ESPERANDO AL MESÍAS

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Andamos los españoles mirando de cambiar de gobernantes por no sé qué oscuros motivos que no quiero analizar. Por supuesto, elegiremos mal. Nuestro carácter católico nos impide buscar soluciones prácticas, necesitamos la solución perfecta.

Lo audiovisual nos intentó vender un mesías con coleta, pero la campaña está fallando. Yo quisiera pensar que la masa votante le ha visto las costuras al muñeco, pero me temo que la explicación es mucho más amarga: simplemente nos hemos cansado. Pablo Iglesias era una recomendación de cuñao progre, y el mesías ha pasado a ser el tito dudoso, el soltero que nadie sabe muy bien por dónde anda. O sea, que volvemos al punto de partida. Cambiar hay que cambiar -no sabemos muy bien por qué- así que a seguir buscando moto. El siguiente candidato es, cómo no, Albert Rivera, que ha arrebatado a Ramón García (los años no pasan en balde) el título de yerno perfecto. Y ya sabemos que, por mucho que el feminismo insista en lo contrario, aquí la suegra manda mucho.

Pero claro, llega la interferencia mesiánica, y tras unos días de bienvenida y agasajo llega el fatídico momento en que empezamos a darnos cuenta de que ¡porca miseria! el guapito no es perfecto. De hecho, ni siquiera se presenta como un mesías, ni ofrece soluciones perfectas, ni relatos salvajes de buenos y malos. Grave error. Semejante afrenta no es algo que un español sepa digerir con facilidad. Y ahí donde el votante potencial de Iglesias no veía ningún problema en las peguitas que los más críticos le iban poniendo –¿Que es un vendemotos? Peor no podemos estar; ¿Que es comunista? Puede, pero honrao; ¿Que está a sueldo de la dictadura de Maduro? Bueno, nadie es perfecto– el votante potencial de Rivera empieza a encontrar obstáculos insalvables en asuntos que van de lo meramente discutible a lo irremediablemente anecdótico. ¡El impuesto de sucesiones, horror!¡Tres tramos de IRPF, cuidao!¡El contrato único, la perdición de Occidente! Y la mejor de todas: ¡Jordi Cañas! (Ojo ahí, que me meo toa. La fobia que le hemos cogido de la noche a la mañana al corruto debería ser objeto de estudio en las mejores universidades del mundo. Criaturitas…)

Que oye, está bien objetar al político. Hay que objetar al político, ponerle coto, mirarle los dientes. Pero detecto cierta cobardía cateta en esa saña contra un tipo cuya sola presencia en las encuestas es del todo saludable, cuyo punto programático fundamental es el respeto a la Constitución en asuntos territoriales e idiomáticos, y cuyo tono y forma son los de un moderado reformista, habiendo lo que hay. Que igual somos tan merluzos que hemos perdido completamente la perspectiva y nos cerramos en banda ante cualquier imperfección olvidando que no estamos en posición de elegir demasiado.

Aquí seguimos, esperando al Mesías.

PARA CONSTRUIR ESCUELAS

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Se desayuna uno con un exministro de economía que tenía cerros de dineros escondidos de Hacienda. Sí, sí, Hacienda con mayúscula. Hay que escribir con mayúscula el nombre de la única entidad que te manda a casa un croquis del dinero que te va a afanar por la fuerza, y si te niegas el que va preso eres tú. ¿Qué menos que una mayúscula para semejante guante blanco?

¿Que nos celebramos mucho con Rato detenido? Por supuesto. Espectáculo para la plebe que no falte. Palmaditas en la espalda y descorchemos el champán. Un exministro del pepé en comisaría, ha llegado la libertá. Niños, sacad las republicanas. Y recomiendo, para que no decaiga la fiesta, no reparar en que Rato ha caído en el exacto momento en que ha dejado de ser político; no reparar en todos los demás padrinos y padrones que sí han robado de lo robado -o que maltratan a la jai, sin ir más lejos- y a los que tratamos con guante de seda porque son aforados. Porque aforado no se está, se es. Es una condición, como la de cuñao. Pero nada, ahí sigue el pueblo indignado azotando corruptos a la vez que exige más dinero para los corruptos. Keynesianismo penal. Para construir escuelas, lo llaman. Queda más bonito, no lo voy a negar.

Así que este señor Rato tenía muchos millones que eran míos -Hacienda semos todos- y no me los quería dar, el tío ladino. Porque al final, de eso va la cosa, de que el que más tiene se lo debe al que menos y viceversa. Para que luego digan que el dinero no fluye. Pues qué quieren que les diga, a falta de conocer la procedencia de los minolles, no tendría nada contra Rato si no fuera porque fue ministro de economía. Que ahí está la cuestión. La mía, al menos.

