FUEGO AMIGO

Dicen en los medios -cito textualmente- que “tenemos que acostumbrarnos a los atentados islamistas”, que “el peligro está en el aumento de la islamofobia” porque “es lo que quieren los terroristas”. 

Cada frase por sí misma puede ser más o menos discutible -más de uno añadiría otros calificativos-, pero las tres juntas no aguantan el análisis más superficial. Y créanlo o no, se están lanzando juntas. En diferentes medios y a diferentes horas. Así que pasaré a comentarlas por separado, y también en su conjunto. Al fin y al cabo, ¿quién soy yo para trocear el dogma progresista?¿Acaso vamos a ser más papistas que el Papa y enmendarles la plana a los de la capital? Yo digo: ¡NO!

1. Empezamos por la primera: “Tenemos que acostumbrarnos a los atentados islamistas”.

Es muy buena. Tan buena que me encantaría ver al tertuliano de turno contándole eso a la víctima del último atentado islamista mientras el médico decide si le recompone la pierna o si es mejor usarla para recomponerle otros miembros a su hija pequeña. La frase es variación de la acuñada por el muy progresista Primer Ministro Francés Manuel Valls tras el atentado de Niza en el que un “camión” (de nuevo cito medios progresistas) se llevó por delante 84 vidas nada más. Por lo demás, la resignación me parece una decisión muy respetable siempre y cuando no traten de imponérmela llamándome islamófobo si me niego a adoptar tan cristiana actitud. Si cambian el “hay que” por un “yo me”, no tendré nada que decir. Pero déjenme el derecho a cabrearme y horrorizarme sin acarrear el estigma social que supone no acostumbrarse ni resignarse a que de vez en cuando masacren a unas decenas de nosotros, o a nosotros mismos, en exigencia de una ley islámica que castiga con la muerte la disidencia -amén de otras muchas cosas chulísimas que de seguro habrá oído usted por ahí. Créame, casi todas son ciertas-. Y discúlpenme si me permito acabar con la definición RAE de la palabra “resignación” por ser la más usada esta mañana en los principales medios: Entrega voluntaria que alguien hace de sí poniéndose en las manos y voluntad de otra persona. Guárdela en la memoria, intrépido lector, que la usaremos más tarde. Pero no la rotule en un autobús naranja, no vaya a multarle Cristina Dos Varitas Cifuentes por alimentar el discurso del odio.

2. “El peligro está en el aumento de la islamofobia”.

Esta frase es una obra maestra, pero sólo maestra en maldad. ¿Cómo que el peligro está en la islamofobia? Abrimos cada semana con un nuevo atentado islamista, y los medios mienten cuanto pueden para maquillarlo. Sin conseguirlo, claro, gracias a que aún tenemos las redes. Y a ver lo que nos duran. Sin embargo no hay atentados islamófobos. Esto es empírico: si hubiera el más mínimo atisbo, los mismos medios que maquillan cuanto pueden a los yihadistas lo amplificarían con un nivel de histeria parecido al que usan cada vez que el presidente electo de Estados Unidos se rasca la barbilla. Y sin embargo, ni rastro.

Cabe señalar que esta es una variante del infausto titular de Lo País aquel 12 de Septiembre de 2001, “El mundo en vilo en espera de las represalias de Bush” tras la masacre de las Torres Gemelas. Me permitirán que señale dos peligros mucho más inminentes que un hipotético aumento de la islamofobia, y que son a) los propios atentados, que masacran a personas. Personas reales, no hipotéticas, aunque no tan reales como los seres queridos de los tertulianos de mucho progreso, eso es verdad, y b) la radicalización de un votante islamista cada vez menos minoritario cuyo apoyo no será ignorado por aquellos que quieren implantar la ley islámica en nuestro continente.

