estaría quedando corta, dando a los jueces la tranquilidad de no estar siendo desproporcionados al hacer caer sobre los asesinos todo el peso de la ley, aunque sólo sea porque esa falta de fanatismo se traduzca en fría alevosía de estratega calculador, nada de oraciones, nada de miradas perdidas, nada de huríes, nada de fanatismo: un detonador, un ejemplar del código penal, una calculadora y el teléfono de un abogado, y quién sabe si el del ministro de interior.

Cuánto más preferible sería lo otro, ¿que no? Un poco de consecuencia terrorista, más proclive a la justicia express que los lloriqueos de estas nenazas…

HISTORIA COMPLETA DE RICHARD KUKLINSKI: (I) Un asesino nato

ATENCIÓN: CONTENIDOS DE VIOLENCIA EXTREMA

El 23 de Marzo de 2006, EL MUNDO publicó la muerte de Richard Kuklinski, más prolífico asesino a sueldo de la historia. Años después, cayó en mis manos “El Hombre de Hielo”, su biografía. Leí el prólogo y ya no pude soltar el libro hasta llegar al final. Paso aquí a relatar la historia real de éste hombre. No es una historia apta para corazones sensibles o para estómagos impresionables. Es una historia plagada de violencia, tortura y asesinato.

Richard Kuklinski fue asesino a sueldo para la mafia durante dos décadas. Se especializó en gran variedad de procedimientos para matar, y su especialidad era la disposición del cadáver para que la policía no le relacionara con el crimen. Richard Kuklinski es uno de los hombres más peligrosos que han pisado éste planeta, del que tengamos noticia.

Pasamos a relatar su vida en nueve entradas. No ahorramos en detalles: avisado queda el lector curioso.

Richard Kuklinski nació en Jersey en 1935, en el seno de una familia de muy humilde. Vivían en un barrio marginal de viviendas protegidas. El ambiente familiar era rígido, violento y religioso. El padre, Stanley Kuklinski era hijo de inmigrantes polacos. Aquel hombre era un rudo guardafrenos, un hombre alcohólico, putero  y pendenciero, que sometía a golpes a su mujer y a sus hijos por costumbre.

Stanley y Annah Kuklinski
Stanley y Annah Kuklinski

La madre, Annah, era una mujer muy católica. De padres dublineses, creció en un internado religioso. Del que la sacó Stanley, para casarse. Pero la felicidad duró poco, si algo. Pronto empezaron los gritos. Stanley se volvía venenoso cuando bebía, y pronto comenzaron los episodios de violencia doméstica. Cuando nació Florian, el primogénito de tres varones, las palizas ya debían de ser habituales. Los más tempranos recuerdos de Richard ya incluían las agresiones de sus padres. Hannah aprendió que tratar de protegerlos era contraproducente, pues agravaba la ira del marido y la atraía hacia ella. A menudo, mientras Stanley apalizaba a sus hijos, Annah rezaba en alto, de rodillas contra la pared. Otras, ella misma participaba en las palizas, desviando la atención de su marido hacia sus hijos. También a solas les pegaba ella, usando todo tipo de objetos, cuando su marido no estaba.

Un día, cuando Richard tenía cinco años, Stanley llegó borracho a casa, como de costumbre. Mal encarado, empezó a gritar a su mujer e hijos, y pronto llegaron los golpes. Richard corrió a esconderse, pero Florian no logró escabullirse. Y aquella noche, en medio de la escena habitual de violencia doméstica extrema, a Stanley se le fue la mano y desnucó, de un puñetazo, a su hijo mayor.  En ese instante, los gritos y golpes se detuvieron, y sus padres planearon juntos la coartada, con su hijo mayor ahí tirado. Iban a encubrir la muerte, disfrazándola de accidente. Sentirían pena más adelante. La primera sensación de aquel fallido matrimonio fue el miedo.

A Richard le contaron que Florian había sido atropellado. Hubo funeral y duelo. Luego, la progresiva vuelta a la rutina. Los golpes y gritos cesaron por un tiempo, pero los rezos contínuos ocuparon su lugar. El ambiente volvió a ser opresivo, y como consecuencia, la violencia regresó gradualmente a la casa de los Kuklinski.

Richard era un niño introvertido. Estudiante difícil y con problemas para relacionarse, era blanco de los chulos del colegio. Como había aprendido que era mejor no pasar demasiado tiempo en casa, y tampoco tenía amigos, empezó a hacer una vida callejera y solitaria. Lo que no estaba exento de problemas, pues en el vecindario también había chicos malos que le pegaban y humillaban cuando sus caminos se cruzaban.

Richard se aficionó, en esas tardes solitarias y callejeras, a torturar animales sin dueño. Los abundandes gatos eran un blanco fácil. Richard solía estrangularlos para ver cómo morían mirándolos a los ojos. También los quemaba vivos en un incinerador de basura. Otras veces, ataba dos gatos por la cola y los colgaba de un tendedero para verlos pelear hasta la muerte. Los animales vagabundos llegaron a escasear en su barrio.