Que resulta que precisamente aquellos que deciden cuánto les pago y en concepto de qué, tienen que andar luego huyendo de las leyes que dispusieron para mí. Y digo: si tan injustas eran, ¿por qué no las cambiaste? Y donde digo digo, quiero decir Rodrigo.

Y ya no digo más.

EL ÚLTIMO VUELO DE ANDREAS LUBITZ

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Un amigo decía que sólo se conoce a alguien razonablemente bien una vez leído su testamento. Que un niño no es más que un universo de posibilidades que se van descartando a medida que pasa el tiempo hasta que ya no queda ninguna. Otro amigo me dice que maduramos cuando confirmamos sin conflicto que nuestras propias sospechas sobre nosotros mismos eran ciertas. Este último amigo es argentino, así que podemos simplificar su frase en que maduramos cuando aceptamos nuestras limitaciones. Gran verdad. Hay mucho alivio en aceptar nuestras limitaciones, la barrera que separa nuestros logros de la meta que nos habíamos marcado. Termina el conflicto, llega la calma. Es sabido que el fugitivo recién capturado puede al fin conciliar el sueño. A la incertidumbre la sustituye la serenidad de conocer el desenlace.

Andreas Lubitz era ese fugitivo, el más agitado de todos porque no huía de nadie sino de sí mismo. Acorralado por la dura realidad de sus limitaciones, se había quedado sin lugares en los que esconderse. Los compañeros de Lubitz se burlaban de él por no estar a la altura. Si esa era la tónica en su vida social, puedo imaginar por qué su verdadera pasión era practicar el vuelo sin motor, lejos de cualquier lugar en el que sus limitaciones importaran algo. Siempre está ahí, el miedo a los otros. Un miedo más que razonable, pero es un error muy común matar al mensajero y culpar a los otros de nuestras limitaciones. Ellos sólo las señalan, y todo depende de cómo las gestionemos.

Por eso al final de cada vuelo sin motor llegaba el fatídico momento de volver a tierra. A ocultar las bajas psicológicas, a ocultar la medicación en los análisis de la compañía aérea, a ocultar los problemas derivados de jugar arbitrariamente con ese tipo de medicamentos, a ocultar los problemas de visión -probablemente relacionados- que no se podían solucionar con una simple cirugía. Andreas Lubitz quería ser piloto, pero no podía serlo. Esa es la verdad de la que huía. Como una bestia acorralada, al final mostró los colmillos. La realidad llegaba al buzón, él la destrozaba. La realidad llegaba a su relación sentimental, él compraba un Audi. No, mejor, dos. Probablemente en ese punto sabía ya cómo iba a acabar todo. Sin despedidas, sin explicaciones. Andreas Lubitz había atrapado al fin a Andreas Lubitz, y llegó la calma, esa respiración normal de la que hablan los que analizaron las cintas, en un último último vuelo sin motor ni vuelta a tierra, y que se llevaría por delante a quien él creía su enemigo: los otros.

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CARTA A MARIANO RAJOY

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Caro Mariano:

Te escribo esta carta porque se me ha acabado la paciencia. Y porque me veo en la obligación de avisarte.  Verás, probablemente no soy tu votante medio, ni siquiera soy tu votante. Soy alguien que te votó porque no quedaba otra: había que desalojar a esa plaga que amenazaba con dejar arder España mirando desde Moncloa las columnas de humo con un enigmático brillo en los ojos.

Yo suponía, y como yo otros muchos, de los que te votaron y de los que no, que sin ser un gran presidente, harías un buen papel. No nos creímos tus promesas, claro, pero pensamos que tranquilizarías los ánimos, devolverías a la calle la normalidad que desde el misterioso atentado del 11M nos había sido vetada, apagarías la mecha separatista, recortarías el mastodóntico gasto público, y en definitiva, serías mejor que el anterior. Harías que nuestros problemas fueran los cotidianos, los que se merece un pueblo que salvo excepciones y sin mediar extraños atentados, apostó siempre por esa normalidad. ¿Pedimos demasiado? Tal vez, no lo sé. Pero normalidad es lo que prometiste cuando en tu discurso, la misma noche en que te hicimos presidente, prometiste que serías el presidente de todos. De los que te votaron y de los que no.

Y nos has fallado, Mariano. Has irritado a todos sin excepción, porque no has querido enfrentarte a nadie. Nos prometiste la luna y nos negaste la franqueza. Has rehuido la principal labor de un líder, la de explicar que para tener cosas hay que sacrificar cosas. Nos has tratado como a niños incapaces de entender nada. Sin intención de dar la cara, nos has tenido en vilo en mil desastres. Empeñado en que la economía es el indicador único, jugaste la partida a una única carta.

