LA PIEL QUE HABITO: LA NÁUSEA SIN MATIZ

El acento brasileño del tigre es menos que discutible. La vocalización de la Paredes oscila entre el Aznar de "Señor González, márchese" y la última Duquesa de Alba.

Siempre he encontrado fascinante esa cualidad creativa consistente en sacar lecturas positivas a partir de universos torcidos e inmisericordes. Al fin y al cabo, eso es el cine: un proceso narrativo de dos horas en el cual el espectador asiste al espectáculo de la miseria y la injusticia a través de los a menudo estrechos y sinuosos recovecos que le sirven de respiradero. De tal modo, aunque no siempre gane el bien, siquiera momentáneamente, uno se lleva a casa la sensación de que la dignidad no está en aguantar contra el mal, sino en no convertirse en él. Esa es la capacidad humana más valorada inconscientemente por el espectador: la de no dejarse contaminar por la vileza de los hombres malos. De tal modo, aunque venza el mal, siempre queda la dignidad de no haberse plegado a él, de haber intentado resistir. Hubo una esperanza que al final no se materializó. Y aún en el peor de los casos, siempre nos quedará París, como aquel que dice, pues por lo general, cuando un narrador decide ofrecer uno de esos tragos espesos y amargos, suele hacerlo de manera que el espectador, a falta de un dulce que llevarse a casa, por lo menos sí que se lleve un buen baño de cine. Y que nos quiten lo bailao, ¿no? ¿Quién no ha disfrutado esos Polanskis negros negrísimos (Repulsión, Rosemary´s Baby, Lunas de Hiel), de ese Munich del Spielberg más descreído y cínico, o de esos Kubricks gélidos envueltos en camisa metálica, o en naranja mecánica?

Por supuesto, siempre hay excepciones, y  películas cuya misión consiste en hacer sufrir al espectador, frustrarle, hacerle sentir más que nunca como ese James Stewart atado a una butaca y armado únicamente con ese teleobjetivo necesario para reparar en los detalles siniestros que le rodean sin tener la más mínima opción de obrar en consecuencia, o de abstraerse a ellos, pero sin happy end, y a veces, sin ningún final en absoluto. El voyeur involuntario, condenado a mirar, condenado a no poder completar la historia, real y anticinematográfica como la vida misma. Y no me refiero a Hitchcock, claro, cuyo retrato del mal encontraba alivio al final gracias a su genio basado en el arte de abrir una incisión en la conciencia del espectador para luego sanarla. Me refiero a los Hanekes de la vida, cuyos Funny Games o La Cinta Blanca hacen sentir al incauto espectador como víctimas o pacientes del procedimiento Ludovico, sin derecho a la lectura positiva, condenados a la náusea sin matiz.

Este es el caso que nos ocupa. Almodóvar, al final de un largo y penoso proceso metamórfico en el que ha ido destilando todo lo peor, lo más autocomplaciente y lo más desagradable de su carrera, ha salido al fin del capullo en el que se metió cuando abordó La Mala Educación. En un fenómeno de pupación inversa, la mariposa se ha convertido en gusano, y ofrece en La Piel que Habito, un espectáculo dantesco. Un trago amargo sin matices. ¿Qué digo amargo? Podrido. Ese es el adjetivo que se me escapaba cuando salí de ver la criatura. Podrido. Todo está podrido en esta película, en la que el sentimiento que más explota Almodóvar en el público es el de la repugnancia. Poco cinematográfica, además, pues Almodóvar ha tomado por costumbre la santa manía de desordenar arbitrariamente en el tiempo lo que ordenado cronológicamente sabría a poco o a apenas nada. Almodóvar solventa los problemas de guión añadiendo subtramas hasta la saciedad, en lugar de reescribirlas. Como resultado, los personajes sienten y reaccionan a capricho de un autor descuidado, que no cuenta con que en segundos visionados, el complejo alambique se revelará simple, poco cocinado, y carente de lógica interna.

