PABLO IGLESIAS Y EL ARTÍCULO 277

Pau Iglesias

Me cuentan que tardó Iglesias en volver a las andadas de su discurso guerracivilista lo que se tardó en recontar el último voto. O eso, o tal vez Pasionaria y Largo Caballero, mencionados solemnemente en el discurso post-electoral del televisivo candidato, eran socialdemócratas de la escuela nórdica de Olof Palme y yo no me he enterado, que también puede ser.

Total, que Iglesias no esperó ni un minuto para mostrar sus cartas a una afición que adquiría una tonalidad morada, cansada tal vez de aguantar la respiración para ocultar sus verdaderas intenciones. Y así, con las papeletas aún calientes, desveló Iglesias su condición indispensable a Pedro Sánchez para permitirle investir a un presidente chavista: el butifarréndum.

Que me parece perfecto, ojo. Total, en su papel nacionalsocialista recién desechado por el PSOE, hace muy bien Iglesias en dar gusto a todo separatista que se precie de serlo. ¿Qué sería de la izquierda española si no fuera así? Queda por explicarme cómo encaja el “abajo las banderas, abajo las fronteras” con el separatismo, que no es otra cosa que la exaltación de las fronteras y de las banderas, pero no pidamos la luna.

Ni nos salgamos del tema. Que resulta que el referéndum separatista, (que Iglesias y otros poetas de gulag llaman “derecho a decidir”), ocupaba el artículo 277 del programa de Podemos. Y no me digan que no es llamativo que, cuando llega la hora de los pactos, el asunto 277 del programa sea al final la condición indispensable para que Podemos permita gobernar con ellos. Que no es el artículo 1, ni el 15, ni siquiera el 50. Es el 277. O sea, por debajo del artículo que se ocupa de la gestión de las papeleras urbanas. Y resulta que era el importante.

Cuentan que su querida Pasionaria (que gestionó la muerte de tantos católicos por el hecho de serlo) pidió confesión cuando se encontraba en su lecho de muerte. Sin atrevernos a aventurar en qué punto del programa de la comunista que tanto admira Iglesias figuraba la reconversión al catolicismo, cabe maravillarnos de cómo se ponen de relieve las prioridades de cada uno a la hora de la verdad.