Pero la jugada ha salido regular, y mientras tanto, no sólo no has apagado ningún fuego, sino que han prendido nuevos focos. El último, el mejor de todos: tener a la cabeza de la intención de voto a un grupo bolivariano pagado por Venezuela y promocionado hasta la náusea por un canal de televisión que tú mismo rescataste de su quiebra natural. Tranquilo, ya se apagarán, te susurraban al oído. Y es verdad, los fuegos terminan por apagarse. Pero en el camino consumen. Y me da la impresión de que no te importa demasiado qué consuman mientras no te llegen las chispas. Por no quemarte tú, has dejado que ardamos los demás.

Y al final te están llegando las llamas. En Cataluña y el País Vasco habías claudicado, pero no contabas con que en Andalucía también ibas a conquistar la irrelevancia. Tú dices que sí, pero yo sé que no. Y como yo, todos. Muy pocos defensores te quedan en la calle, Mariano, porque no se puede defender lo indefendible. Tal vez pensabas que por alguna ley de la física, una mayoría absoluta te impide perder las siguientes elecciones. No sé quién te habrá metido eso en la cabeza, pero le pagas demasiado. ¿Qué será lo próximo? Muy feo lo tienes que ver en Madrid para recurrir a tu mayor terror, Esperanza Aguirre. ¿Qué te dolerá más, Mariano, perder Madrid o que Esperanza la gane para ti por goleada?¿Qué traición tienes preparada para ella una vez que te haya asegurado la Plaza Mayor para ti?¿Por qué eres tan férreo en Génova y tan liviano en Moncloa?

No hace falta que respondas, Mariano. Me sé todas tus respuestas.

ANGUITA

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Una vez vi a Anguita. Eran las fiestas del PCE que clausuraban el tórrido verano de 1995. Llegamos pronto para coger buen sitio, pero a pesar de nuestra previsión, encontramos ya una multitud haciendo la siesta al sol. Poniendo buen cuidado de no pisar la cabeza de alguno de los durmientes que alguien había dejado tirados por ahí entre corrillo y corrillo, y haciendo como que buscábamos a algún amigo imaginario, nos abrimos paso hasta llegar frente al centro del escenario, donde nos hicimos fuertes. Algún colectivista de ojos rojos y perfume natural nos recriminó con la mirada nuestras evoluciones subrepticias, pero la cosa no pasó a mayores. Compartir es la clave, camaradas.

LOS MONEGROS

Para amenizar las horas de siesta, la organización nos obsequió con una actuación de José Antonio Labordeta. Muchos de los presentes no eran comunistas ni parecido, claro, simplemente venían para ver a Sabina. Sólo los más añejos colectivistas allí reunidos conocían sus canciones, y los demás hacíamos como en misa, que mueves los labios aunque no te sepas el credo entero. En justicia fue una gran actuación, muy entretenida salvo cuando el aragonés más universal se puso intensito con los Monegros y la gente intentaba fingir lágrimas de pura conciencia social, cosa nada fácil: para sacar lágrimas fingidas pero genuinas hay que forzar un bostezo sin que se note, y bostezar durante un himno de Labordeta no está bien visto en ciertos ambientes. Yo al menos no lo intenté. Por si acaso.

LIBERTAD Y PIS

Se despedía Labordeta con su “Canto a la Libertad”, que ayudó bastante a que prendiera la llama de la conciencia de clase en aquel gentío heterogéneo, y al abandonar el escenario, Labordeta dejaba atrás una multitud de clase obrera y puño en alto, incluidos los hijos de concejales socialistas que bajaban de la sierra disfrazados de andrajosos y cuya presencia misma protestaba contra un sistema gobernado por el partido al que pertenecían sus papás.

Habíamos hecho acopio de minis de cerveza y calimocho, que en las fiestas del PC se llaman “katxis de kalimotxo y birra”. Y claro, así como todo lo que sube tiene que bajar, todo lo que entra tiene que salir, de modo que nos turnábamos para a) abandonar el grupo;  b) llegar a las lindes del recinto; c) mingitar en hileras de humanos venenosos que contaminaban con amoniaco y ácido úrico la madrileña Casa de Campo a razón de varios litros por minuto procedentes de las vejigas de toda suerte de heavies, hippies, punkis, y sobre todo ecologistas, que eran la variante progresista del momento; y d) regresar al grupo lo antes posible buscando el camino de vuelta en la cada vez más nutrida y sabinera muchedumbre.

ORGANIZACIÓN

Aún era pronto. El siguiente acto era un discurso de Amado Avendaño, un dirigente del Chiapas zapatista que pasaba por allí. Era pequeñito, vestido todo de blanco, y como tenía pinta de buena persona nos cayó muy majo. Ya lo habíamos visto un rato antes porque en mitad del concierto de Labordeta la organización le había hecho acceder al backstage atravesando la muchedumbre, e incluso mi hermano pequeño le ayudó a saltar la valla que mantenía el escenario a salvo de la canalla allí reunida. Todo lo cual nos puede dar pistas concluyentes sobre la capacidad organizativa de un grupo ideológico entrenado en la subversión del sistema a través de la gestión de células operativas. Una contradicción sólo equiparable a los liberales, que veneramos el mercado de la oferta y la demanda pero no sabemos publicitarnos siquiera para lograr media entrada en nuestras inhóspitas reuniones de partido.