No sé qué universidad americana ha anunciado que va a psicoanalizar a Almodóvar a través de sus películas. No entraré en tan espinoso asunto, pero no puedo pasar por alto la repulsiva visión del mundo que refleja su última cinta. Tampoco me extenderé mucho más, porque el último engendro de Almodóvar habla por sí solo. Lo bueno de la película es que, a pesar de su erratismo narrativo, resulta curiosamente entretenida, como lo son las películas de Viernes 13, esas comedias encubiertas que ganan enteros cada año merced a lo descacharrante e insensato de la propuesta. Así, Almodóvar ha compuesto una colorista macedonia podrida, una paja cinematográfica en la que el autor nos brinda lo que piensa del mundo y de la humanidad: que damos verdadero asco. En un diálogo muy revelador, una vendedora de ropa le enseña unos vestidos a una clienta habitual, y como esta no se decanta por ninguno en especial (la oferta tampoco es especialmente atractiva), la vendedora le espeta: “Anda, ¿por qué no vuelves otro día, que hoy no estás muy inspirada?”. Veo a Almodóvar en ese diálogo por dos motivos. El primero, que esa es la única escena en la que Almodóvar guiña a sus incondicionales con una escena de mercería fosforito y surrealista (el Almodóvar que más me gusta a mí, por cierto, que Monolocus también tiene su corazoncito). Y segundo motivo, porque esa vendedora lesbiana y auténtica es el único personaje positivo de todo el desfile de feria de los horrores que se da cita en “La piel…” Y lo cierto es que además, me encaja con la manera que tiene Almodóvar de reprochar al público cuando sus películas le salen rana. El viejo truco del autor narcisista: cuando te aplauden, es porque el público es inteligente. Cuando se te duermen en la sala, es que somos unos simplones no aptos para tan elevadas expresiones artísticas. Y mejor aún, cuando nos provocas la náusea que querías expresar, y nos dejas patty diphusos con semejante pejerto con alas, te adelantas al sepulcral silencio que invade la sala al terminar la proyección diciendo que el público tardará años en asimilar un ejercicio de tan audaz vanguardismo. ¿Años? Yo tardaría décadas, si no siglos, si no fuera porque tengo mejores cosas que hacer que esperar a ser tan maduro público como para asimilar como arte una película que me dejó el equivalente de lo cinematográfico a la arcada de lo gástrico.

La lectura final es confusa, y la propuesta sería más sugerente si la historia se pareciera a algo que se pareciera a algo parecido a algo que pasara en el mundo, excluyendo, claro, la mente de Almodóvar, que en estos momentos debe de andar en las antípodas de la inocencia, de la candidez, de la inocencia y de la rectitud. El oxígeno que respira la cinta es la obscenidad, y es un previsible triunfo de Pedro el hecho de que, de existir alguna censura política en activo, de su última obra se salvarían tres minutos pelaos. Que es, más o menos, y exagerando sólo un poco, el metraje que merecía finalmente tan poca cosa. Y es que, sin un discurso claro, la retorcida historia busca obsesivamente dónde colar un disfraz, una máscara, una segunda piel, simulando una trascendencia que nunca alcanza, ni siquiera por roce o por casualidad. Por no reventar el cantadísimo desenlace sorpresa, elude todo lo que de verdad tiene interés para el thriller, dejando la peli cogitita de sus tres pies, y de paso, destrozando y halagando a la vez la lógica interna cambiando de película a cada poco rato de esta cinta que estaría dedicada a la metamorfosis, la salida del armario, la pupación de crisálido a mariposón, si no tuviera miedo de durar los veinte minutos que merecía realmente la historia. El resultado es desabrido, y se ve con creciente incredulidad hasta el estallido de risa que inevitablemente invadirá al público menos prejuicioso a poco de empezar la sucesión de tragedias.