Lo pasaba mejor solo que acompañado. No se fiaba de nadie. En casa, además, las cosas empeoraban. Annah tuvo dos hijos más, Roberta y Joseph. La presión doméstica sobre Stanley era mayor, y por tanto se agudizaba la violencia. Un día, Stanley empezó a verse con otra, y gradualmente fue abandonando el hogar, lo que implicó una mejoría inmediata. Pero Annah tuvo que ponerse a trabajar por las noches, y eso trajo consigo sus propios problemas.

Richard se aficionó a los pequeños hurtos, primero para llenarse la panza, y luego, para llevar comida a casa. Annah rezaba, se lamentaba y les pegaba durante todo el tiempo que no estaba trabajando o durmiendo. Se ensañaba especialmente con Richard, reprochándole sus robos. Pero tuvo que claudicar, gradualmente, y aceptar los alimentos. La verdad es que tenía desatendidos a sus hijos, y toda ayuda venía bien. La violencia no cesó sobre él, ni sobre sus hermanos, pero Richard crecía, y su pericia como ratero se extendió a la de ladrón de coches. Aprendió a conducir en las calles, sin más compañía que la de su sombra.

Parte del fracaso escolar de Richard se debía a una indetectada dislexia que hacía al chico parecer tonto o retardado. Pero Richard aprendió a leer con interés cuando cayó en sus manos una revista de crímenes. En aquella época la crónica negra era un género muy popular, mucho más que ahora, y existían decenas de publicaciones que describían con todo detalle y soporte fotográfico crímenes e investigaciones. Éstas revistas de crímenes cautivaron a Richard, que devoraba cuanto ejemplar caía en sus manos. Ayudado por aquellas publicaciones, empezó a fantasear con matar a Stanley, y planeó e imagimó decenas de modos de hacerlo. Y luego, pasó de planear la muerte de Stanley a planear la muerte de cualquiera que le estuviera jodiendo la vida.

Había en el barrio un chico mayor que le tenía especialmente  marcado. Él y sus compinches le hacían la vida imposible cuando sus caminos se cruzaban. Le hacían y decían de todo, con una crueldad que llama la atención sobre la dureza del ambiente, y Richard aprendió a esquivarles. Vivía escondido en las calles, escondido de sus padres, con quienes pasaba el menor tiempo posible, y escondido de los chicos malos, a quienes esquivaba siempre que podía.

Muerte 1: Charley Lane

Con trece años, y después de un episodio particularmente doloroso de vejaciones verbales y físicas por parte de éstos matones de barrio, se hartó. Acechó al jefe de los matones, Charley Lane, un chico de dieciséis años, y cuando conoció sus rutinas, trazó un plan. Charley tenía a raya a Richard, le hacía de todo, y dirigía a otros contra él. Richard había fantaseado muchas veces con matarle. Con una barra de hierro oculta en el antebrazo, le esperó en el callejón tras la casa del tipo, de madrugada, hasta que éste volvió de sus pendencias nocturnas. Allí, sin testigos, Richard se le encaró y le provocó. El matón atacó a Richard, y cayó al suelo con la sien abierta de un golpe certero y brutal en la cabeza. Richard Kuklinski se había cobrado su primera sangre. Solía asegurar, cuando recordaba el episodio, que su intención era solamente dar a aquel chico una lección, pero lo cierto es que una vez empezó a golpearlo, ya no pudo parar hasta que se dio cuenta de que lo había matado. Richard ocultó el cadáver en las sombras y fue a por un coche. Condujo de vuelta y transportó el cuerpo en el maletero hasta unas marismas. Allí le arrancó los dientes con un martillo y le cortó los dedos con un hacha. Tiró el cuerpo a un estanque helado. Condujo de vuelta tirando los dedos y dientes a la cuneta. También se deshizo de las herramientas. Abandonó el coche en un aparcamiento y caminó varias millas hasta casa. Se fue a acostar con la mejor sensación de su vida. De ser víctima, había pasado a ser verdugo, y le gustó.

ADOLESCENCIA

Pasaron muchos meses y la policía no se presentó. La vida de Richard dio un vuelco. Tras su primer crimen, se prometió que nadie le volvería a joder. Uno por uno, siguió a los chicos que le hacían la vida imposible, y los sometió a graves palizas, que pronto aprendieron a esquivarle a él. Con un grueso garrote, recorría metódicamente las calles buscando a todo aquel que le hubiera hecho algo en el pasado, para ajustar cuentas.

Richard pasó a frecuentar los billares de la zona. Le gustaba el billar y aprendió a jugar bien. Jugaba por dinero y solía ganar. Si alguien le faltaba al respeto, lo atacaba con el taco o con sus manazas. Se enzarzó en muchas peleas, que ganaba siempre. Un día se enzarzó con tres tipos que lo echaron del bar. Richard siguió al primero y lo apuñaló por la espalda. Luego, siguió al segundo y repitió la operación. No murieron. El tercero se fue de la ciudad y nunca volvió. Richard se creó una fama de tipo duro en la zona, y reunió a su propia pandilla, las Rosas Nacientes, con la que daba golpes a pequeña escala. Richard compró su primera pistola, un revólver del 38.