VIVA ESPAÑA

Aquel zapatista menudo, del que apenas sabíamos nada aparte de que era un orador incansable, nos regaló generosamente con una hora de discurso. Arrancó fuerte, con un “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos” que aplaudieron hasta los cipreses. Pero en estas cosas siempre pasa igual, la progresión de ovaciones evoluciona en “U”. Muy fuertes al principio, recién estrenada la exaltación zapatista; más flojos cuando el personal empieza a cansarse de tanto fervor non-stop; y de nuevo fuertes al final, cuando el dolor de manos no arredra, reconozcámoslo, la posibilidad de conjurar la conclusión del discurso, cuyo colofón fue uno de los momentos izquierdosos más ridículos que he vivido cuando Amado, ya consumidos todos sus recursos, cerraba su intervención con tres “vivas”.

-¡Viva México!

-¡¡¡¡¡¡VIVA!!!!!

-¡Viva el Partido Comunista!

-¡¡¡¡¡¡VIVA!!!!!

-¡Viva España!

-¿Ein?

Esas dos palabras, exclamadas a todo volumen por la potente megafonía del Partido Comunista, cayeron sobre la muchedumbre enardecida como un jarro de agua fría. Se obró un tenso silencio en aquella masa de colectivistas que a esas alturas de la tarde y del siglo sentía más cercanos a Durruti y la Pasionaria que a sus propios padres. Nos pilló tan desprevenidos que incluso pudieron oírse dos o tres tímidos “viva”, inseguros, vacilantes, desacompasados, abortados, y de seguro acompañados con miradas de reproche procedentes de las cabezas vecinas. Mi hermano y yo no podíamos parar de reír, ¡¡viva, viva!!, mientras aplaudíamos entusiastas semejante momentazo. Tan sincero era nuestro apoyo que logramos contagiar a la desconcertada turbamulta y poco a poco se rompió la gélida escarcha que por unos segundos había caído sobre la tarde-noche madrileña, mientras Amado se retiraba cabizbajo preguntándose qué había hecho mal.

ALMIRANTE

Mientras llegaba la noche, y para calentar los ánimos tras el susto, las almas que ya abarrotaban el tendido se daban sin reservas al alcohol y la marihuana. El concierto estaba programado para esa hora, y aún quedaba por salir Anguita. Por supuesto que nadie estaba allí para ver al Califa Rojo, pero alguna lumbrera del aparato había puesto en práctica una maniobra que habría despertado la admiración del mismísimo Beria: programar un discurso del líder a la hora en que debía empezar Sabina. Una pregunta recorría la Casa de Campo: ¿sería capaz el bueno de Julio de castigarnos con otro discurso, o en cambio abriría la mano y dejaría que disfrutáramos de la fiesta del PC a un público que ya tenía más cuerpo de fiesta que de PC? Confiados y rendidos al posibilismo, acordamos como pueblo y unilateralmente que Anguita no podía ser tan cabrón como para salir al escenario. Expectantes, impacientes, hacíamos apuestas sobre qué repertorio ofrecería Sabina, y los más valientes calentábamos ya la voz repasando algunos éxitos del madrileño adoptivo por excelencia, cuando empezaron a sonar aplausos, silbidos, loas y vítores a voz en cuello. Nos pusimos en pie automáticamente pensando que empezaba el espectáculo, pero no. La organización había decidido amenizar la espera ofreciendo fragmentos del documental Operación Ogro, y aquella masa pacifista había estallado en aplausos al ver volar el coche de Carrero Blanco. Lo que no logró un inocente “viva España” lo consiguió con natural espontaneidad un atentado de ETA. Todo en orden, pues.

ABANDONAD TODA ESPERANZA

En un vicioso bucle, el vuelo del almirante volvía a las pantallas cada cinco minutos, pero a cada nueva reproducción perdía efectividad, y los aplausos fueron decayendo hasta desaparecer por completo a la cuarta o quinta vez que el coche de Carrero Blanco atravesó Claudio Coello en sentido vertical. Mientras los técnicos de luces y sonido hacían sus últimos preparativos, el público coreaba “¡Queremos a Sabina, queremos a Sabina!”, y “¡Que empiece ya, que el público se va, la gente se marea y el público se me-a!”. Tal vez por esa razón la concurrencia improvisó una cerrada pitada, aderezada con algunos abucheos y no pocas maldiciones, cuando dos voluntarios del partido plantificaron en medio del escenario un atril que presagiaba lo peor.

