CARTA A MARIANO RAJOY

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Caro Mariano:

Te escribo esta carta porque se me ha acabado la paciencia. Y porque me veo en la obligación de avisarte.  Verás, probablemente no soy tu votante medio, ni siquiera soy tu votante. Soy alguien que te votó porque no quedaba otra: había que desalojar a esa plaga que amenazaba con dejar arder España mirando desde Moncloa las columnas de humo con un enigmático brillo en los ojos.

Yo suponía, y como yo otros muchos, de los que te votaron y de los que no, que sin ser un gran presidente, harías un buen papel. No nos creímos tus promesas, claro, pero pensamos que tranquilizarías los ánimos, devolverías a la calle la normalidad que desde el misterioso atentado del 11M nos había sido vetada, apagarías la mecha separatista, recortarías el mastodóntico gasto público, y en definitiva, serías mejor que el anterior. Harías que nuestros problemas fueran los cotidianos, los que se merece un pueblo que salvo excepciones y sin mediar extraños atentados, apostó siempre por esa normalidad. ¿Pedimos demasiado? Tal vez, no lo sé. Pero normalidad es lo que prometiste cuando en tu discurso, la misma noche en que te hicimos presidente, prometiste que serías el presidente de todos. De los que te votaron y de los que no.

Y nos has fallado, Mariano. Has irritado a todos sin excepción, porque no has querido enfrentarte a nadie. Nos prometiste la luna y nos negaste la franqueza. Has rehuido la principal labor de un líder, la de explicar que para tener cosas hay que sacrificar cosas. Nos has tratado como a niños incapaces de entender nada. Sin intención de dar la cara, nos has tenido en vilo en mil desastres. Empeñado en que la economía es el indicador único, jugaste la partida a una única carta.

Pero la jugada ha salido regular, y mientras tanto, no sólo no has apagado ningún fuego, sino que han prendido nuevos focos. El último, el mejor de todos: tener a la cabeza de la intención de voto a un grupo bolivariano pagado por Venezuela y promocionado hasta la náusea por un canal de televisión que tú mismo rescataste de su quiebra natural. Tranquilo, ya se apagarán, te susurraban al oído. Y es verdad, los fuegos terminan por apagarse. Pero en el camino consumen. Y me da la impresión de que no te importa demasiado qué consuman mientras no te llegen las chispas. Por no quemarte tú, has dejado que ardamos los demás.

Y al final te están llegando las llamas. En Cataluña y el País Vasco habías claudicado, pero no contabas con que en Andalucía también ibas a conquistar la irrelevancia. Tú dices que sí, pero yo sé que no. Y como yo, todos. Muy pocos defensores te quedan en la calle, Mariano, porque no se puede defender lo indefendible. Tal vez pensabas que por alguna ley de la física, una mayoría absoluta te impide perder las siguientes elecciones. No sé quién te habrá metido eso en la cabeza, pero le pagas demasiado. ¿Qué será lo próximo? Muy feo lo tienes que ver en Madrid para recurrir a tu mayor terror, Esperanza Aguirre. ¿Qué te dolerá más, Mariano, perder Madrid o que Esperanza la gane para ti por goleada?¿Qué traición tienes preparada para ella una vez que te haya asegurado la Plaza Mayor para ti?¿Por qué eres tan férreo en Génova y tan liviano en Moncloa?

No hace falta que respondas, Mariano. Me sé todas tus respuestas.

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