DETRÁS DE LOS CULOS: ELOGIO DEL SEGUNDÓN

Nunca voy a la última. No estoy al tanto de los estrenos. Lector contumaz de ficción, mi atención casi nunca se posó en las isletas de novedades. Y cuando lo hizo, su cliente, que soy yo, lo normal es que acabara descontento. No diré que es imposible dar con algo bueno y nuevo, pero las probabilidades de comerme un detrito perfectamente olvidable, cuando no directamente pernicioso, son desalentadoramente altas.

Con el cine me ocurre distinto, porque es el medio en que lo que queda de mi intelecto se mueve como pingüino bajo el agua. ¿Quién no se ha reído alguna vez de la cómica torpeza del pájaro bobo (no se llaman bobos porque las Aves del paraíso eligieran nombre antes que ellos) abriéndose paso en sus patéticas evoluciones por la nieve? Bueno, pues ese triste ave soy yo en las isletas de novedades. Ahora bien, observe el lector al torpe animal cuando resbala, y ¡plop! cae al agua. El bobo se transforma y vuela bajo la superficie con una velocidad y precisión que ningún ave del paraíso podría jamás alcanzar en el aire. Ese pingüino soy yo eligiendo película. Pero no he venido aquí a hablar de lo bien que vuelo bajo el agua, sino de lo que cuesta caminar fuera de ella.

Dejando aparte las películas, siempre he preferido terrenos explorados. No tengo el fetiche de estrenar coche, ni de estrenar mujer, ni de estrenar novela. Y por estrenar novela no me refiero al volumen, sino a ser de los primeros en leerla. Prefiero esperar un tiempo prudencial, ya nos veremos por ahí si el mercado no los ha pasado por la trituradora del olvido.

Del mismo modo me pasa con la ropa, la música o la actualidad culinaria. Y ya que lo menciono, ¿quién nos iba a decir hace diez años que existiría algo semejante a la actualidad culinaria? La economía de mercado, perfecto retrato del ser humano, es capaz de lo mejor y de lo peor. Pero bueno, a lo que iba: ¿ropa? Olvídate. Jamás miro un escaparate si no es para burlarme cruelmente de los espantajos que lo habitan condenados a llevar semejantes constructos. Un Toy Story de maniquíes podría ser un gran drama de identidad: ¿Se puede no ser un completo gilipollas vistiendo como tal? Ahí lo dejo.

¿Música? Nada que hacer. Yo me espero a que la banda se haya separado y sus miembros  críen malvas por sobredosis mucho antes de empezar a prestarles mi cadena de huesecillos. A Pink Floyd los vi cuando su líder había zanjado una década de litigios con el resto del grupo por ver cómo se repartían los vasos para la dentadura postiza. A los Stones, cuando el espectáculo ya no era tanto Keith Richards sino cómo ese anciano vestido como una feminista argentina de mercadillo podía molar tanto. A Sabina empecé a hacerle caso cuando mi madre dijo “Este ya está acabado”. Y así mis conciertos actuales, casi todos ya una especie de porra a ver quién ve el último de Neil Young (ironía no intentada) antes de que su cadera decida dar el último crack. ¿Series? Ni hablar. Hasta que no son canceladas al capricho de los yonquis-del-próximo-capítulo, no les concedo la olisqueada más superficial. Desconecto cuando se habla de series inconclusas. Sólo su supervivencia en la memoria de alguien me avisa de que tal vez tengamos algo. Mientras tanto, pago el precio en medio de las conversaciones que generan en vida, que son el nuevo “pues se ha quedado buena tarde”.

Poco a poco me doy cuenta de que soy un dinosaurio. Y de que en realidad siempre lo fui, pero no me daba la edad. En cuestión de oferta rara vez he fallado ciñéndome a la directriz de ir destacado del pelotón, pero por detrás. Yo soy el pelotón, los demás son todos ellos el equipo de cabeza, siempre a la última, siempre obedientes al dictado de la época, siempre uniformados. Hace poco juré de nuevo no volver a acercarme a una isleta de novedades-novela, tal vez la última retirada, cuando de cinco ejemplares a los que di la vuelta, cuatro de ellos decían ser “transgresores” o “irreverentes”, cuando no ambas cosas. Fantoches, eso es lo que pasa, que hay mucho fantocherío. Hoy día lo irreverente es ser de derechas y lo transgresor es hablar de usted a las señoras. Pruebe el siguiente experimento: Tíñase el pelo de verde, plántese delante del Palacio Real, haga de vientre sobre una foto del Papa de Roma, grábelo todo en vídeo y cuélguelo en Youtube. Le aseguro que, tras una tímida reprimenda policial, si alguna, logrará una subvención, decenas de miles de followers y un peregrinaje por los platós más retuiteados, secciones culturales de las televisiones públicas, emisoras, periódicos y demás terminales de eso que la política sigue manteniendo a golpe de talonario: el mainstream.

Abrir los hocicos de par en par a ver si me toca el gusano más fresco no va conmigo. Probablemente en Atapuerca me habría muerto de hambre en favor de otros hermanos más avispados, pero a día de hoy, incluso en el mejor restaurante, si vas con la boca abierta y los ojos cerrados puede que te caiga la vianda más exquisita o puedes caerte de boca en el inodoro. Prefiero elegir mi actualidad lo mismo que elijo mis compañías. No es miedo a lo desconocido, es simplemente que ya no me gusta perder mi jodido tiempo. Me explico y termino. Congenio mucho mejor con las mujeres que con los hombres, probablemente porque ellas son mucho mejores conversadoras. Pero cuando caminamos en silencio, siempre procuro ir unos pasos por detrás. Sobre todo en verano.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s