En efecto, al poco salió Anguita. Pero no inmediatamente. Zorruno, el adalid del rojerío patrio dejó un tiempo prudencial para que las hordas lúmpen, que a esas horas habíamos perdido toda conciencia de clase, asimiláramos sin represalias que de Sabina, nanay, al menos por el momento. Juro que Anguita empezó diciendo “Seré breve”, y algunos ilusos le creímos echando mano de nuestros últimos remanentes de optimismo. Pero el hecho de que el prólogo del discurso durara no menos de veinte minutos hizo que abandonáramos toda esperanza.

 

DICTADURA

Aún así, ver a Anguita no era poca cosa para un comunista de instituto como yo, que aunque sabinero pendenciero, tenía un corazoncito, así que me adscribí sin reservas a la consabida progresión de aplausos en “U”. Y es que al principio la cosa tenía su gracia y los presentes vitoreábamos como majaderos lo que amenazaba claramente con ser un panegírico de la juventud rojuna, pero al poco de descubrir in situ que no entendíamos nada de la correosa gramática bolchevique del carismático califa, y lo que es peor, QUE NO TENÍA INTENCIÓN DE PARAR, no tardó en hacerse sentir cierta frustración entre el populacho. La frustración llevó al hastío, el hastío al hartazgo y el hartazgo a la mala educación. Así, donde antes hubo un público entregado, proliferaban ahora los “¡que te calles yaaaa, pesao!”, “¡que sí, que vale, que muy bien!”, y sobre todo, un creciente “Sa-bi-na, Sa-bi-na, ¡Sa-bi-na, Sa-bi-na, SA-BI-NA, SA,-BI,-NA!” que, por supuesto, no lograba silenciar aquella perorata incognoscible envuelta en las jergas herméticas de un califato improvisado. Nada puede la voz del pueblo ante un buen grupo megafónico.

En propiedad no podíamos quejarnos, habíamos ido allí buscando saborear un poco de socialismo real y obtuvimos la experiencia completa, puesto que la organización había logrado sacarnos hasta la última peseta, teníamos hambre, sed, estábamos cansados y sólo nos quedaba la música y la esperanza de que aquel malhadado vendedor de crecepelo, su tiránico decibelio y aquel sonsonete estridente que penetraba los tímpanos como un taladro de carburo de wolframio, terminaran por desvanecerse alguna vez.

TRANSICIÓN

La feliz frase “Voy concluyendo” anunció el final del califato y arrancó a la chusma momentáneamente aburguesada por la espera y por la barrila una cerrada ovación y no pocas chanzas. “¡Bravo!”, “¡A ver si es verdad!”, “¡Alabado sea el Santísimo!”. Ya no le fantaseábamos abrochado a una guillotina, y a algunos incluso nos pareció hasta guapo. Y aunque el colofón del discurso aún se hizo esperar sus buenos veinticinco minutos, los aplausos volvieron a recrudecerse al final de cada ignota aseveración y cada frase inextinguible. Cuando le prometes lo que largamente le has arrebatado, el pueblo, desmemoriado y voluble, vuelve a quererte sin más.

LIBERTAD SIN IRA

Al cabo, Anguita marchó en buena hora. La Casa de Campo dejó de ser Cuba, habíamos vuelto a Madrid. Sabina tuvo el detalle de no hacerse esperar más, salió casi de inmediato e hizo un concierto realmente maravilloso. Y sólo años después de disfrutar con mi hermano Pablo, mi novia Laura y mi amigo Javi de una jornada inolvidable llena de anécdotas que no tienen precio, me di cuenta de que en todos mis años comunistas nunca fui menos comunista que durante un discurso de Julio Anguita.

CONTROL

Sentarse a redactar un programa electoral debe de ser parecido a empezar una novela. Uno escoge por dónde atacar la hoja en blanco, busca los puntos débiles del público, y no se repara en gastos porque los efectos especiales los pone el lector. El programa electoral de Podemos para Andalucía ha escogido tema: el hogar, el último bastión defensivo, la república independiente de tu casa, el único lugar en el que uno es como quiere ser, donde uno escoge qué canal ver, qué emisora escuchar, qué periódico leer. Cómo hablar, cómo vestir, cómo legislar.

De sobra conocida es la resistencia del individuo a dejarse invadir en el único lugar donde mora en completa libertad, y no puede extrañarnos que Podemos, enemigos declarados de la libertad del individuo, haya buscado precisamente un caballo de Troya como tema central de su programa liberticida. La supresión del artículo 18 de la Ley de Dependencia (qué nombre nauseabundo) implica necesariamente la inclusión de un funcionario en el hogar, un elemento extraño a sueldo de desconocidos en tu propia casa, manejando el mando a distancia, el dial, prefiriendo aquellos canales que animan al Estado a subirles el sueldo, a ponerse en huelga continua cuando no gobierna según quién, a contratar a más como él, a perpetuar su puesto de trabajo. Un elemento extraño fiscalizado por sindicatos de clase, también a sueldo del Estado, que tienen muy claro quiénes son los buenos y quiénes los malos. En tu propia casa.