3. “Es lo que quieren los terroristas”.  (El aumento de la islamofobia)

Esta frase ya es un sarcasmo. Los islamistas lo que quieren es la ley islámica en nuestro territorio. La -repito, hipotética, nunca materializada- islamofobia sería un obvio impedimento para la instauración del dogma mahometano, y esto no requiere mayor explicación. La frase recuerda claramente al dogma progresista/nacionalista -curioso equipo, vive Dios- de que toda resistencia al nacionalismo “es una máquina de fabricar nacionalistas”. Oiga, no. Si así fuera no protestarían ante la resistencia; callarían en lugar del recital de grititos y pataleos a los que nos tienen acostumbrados cada vez que alguien baila poca sardana. Frotándose las manos. Y los pies. Y ya digo, no. ¿En qué modo podría convenir a quien quiere la sharia en Europa el que Europa fuera islamófoba? Busque, intrépido lector, la respuesta en su interior. Pero ya le adelanto yo que en nada. Por lo que le pueda servir. Sin embargo, sí hay algo que siempre ha necesitado el islamista europeo para irse imponiendo poco a poco: las acusaciones de islamofobia al más mínimo “pero“.

-¿Pero no habíamos quedado en que la mujer es libre de hacer, vestir, salir y folgar lo que quiera, donde quiera y cuando quiera, como cualquier hombre?

¡ISLAMOFOBIA!

-¿Pero no habíamos quedado en que un estado laico no debe apoyar ninguna religión por ser algo privado y rancio?

-¡ISLAMOFOBIA!

-¿Pero no habíamos quedado en que violar niños y mujeres es un execrable crimen a perseguir, incluso en Estocolmo y Rotherham?

-¡ISLAMOFOBIA!

Y eso sí lo necesita el islamista europeo: las acusaciones de islamofobia ante cualquier preguntilla que tengamos al respecto. Que no es lo mismo que la islamofobia a secas. De hecho, es mucho peor, toda vez que si la islamofobia es real, muy inútil tiene que ser para no salir en unos periódicos que inventan y ocultan noticias a su antojo y conveniencia, mientras que la sola acusación de islamofobiamucho más efectiva– te puede aislar laboral y socialmente sin necesidad de demostración.

Conclusiones.

Llega el momento de atar cabos y analizar las tres frases juntas, el nuevo hit del dogma progre: Tenemos que resignarnos a los atentados islamistasel peligro está en el aumento de la islamofobia, que es lo que quieren los terroristas”. 

Si ante los atentados hay que resignarse y el verdadero peligro es la islamofobia, tenemos que concluir que no mata el terrorista sino quien rechaza sus principios, “que es lo que quiere el terrorista”. Dado que la islamofobia no asoma, uno diría que lo que el complicado dogma intenta decir es que el terrorista quiere ser rebatido, pero al no encontrar resistencia no tiene más remedio que matar. Absurdo, lo sé. Por otro lado, si a los atentados hay que resignarse, pero a la islamofobia no, entiendo que vas con el yihadista. Mal hecho, pero al menos eres claro. Sin embargo, la frase que lo embrolla todo es “que es lo que quiere el terrorista”. Esto nos hace sospechar que el dogma no está totalmente de acuerdo con el yihadista, aunque no sea tan malo como la islamofobia. ¿En qué quedamos, pues? La solución está en ese término tramposo, ya que no es la islamofobia lo que quiere el yihadista, sino LAS ACUSACIONES DE ISLAMOFOBIA, que no es lo mismo. De tal modo, y aplicando todo lo anterior, el dogma queda traducido así.

“Tenemos que entregarnos voluntariamente poniéndonos en las manos y voluntad del islamista. El peligro está en la resistencia que surgirá, pero nosotros los acusaremos de islamofobia, que es lo que quieren los terroristas”. 

Se entiende mucho mejor, ¿eh? Así las cosas, para el periodista europeo -y su jefe, el político- los muertos, el terror y las bombas son poco menos que fuego amigo.

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¿Y TÚ QUÉ ERES, NIÑO O NIÑA?¿ESTÁS SEGURO?

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La maduración es un proceso largo y tortuoso. Ser niño es un laberinto de preguntas e inseguridades. Son curiosos, los niños. Siempre hacen preguntas. Y no son tontos. Detectan cuándo te estás inventando la respuesta. Especialmente cuando a la misma pregunta le das respuestas distintas. Si el asunto es poco importante, tal vez se olvidará, pero si toca asuntos vitales, (¿Papá, tú y mamá estaréis casados siempre?) una respuesta múltiple o vaga le causará inseguridades, y puede que trastornos. Pero hoy no hablamos de niños que interrogan a los mayores, sino de lo contrario, de adultos que interrogan a los niños.