En resumen, que Almodóvar ofrece todo ese malrollismo pero sin vestirlo, ni siquiera disfrazarlo, de buen cine. La factura técnica es deficiente e irregular, la estética es fea, el guión tiene trompicones y es pretendidamente confuso para disfrazar la monumental simpleza del “conceto”. Los personajes son nauseabundos, y la película sería ofensiva si no fuera porque sólo es una de tantas en un mundo en que hemos visto ya de todo como para escandalizarnos porque un director, ante la imposibilidad de gustarnos, juegue a desagradarnos con tan poca cosa.

Violaciones, transexualidades forzadas, cuernos, más violaciones, heterosexualidad retorcida y sucia, homosexualidad esperanzadora y limpia, más violaciones todavía, una orgía campestre/costumbrista, lujo decadente, psicopatía, dominación, cautiverio, más violaciones, suicidios, traumas, disfraces de tigre (Dios santo!!!!), sumisión, abuso, mazmorrismo de cubeta, secuestros, alguna que otra violación más que se nos quedaba en el tintero, venganza, corrupción, etc, etc, etc, ordenados del modo más elíptico posible para ser muy desagradable pero muy poco franco. Entre toda la basura, Banderas está muy bien, que no se diga que somos destructivos. Aunque en este caso, Almodóvar sería el menos indicado para acusarnos de tal cosa.

¡EL PP DESPEGA EN LAS ENCUESTAS! (y van treinta)

Vaya por delante que para mí, Gürtel es a la historia del mamoneo lo que Granujas de Medio Pelo es al cine de ladrones. Es más producto de la estupidez del líder que del hecho en sí. Cuatro perras, si lo comparamos con la sangría legal de Zapatero, sin ir más lejos. Sin ir al cebollón de euros que se han pegado la criatura MendezToxo. Sin ir a Filesa.

Digresión moderadamente malvada: Alfonso Guerra ambicionaba el puesto de presidente del Congreso cuando Zapatero se lo dio a Bono en su primera crisis de gobierno. ¿Qué pasa con el Zetapé? ¿Se cree que la presidencia del Congreso es como el Proyecto Hombre para la rehabilitación mediática de manoslargas, o qué? Recordamos con ternura al pobre Marín, que las tuvo que pasar canutas, y de cuya honradez (éste sí) nunca dudé.

Pues vaya un despegue pepil de las encuestas. Ya he perdido la cuenta de las veces que he leído la misma información, con las mismas cifras.

Vale, lo del CIS del mes pasado fué un espejismo con truco. Un trile. Empezaron la encuesta con el PP el mismo día que arrancaba el Gürtel. Nadie se las creyó demasiado. Este mes, Zapatero lo tiene más jodido si quiere acomodar para el CIS una fecha concreta en la que arrancar el sondeo. Como no la hayan empezado coincidiendo con que Zapatero anuncie la chufla marinera de que paguen los ricos y los curas, no sé. Y tampoco creo que le fuera muy favorable el anuncio.

A mí me da vergüenza ver mentir a los políticos con ese descaro y con tan claras intenciones. Éste Zapatero es incorregible. Va a hacer lo que esté al alcance de su teléfono móvil para ser presidente cuatro años más. No sé, igual después ya no tiene que renovar, y se queda para siempre. (Ups, ¿he pensado eso en alto?). Pero bueno, ya hablé de ello en anteriores posts.

Lo que quería decir es que éste nuevo despegue, y van treinta, sólo significa que Gürtel ha desaparecido de los titulares, que se centran ahora en el recorte de Zapatero, doloroso, arrogante, pero errado y de chichinabo para resolver el problema.O sea, que Rajoy no está recibiendo un incremento en su capacidad de convertirse en depositario de la confianza del electorado, probablemente de “su” electorado. No sé si se puede decir más claro. Bueno, sí:

QUE EL PP NO DESPEGA. Está a tiro de escupitajo de Zapatero. A tiro de móvil. A tiro de titular. A tiro de sus socios. A tiro, vaya. Si Rajoy no depura su discurso, no va ni a la vuelta de la esquina. Y aunque lo depure y gana en 2012, llegará desgastado. Y entonces se lo merendarán vivo con cualquier excusa. Si en Afganistán o en Irán la cosa se pone fea, reeditarán el No a la Guerra con total desvergüenza. Después de lo de Garzón en la Complutense, me temo cualquier cosa.