El anzuelo es magnífico, claro. Los cuidados (¡gratuitos!) a los que no pueden valerse por sí mismos. ¿Quién puede poner un pero sin ser tachado de cualquier cosa? Al fin y al cabo, así es como nos engaña el Estado cada día para que depongamos las armas y nos abandonemos a su dictado. Es por tu salud, es por tu bien, es por tu seguridad. ¡Es por los niños, los niños! Y no deja de ser curioso que un partido que se llena la boca con la palabreja “empoderar” vea como un verdadero problemón que el individuo nos ahorre un funcionario y asuma el esfuerzo a un coste económico menor y menos invasivo. Pero es normal: no hay precio demasiado caro (total, pagarán “los ricos”) cuando se trata de invadir por decreto la privacidad del hogar, que es en definitiva el gran y último enemigo del totalitario. Vencida esta, no habrá nada que defender.

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PEDRO EL CRUEL

En algún punto del camino hemos decidido que lo que necesitamos es un presidente con coleta. Como cuando seguimos mirando catálogos de coches aunque internamente, quizá sin saberlo aún, ya hemos decidido que queremos un descapotable vintage de segunda mano que hemos encontrado a precio asequible. ¿Nunca has sentido que el producto te elige a ti en lugar de tú a él? Pues lo mismo. Cuando el marketing hace bien su trabajo, el embeleco pasa a ser protagonista secreto del proceso, y la mente del comprador comienza a trabajar las razones por las que quiere, no, por las que NECESITA el producto.

Esta crisis ha sido un regalo para España, la patria de la queja, del rezongo, de culpar al empedrado. El español es más feliz cuando tiene algo de qué quejarse. Si falta el lamento, se queda sin conversación. Pensadlo, tras ocho años de depresión, ¿de qué se hablará en los ascensores y las paradas de autobús cuando llegue el crecimiento?¿Volveremos con el rabo entre las piernas a la banalidad de hablar del tiempo, tras años de disfrazarnos de vecino con conciencia social? Por eso le ha caído al incauto PdrSnchz esa lluvia de críticas cuando ha afirmado el obvio cambio de tendencia en los indicadores económicos. El cabrón aguafiestas nos quiere dejar sin discurso. Mal está que lo haga el gobierno, pero bueno, entendemos que para eso está el gobierno, para decir que las cosas van mejor. Especialmente cuando las cosas van mejor. Pero que lo haga la oposición, eso es imperdonable.

Pedro Sánchez, en su crueldad infinita, nos quiere quitar excusas para comprar el producto que hemos elegido. Como si de una maldita esposa cabal se tratara, nos dice que ese descapotable usado y con coleta no tiene maletero, ni sitio para los niños, ni piezas de recambio. El maldito pragmatismo que nos deja sin caprichos, la aburrida toma de tierra que nos priva de grandes gestos, la maldita realidad que mata los sueños. Que las cosas están mejorando, dice el jodido cenizo.

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QUIEN PAGA, MANDA

Venezuela se va a pique. El régimen chavista no tanto. De Chávez nunca sabremos, pero de Maduro nadie sospecha que vaya a ser de esos capitanes que se quedan en el barco para que se lo traguen los océanos, sellando su destino al de su gestión de la tempestad. La identificación patria/líder sólo vale para los logros y las medallas, pero todos sabemos que eso es sólo un chándal que uno se quita y se pone, y si el Nicolás maduro tuviera que huir a su Colombia natal cruzando a pata la frontera, os aseguro que no lo haría disfrazado con los vivos colores del pabellón venezolano.

Por supuesto que no estoy descubriendo el Pacífico. Es más, la inevitable situación de Venezuela se veía venir de lejos, y la única diferencia actual con los clamores pretéritos es que el futuro ya ha llegado. Hipotecados a China los recursos, y despilfarrados hace tiempo en políticas sociales (a falta de apelativo más certero), el dinero de los demás se ha acabado. Que es cuando los socialistas empiezan a decir que “esto no es socialismo”, y que es, precisamente, cuando los que no somos socialistas sabemos que empieza el socialismo. El socialismo real YA. Los últimos manotazos del régimen han sido, por supuesto, prohibir que se hagan fotografías a los anaqueles vacíos de los supermercados, y autorizar al ejército a sofocar las protestas con fuerza letal. Falta comida, faltan medicamentos, falta papel. Ya no queda nada por expropiar salvo las vidas de los que gritan.

Hay que distinguir entre Venezuela y el chavismo. No son la misma cosa, del mismo modo que Franco no era España ni Arturo es Cataluña. Por eso he de decir que Venezuela entra en barrena pero el chavismo no. Previsor, el ejército de asesores y técnicos del chavismo sabía que la fiesta tenía que terminar, como de hecho ha ocurrido. El chavismo ya no es triunfal, y Maduro no puede pasearse por Caracas expropiando a diestro y siniestro en riguroso directo sin peligro de que algún valiente le susurre “Mi comandante, eso ya se expropió”. De aquellos dislates sólo queda una mueca congelada, la sonrisa sin gato que decía Pedro Jota. La nación sin personas. Es el momento de actuar, de poner en práctica el plan P. Y es que el dinero de Venezuela se ha terminado, pero el de Europa no, y el chavismo depende de él.