Richard se fue convirtiendo en un hombre ágil y corpulento. A Richard le gustaba ir elegante, y, aunque tímido, las mujeres solían abordarle. Una de ellas, Linda, se lo llevó a vivir con ella cuando Richard sólo tenía dieciséis años.

Muerte 2: Doyle

Doyle era un secreta del barrio. Un día, Doyle perdió al billar contra Richard y, queriendo provocarle, se burló de él delante de todo el mundo. Richard se fue del bar y esperó. Doyle salió después y fue a su coche. Se quedó allí, dormido con un cigarrillo. Todo un golpe de suerte. Richard compró gasolina en una estación cercana y la vertió al interior del vehículo. Lanzó una cerilla al interior y se quedó por allí para oír los gritos de Doyle. Volvió a casa con una gran sonrisa en los labios.

Por aquellos días, Stanley volvió a pegar a Annah durante una visita. Cuando Richard se enteró, fue directamente a por su padre. Lo agarró y le puso el 38 en la sien. “Si vuelves a acercarte a mi familia, te mato y te tiro al río”. Stanley nunca volvió a molestarles. Richard no lo había hecho por su madre, a quien despreciaba profundamente. Lo había hecho por sí mismo. Se arrepintió durante toda su vida por no haber apretado el gatillo aquel día.

No sentía mayor estima por su madre. Después de tanto rezo y tanta moralina y el sexo es malo y todo lo demás, un día fue a visitarla y se la encontró practicando el sexo con un vecino, un hombre casado. Quiso matarla allí mismo. Esa mujer le había pegado con saña y dedicación para inculcarle una férrea moralidad católica, y ahí estaba, abierta de piernas mientras el culo gordo y peludo del vecino embestía una y otra vez. Pero se dio la vuelta y se largó en silencio.

MAFIA

Gracias a la astucia de Richard, los golpes de las Rosas Nacientes tenían éxito, y se hicieron más ambiciosos. Robos en almacenes, atracos a droguerías y licorerías. No tardaron en llamar la atención de la mafia, que les encargó un asesinato. Había que matar a un tipo que no pagaba.

Muerte 3

Richard planeó el golpe. Siguieron al tipo en un coche. Llegado el momento, el encargado de realizar el disparo no tuvo valor para apretar el gatillo. Richard le arrebató el arma, se bajó del coche, se acercó al tipo, le disparó una vez en la sien y volvió al volante. Condujo hasta dejar a los otros chicos en su casa. Ellos mismos quedaron impresionados con la frialdad de Richard. “¡Mírale, fresco como una puta lechuga!” “Tío, estás hecho auténticamente de hielo”. Así le pusieron el sobrenombre de ICEMAN, el hombre de hielo.

Éste trabajo catapultó a los Rosas Nacientes, que , tutelados por la mafia italiana de Jersey, llegaron a dar un golpe de dos millones de dólares. Richard se aficionó al juego, y entró en una dinámica que ya no abandonaría nunca: ganar y perder enormes sumas de dinero en un abrir y cerrar de ojos. También inauguró otra dinámica: repartir violencia doméstica. Richard era, como lo fueron sus padres, una bomba de relojería. Podía estallar en cualquier momento. Linda se quedó embarazada y convenció a Richard, a regañadientes, para que se casara con ella.

Muertes 4, 5.

Dos miembros de las Rosas Nacientes dieron un paso en falso: asaltaron una partida de poker de la mafia. Un hombre de familia se puso en contacto con Richard. Le dijo que o mataba él a sus dos compañeros, o moriría toda la banda. Richard tuvo que aceptar. Tomó un revólver y visitó a sus dos compañeros por separado. Los mató por la espalda, de un tiro rápido en la cabeza. Desde ese momento, Richard pasó a ser un hitman de la mafia italiana de Jersey. La banda de las Rosas Nacientes quedó disuelta.

Muertes 6, 7, 8, 9, 10,…

Richard volvió a ir solo. Por esa época, solía dar largos paseos por Manhattan. En uno de esos paseos, un indigente lo abordó y se puso pesado. Richard Kuklinski lo apuñaló en la nuca y lo dejó allí mismo. Y se aficionó a esos paseos. Y a las presas anónimas que esos paseos le proporcionaban. Incluso él perdió la cuenta. Sabía, por sus revistas de crímenes, que la policía de Manhattan jamás se pondría en contacto con la de Jersey, en el supuesto de que intentaran resolver la ola de crímenes. Pensaron que eran reyertas entre indigentes, y Richard perfeccionó su arte. No le gustaba la sangre, prefería las muertes rápidas y silenciosas. Disparos sorpresivos con armas pequeñas, estrangulación, un puñal en la oreja, o en la nuca y hacia arriba, un pinchazo al corazón o en el ojo, provocaban la muerte instantáneamente.Un día ahorcó a un tipo con una cuerda. “Yo mismo hice de árbol”, contó. Richard ya se había convertido en un gigante de dos metros. Matar le hacía sentir bien.

Si me jodes, te mato...¡te mato!
Si me jodes, te mato...¡te mato!

ENLACE A ICEMAN II: PRIMEROS CONTRATOS