LA TRAICIÓN SERENA

Tenía razón Herman Tertsh cuando tuiteaba anoche que el nacionalismo no sería ni la mitad de lo que es si no fuera por el apoyo incondicional de Prisa, y por tanto, de la progresía. Seguro que Tertsch estaba viendo el debate de Telecinco. Yo ví sólo un minuto, lo suficiente para disfrutar de la sonrisa psicodélica de Antón Losada al recibir un aplauso cuando usó el comodín facilón y demagógico del “derecho a una vivienda digna”. Y vi lo suficiente, también, para disfrutar del espectáculo del beato democrático Losada hablando acerca del impulso separatista de Artur Mas, diciendo que no hay que “tenerle miedo a la democracia”.

La falta de formación democrática del populacho le impide vislumbrar la trampa que supone anteponer la “voluntad democrática” a la ley. Ahí está la cuestión. Alguien nos ha hecho creer que la ley no es nada comparada con la “voluntad democrática”, y todo idiota con complejo de España (dolencia aún no codificada por la ciencia médica) comprará semejante enunciado sin darle ni el más mínimo hervor a la cuestión de ¿qué es la voluntad democrática?

Y es que no hay más voluntad democrática que la de respetar la ley y hacer respetar la ley, y la de cambiar la ley que ya no nos vale, pero entre todos, no entre unos pocos. El separatismo y sus aliados de Prisa y del PSOE pretenden saltarse eso de “cambiar la ley entre todos” y convertirlo en “cambiar la ley entre unos pocos”, cambiar la ley a medida de una minoría. Y nada hay menos democrático que cambiar la ley porque a una minoría no le conviene la voluntad de la mayoría.

Pongamos un ejemplo. Cataluña acoge al 16% de la población española, y según las encuestas más generosas, un 50% de ese 16% se declara separatista en mayor o menor grado. O sea que tenemos un 8% de separatistas catalanes en España. ¿Conocen ustedes el porcentaje de españoles que están de acuerdo con la pena de muerte, con cortarles los huevos a los violadores, o con derogar el límite de velocidad para circular por carretera? En todos los casos se supera ámpliamente ese 8%. ¿Le parecería a usted bien que esos grupos de opinión derogaran para ellos las leyes que prohíben llevar a cabo su voluntad y unilateralmente? No, porque supondría destruir la democracia, que no es más que la voluntad de la mayoría. Para poder ejecutar penas de muerte, tendríamos que votar todos si estamos a favor o en contra de la pena de muerte. Todos. Para suprimir el límite de velocidad tendríamos que votar todos. Y para ver si una comunidad autónoma se separa tendríamos que votar todos. Eso es democracia.

Cataluña nunca ha sido cautiva de España. Siempre ha sido España. Y nunca ha sido Cataluña sin ser España. De modo que si Cataluña dice que quiere separarse, el referéndum habría que hacerlo en toda España, con los votos de todos, no sólo de los catalanes. Y por lo demás, a malas, habría que ver qué porcentaje de catalanes estarían a favor de separarse de España, dejando de lado cuestiones europeas que sólo evidencian el grado de oportunismo de una sociedad envilecida por décadas de mentiras no combatidas por nadie y financiadas por esa España que tanto les roba.

Finalmente, me hace gracia la sonrisita del beato democrático Losada ante el riesgo de ruptura. A él le hace mucha gracia que España pueda romperse, porque cree mucho en la democracia, dice. Pero no es así. Yo creo firmemente en la democracia, y no se me pone ninguna sonrisa beatífica ante esta barbaridad que se nos vende como “voluntad democrática” y que no es sino golpismo y rencor. Si España entera votara a favor de que las regiones pueden separarse a voluntad usando referéndums unilaterales, no tendría más que aceptar democráticamente y seguir a lo mío. Pero lo que se me vende como “voluntad democrática” desde el pesebre de Losada no es democracia ni es nada más que eso, pesebre y desprecio por la democracia. Y sobre todo, ningún apego por la nación española, ningún apego por lo que nos une, sólo por lo que nos separa. La democracia de los que claman por la “igualdad” no es más que desigualdad normativa, desapego por sus semejantes y deseos de autofelación. Lo dicho, el complejo de España es una dolencia aún no tipificada por la ciencia médica. Pero lo que sí está bien tipificado por la ciencia, médica o no médica, es la actitud de los Antones Losada del paisaje. Y es que nadie encajaría una propuesta como la catalana por parte de su cónyuge con semejante serenidad, con semejante aceptación. Ante un “ahí te quedas, me voy a vivir con tu jefe, con él haré más dinero” nadie diría “bueno, vale, hasta luego, viva la libertad”. ¿Nadie? Bueno, sí. Un indolente. Un castrado. Uno que no ama su matrimonio. O peor, uno que no ama su matrimonio, pero quiere que sea el otro el que dé el primer paso, y lograr así su propósito sin mancharse los bajos.

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