De entre ese ejército de asesores ¿asesorados? destacó un grupo de universitarios españoles que llevan una década esperando el momento en que les dieran luz verde a un plan audaz como todo plan que sale bien. Una cuadrilla que, educada en la cheka complutense de Somosaguas, se sabe al dedillo la perorata comunista, su target habitual, sus fórmulas y por supuesto, sus resultados. Y como religión, (cada vez veo más clara la tesis de Escohotado del socialismo como herejía laica del cristianismo), se basa en la fe ciega más allá de los resultados, en el apego al mensaje y la liturgia más que a los supuestos beneficiados. De ahí el cinismo pasmoso de los nuevos profetas al decir que “en España las cosas ya no pueden ir peor”. Por supuesto que pueden ir peor, y ellos lo saben de primera mano: sólo tienen que ver el resultado de sus asesorías venezolanas, pagadas de golpe, casualidad de casualidades, semanas antes de fundar Podemos, ese partido que no es un partido, que es comunista pero no lo es, e inspirado por el chavismo para seguir el modelo…sueco.

¿A quién hacía más falta Podemos, a España o al chavismo?¿Qué economía se va a pique, la española o la venezolana?¿Quién paga esta cosa morada que viene a completar la bandera rojigualda?¿Quén esta cosa chulesca que amenaza e interroga a la prensa, en vez del obligado viceversa?¿Quién se ha eyectado del caza venezolano dejándolo caer, agotados sus recursos, expropiadas sus alas y malvendido su motor, en espera de que llegue el coleta a rescatarlo in extremis con otro avión al que, sin estar en sus mejores horas, le queda bastante más autonomía de vuelo y muchas piezas aún por expropiar?

En las novelas detectivescas, cuando el protagonista se queda sin pistas y no hay dinero ni móvil para el crimen, se recurre a la máxima de buscar a la mujer para encontrar al culpable. Cherchez la femme, se llama. En el caso podemita, no es necesario el cherchez la femme, a pesar de que se ha buscado y encontrado a la dama, y huele a podrido a quince kilómetros. Y no hacía falta porque tenemos la pasta, tenemos al sicario, tenemos al cliente y tenemos el móvil.

Quien paga manda. O como dice el refrán anglosajón, “who pays the piper calls the tune”. Quien paga al gaitero elige la canción.

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LECCIONES DE VIDA

Nunca he sido amigo de dejar ganar a los niños para evitarles el disgusto. Soy así de malo, y oculto una sonrisa socarrona cuando veo a un padre ejerciendo de ángel de la guarda 24/7 de su pequeño, no se vaya a dar un golpe, no se vaya a tropezar, no vaya a hacerse daño. Porque cuando llega el inevitable golpe y la consiguiente llantina con chichón, hay que consolar al nene dando azotitos al suelo, al juguete, al pico de la mesa. Ah, ah, ah, malo, suelo. Mala, mesa. Mala.

Eso ha pasado hoy en Grecia, y terminará pasando aquí. El nene anduvo décadas estafando y gastando lo que no tenía, y cuando se acabó la pasta, la culpa es de quien proveyó el disparate. Ah, ah, ah, mala, Troika. Mala, Merkel. Mala. Y es que a un niño no se le puede explicar que el golpe te lo has llevado porque eres pequeño y torpe, chaval, porque te falta experiencia y no llevaste cuidado. Si le explicas eso a un niño pequeño, se pierde, se aburre, se agobia. No entiende. Como tampoco se lo puedes explicar a una masa educada en la eterna protección de papá Estado, que cada viernes te suelta tu paguita independientemente de tus notas, de tus comportamientos o de tus actitudes.

Cuando veo al progenitor dando golpecitos a la mesa, -mala, mesa, mala-, entiendo que te está enseñando que la culpa de tus errores, de tu impericia, de tu imprevisión, no la tienes tú, sino la realidad encarnada en mesa, en suelo, en esquina, en esa parte dura del sofá que tiende a hacer acto de presencia cuando el niño ha pasado de tropezar con un bordillo a dar saltos de cabra de mueble en mueble, mientras su progenitor, en lugar de gastar tiempo y energía tratando de evitar lo inevitable, o de quedar como un mal padre dando una voz al nene para que deje de hacer el bruto, ha entendido que es mucho más fácil echar la culpa al sofá. Pero llegará un día en que golpear al sofá no será suficiente, y habrá que buscar culpables más satisfactorios a los que dar azotitos un poquito más fuertes. De ahí mi sonrisa socarrona. Malo, papá, malo. Ah, ah, ah. Malo.