Por cierto, ¿qué fué de la mamarrachada esa de encierro o no sé qué que iban a protagonizar Almotroma, La Pasionaria de Barquillo y el Tonto Ilustrado? ¿Se les sumó algún figurante? ¿Llegó a consumarse el encierro simbólico?

Coño, ¿no se les habrá olvidado sacarles, y a estas horas aún siguen ahí? Jur, jur, jur. Luego, el despistadillo que tenía que abrir la puerta de la mazmorra, abre, y se encuentra con que Almotroma se ha comiso a los otros dos. Jur, jur, jur. Y conste que no he querido ser muy malpensado. Jur, jur, jur.

Por cierto, leo en Libertad Digital que a Bono le han encontrado una nueva propiedad, como a la aspirina o al aloe vera, o a Berlusconi, incluso. UN PORSCHE, nada menos. ¿Y regalo de quién? Pues nada menos que…¡¡DEL POCERO!!

¡JUÁ, JUÁ, JUÁ! ¡Menudo elemento!Menudo manoslargas, parece que nos ha salido Pepe Bonus!¡Salud, camarada!

Sigo repasando la prensa y me encuentro con que…buf. Todo lo que veo merece entradas separadas. Menudo panorama, amigos. Y los votantes de izquierda siguen sin darse por enterados. ¿Dónde está esa izquierda que exigía transparencia?

Joder, el propio Rubalcaba violó la jornada de reflexión con sus exigencias de transparencia el 13-M, la Noche de los Paraguas. En aquellos días, el PSOE, todavía sacudiéndose la peste a corrupción, repetía incansable, ojitos soñadores, que todo gobierno, más allá de su ideología, debía tener la transparencia como máximo ideal. Cosa por otro lado absurda. Pero ellos la exigían, exaltaban, elevándola al carácter de religión. Valiente pandilla de cantamañanas. Si no fuera por Marianín, tendrían una huella en el trasero, de esas que dibujaba, genial, Ibáñez.

Y ahora resulta que Rubalcaba obstruye a la justicia otra vez aduciendo que los protocolos de actuación de los TEDAX son secreto oficial. Una tontería, por cierto, desmentida por el hecho de que Rubalcaba mismo aportó esa ese protocolo en 2006, cuando aún no era del dominio público que las pruebas habían sido destruídas o manipuladas. Vaya, que por entonces aquel documento no inculpaba claramente al jefe de los TEDAX poniendo en serio entredicho el juicio en su totalidad. Pero ahora sí. Por eso ahora lo oculta. Sin embargo, quedó publicado el documento, que demuestra que la cadena de custodia lleva directamente a él. O sea, que o bien destruyó las pruebas, o bien las entregó al que finalmente las destruyó. En ambos casos, es culpable. Y por tanto, Rubalcaba lo es de una flagrante, descarada, activa, contumaz, falta de transparencia. Y eso, siendo benévolos.

Y por no dejarlo con Rubalcaba, vaya otra más. El etarra Mikel Carrera en los asesinatos de Capbretón. De modo que de número uno de ETA, nada. Otro invento de Rubalcaba, el de “los españoles se merecen un gobierno que no mienta”.

Ni con todo ésto en los titulares. El PP vive siempre a la espera del despegue. Dice el FMI que “el sistema laboral español no funciona”. NO FUNCIONA. MALFUNCTION, Zapatero. Y Mariano, NO FUNCTION. A verlas venir, esperando la caída de la hoja. En cuanto Zapatero permita la reforma laboral, el trabajo entrará.

Lo que antes era el infierno neocón, abaratamiento del despido, flexibilización del empleo (estatutos que, por otra parte, no se cumplen nunca), Zapatero se colgará como una medalla lo que antes criticaba.

Menudo despegue de bajos vuelos. Empieza a sonar a cantinela. Como los propios Doctor Rajoy y Mister Brey.