Hazle una pregunta al niño y buscará la respuesta inmediatamente. En su inexperiencia, a menudo no dará con ella, pero si la pregunta es especialmente interesante, no parará hasta dar con la respuesta. Probablemente la buscará en un mayor en quien confíe, porque las preguntas producen inseguridad, y las respuestas la conjuran. Por supuesto, esto también nos pasa a los adultos, pero una mente sin formar necesita una respuesta firme y autorizada. Sólo la inseguridad, y por tanto, la curiosidad, es poderosa en ellos. Dale a un niño un problema (da igual una pregunta que un abusón) e intentará resolverlo con sus herramientas. Primero tal vez el ingenio, pero si no puede, tarde o temprano recurrirá a la fuerza. Y si con la fuerza tampoco lo logra, tenemos un conflicto. De ahí que a los niños les atraiga Darth Vader. Porque tiene poder. ¿Qué haría un niño con su abusón, si tuviera el poder de Vader? ¿Razonaría con él buscando soluciones, visibilizando los puntos en común de ambos para lograr una confluencia sinérgica, proactiva e incluso holística?¿O lo estrangularía con un simple gesto de la mano?

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-¿Quién soy yo, Capitán Antilles?¿Vader o Leia? -¡Vader! -¿Seguro?¡Busca en tu interior! -¡Leia! -¿Me estás llamando mariquita? *crack!

 

Y por eso es tan astuto (de los motivos hablamos ya otro día) preguntar a un niño qué quieres ser, niño o niña, añadiendo que sólo él tiene el derecho de responder, más allá de la biología. Porque le habrás otorgado un poder que ni siquiera tienen sus mayores. Repregunta, tras la primera reacción. Que busque bien, pues la respuesta correcta no tiene por qué ser la obvia, y le habrás desarmado, sembrando en el niño una inseguridad que sólo se resolverá con grandes dosis de azar: la respuesta y/o el sexo real de sus amigos, la reacción del profesor, y una lista de etcéteras tan arbitrarias y casuales como una ruleta rusa cargada con balas de mil colores.
Por otro lado, y dejando de lado la certeza de que la respuesta sea inducida por el interesado en formular la pregunta, ¿dónde está la diversión de poseer el poder de Darth Vader si no vamos a usarlo? En la mente de un niño, la fuerza sólo merecerá la pena si lo usamos para cambiar la realidad, no para dejarla como está. Por eso sé que la inducción está en la propia pregunta. Astuto plan, ¿eh?

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Dar a elegir (animar a elegir) a un infante entre ser niño o niña es otorgarle un poder que no merece tener, no por castigo, sino para protegerle de tamaña responsabilidad. Ni siquiera el adulto elige su -mal llamada- opción sexual. Esa condición les será revelada naturalmente con los años a través de la biología, la experiencia y Telecinco en porcentajes que podríamos discutir durante siglos, mas nunca será una opción. Pero una vez sembrada la pregunta como opción, (¿Qué soy yo?¿Me gustan los niños o las niñas?) el niño no descansará hasta dar con la respuesta. Clara, rotunda, infalible. Una respuesta segura. ¿Y qué criterio tiene un niño?¿Cuántas estupideces comete por imitar a sus ídolos, a sus amigos o al primer idiota que pasa por la calle?¿Por qué exponerle a semejante riesgo?¿Qué posibilidades hay de que elija la opción correcta?

Ninguna. Siempre se preguntará si eligió bien tras una infancia insegura de preguntas sin respuesta, de certezas interiores estranguladas por producir unas grietas en la opción elegida que ni el adulto más bienintencionado pudo recomponer. Y esas grietas no se pueden estrangular, porque el poder que le otorgaron a ese niño no era real sino inducido. Jamás tuvo la más mínima opción. Quien le diga al niño que su respuesta siempre estará bien es un falso amigo, un abusón sutil, una amenaza fantasma, porque sabe que esa respuesta no es opcional. Quien formula esas preguntas sólo busca esclavos para su ejército.

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“A los niños hay que decirles la verdad”. Eva Hache.