TSIPRAS PIDE MAYORÍA ABSOLUTA PARA LAS ELECCIONES DEL DOMINGO EN GRECIA

BOYHOOD O LA TIERRA DE LOS FASCISTAS

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Tarde de lluvia. Mi padre me invita a comer en una bocacalle de Princesa, junto a la Plaza de los Cubos. Intercambiamos impresiones acerca de la desesperante actualidad política. Nos  refugiamos de la lluvia fina en el Renoir Plaza de España y vemos Boyhood. No os la perdáis, y si la veis con vuestros padres o vuestros hijos, la experiencia será completa.

Aunque los hechos narrados en Boyhood los sentirá muy propios cualquier espectador, al tratarse de una película americana de género costumbrista, su cultura está presente en todo momento. Por ejemplo:

En Boyhood, los niños rezan el Juramento a la Bandera antes de empezar la primera clase del día, con un pequeño recordatorio a la bandera del estado (Texas).

En Boyhood una abuela hace voluntariado en el colegio de sus nietos, leyéndoles cuentos.

En Boyhood, un padre practica el activismo picaresco quitando carteles de McCain y poniendo los de Obama en su lugar.

-Papá, ¿estás seguro de que está bien hacer eso?

¡Soy un patriota, y a veces hay que luchar!

En Boyhood, un abuelo enseña a disparar a su nieto, y una abuela enseña a disparar a su nieta.

En Boyhood un chaval tiene que conseguir su primer minijob sucio y mal pagado como un rito de paso, una lección que conviene aprender como prólogo y simulacro de aquello que después vendrá en serio, cuando seas tú quien tenga que pagar las tortitas y el sirope de los copiosos desayunos. ¡Y el jefe no se nos presenta como un mal tipo, sino casi como parte de la familia, un educador de prácticas para la vida!

En Boyhood vemos a un director obviamente progresista enseñar la bandera americana en los momentos buenos, en los mediocres y en los malos. Nunca protagonizando la escena, pero siempre ahí, de fondo, testigo de cómo un niño deja de serlo y empieza a buscar, acaso sin saberlo, el sueño americano.

No he podido evitar sentirme huérfano, no ya de un cine propio, sino de una cultura propia. ¿Dónde, en las salas o fuera de ellas, está la cultura española? Escondida, perseguida, estigmatizada.

En España no hay voluntariado en las escuelas, ya se ocupa el Estado, no podemos arriesgarnos a que se ocupe según quién, y que lea a los niños según qué cuentos y según qué tradiciones. No está en la cultura española colaborar desinteresadamente con las administraciones para que las administraciones no acaben administrándonos a su gusto.

En España, el activismo político queda para militantes de partido. Y si a alguno de esos activistas vecinales se le ocurriera gritar “¡Soy un patriota y a veces hay que luchar!”, ya sabríamos que es un facha. Porque ser patriota es de fachas a no ser que seas patriota de tu provincia.

En España no hay cultura de las armas, pero si en una película española un abuelo enseñara a torear a un niño y el director no pusiera su pullazo ecopacifista en la escena, probablemente no haría carrera en España.

En España, al minijob lo llamamos trabajo basura, al jefe/empresario le llamamos explotador, y el Estado dificulta por todos los medios la existencia de unos y otros. A cambio, regala la matrícula universitaria a todo el mundo (¡¡¡como si fuera un derecho!!!) como rito de paso para que aprendas quién tiene que llenarte la nevera y cuánto debes sacrificar para ello.

En España no hay Juramento a la bandera. Y si lo hubiera, sería al contrario que en Boyhood: sería un juramento a la bandera autonómica, y si acaso un escupitajo final a la bandera nacional, que lejos de ser omnipresente, de fondo, recordándote con su sola presencia de dónde vienes en el espacio y sobre todo en el tiempo, nos es activamente escamoteada, bautizada psicológicamente como la bandera de los fachas, y un director de cine español sólo muestra la bandera española en la enseña de un policía violento, tras el escritorio de un guardia civil malvado o en manos de un skin head.

Salgo de la sala con mi padre, nos hacemos un selfie con la portada de la película, que nos ha gustado mucho. Recorriendo Martín de los Heros dejamos atrás el cine Alphaville (ahora se llama Golem), caminamos por el subterráneo de Cubos, paseamos por la Gran Vía lluviosa. “Esto es Madrid, mi verdadero Madrid”, le digo a mi padre. Le acompaño al autobús, nos despedimos con un abrazo. Sigo caminando Gran Vía arriba, encharcada, moderna y decadente, eternamente a medio terminar. La riada humana, el tráfico, los cabarets, los estrenos, los luminosos, el asfalto reflejando luces distorsionadas de todos los colores. Mi patria personal, la patria de mi juventud perdida. Esto es Madrid, sin duda. Pero, ¿dónde está España?

 

 

 

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