MOONRISE KINGDOM de Wes Anderson

El cine de Wes Anderson admite bien pocas etiquetas, pues lo genuinamente insólito se resiste a instalarse en una zona concreta del cerebro. El universo ecléctico y personalista de este hacedor de mundos se baña en las aguas de lo contenido y también de lo hiperbólico, de lo tontorronamente cómico a lo desgarradoramente trágico, de lo luminoso a lo tenebroso, con la naturalidad del guión aparentemente aleatorio de un juego de niños. No es casual que la anterior película de Anderson, Fantastic Mr. Fox, esté rodada en stop-motion artesanal con muñecos de trapo. La proverbial ataraxia de los personajes de Wes Anderson (ya sean muñecos o actores, el efecto es el mismo) tiende a hacer que estos se comporten en pantalla como clics de famovil en manos del director, y sus películas parecen, cada vez más, juegos imaginados por un niño solitario de imaginación desbordante y algunos problemas para expresar emociones, de tal modo que no son los personajes los que han de transmitir dichas emociones, porque de eso se encarga la propia historia. Esa es una de las marcas de autor más arriesgadas y personalistas que existen, y sólo unos pocos de entre los mejores, como Kubrick, supieron salir airosos de tamaño desafío que Anderson domina con la tranquilidad y el distanciamiento con los que Mark Knopfler mira al público mientras interpreta sus solos más épicos. No resulta extraño que una película tan pequeña en su concepción haya congregado a un elenco de primeros espadas como lo son Bill Murray (ya habitual de Anderson), Edward Norton, Frances McDormand, Bruce Willis, y algunas otras apariciones memorables, cuando el autor ha demostrado ya que los resultados dramáticos están garantizados en sus películas en las cuales el desafío interpretativo es la deconstrucción, la reducción al mínimo de las emociones, pues la carga emocional la lleva la propia historia. Del mismo modo, la historia está deconstruida, reducida a su esencia. Y por derecho propio, la esencia de Moonrise Kingdom es de las que van en frasco pequeño.

Confieso que no soy un gran entusiasta de Wes Anderson. O al menos, no hasta que salí de ver Moonrise Kingdom. Y ni siquiera fue instantáneo. Al salir del cine me había quedado con un par de buenas paladas de momentos memorables, pero fue a medida que la película fue asentándose en mi cerebro cuando me di cuenta de lo que había visto: una obra iniciática de las de toda la vida, ejecutada con maestría a través de una óptica distinta, única, la óptica de un niño. En algún lugar entre Los Cuatrocientos Golpes, E.T., Cuenta Conmigo y El Guardián entre el Centeno, olvidamos que no siempre se ha de hablar de niños desde la óptica de los adultos. Y no hablo de puntos de vista. Hablo de ópticas.

Como en todo viaje iniciático, aquí hablamos del fin de la infancia. Almas gemelas por inadaptadas y opuestas por lo demás que se encuentran por casualidad, saltan chispas y el mundo desaparece a su alrededor momentáneamente, buscarán reproducir esa sensación creando un mundo que les resulte respirable, un reino de la salida de la luna. Suzy busca huir de su hogar. Por el contrario, Sam, motor de la escapada, lo que busca es precisamente un hogar. Y juntos encuentran aquello que les faltaba en sus respectivas vidas. El mundo de Suzy es una familia que no la entiende pero sí la quiere, aunque ella no lo sienta así. Normal, pues la madre expresa su amor por su marido pegándole, engañándole, pidiéndole perdón y volviendo a pegarle, por este orden. Y el padre expresa su amor por su mujer y su familia evadiendo su mente. Y es que nada sale de la nada. El mundo de Sam es el campamento de los Boy Scouts, el lugar que considera un hogar, pues vuelve ahí una y otra vez a medida que las familias le van rechazando. Pero a pesar de ser un buen Boy Scout, allí es un inadaptado también, como no podía ser de otro modo. Y es al conocer a Suzy cuando empieza a cobrar forma su escapada genial al estilo Shawshank, porque por primera vez en su vida, tiene un lugar al que huir: Suzy.

Por supuesto, nada es gratis. El precio a pagar es alto, y las pruebas a superar, múltiples. Los mundos de ambos se resisten al cambio, y pondrán todo de su parte para arruinar la gran evasión. En la cárcel sin muros, el vigilante es tu compañero de celda. Y como nada es gratis, la sangre cobra especial relevancia en sus apariciones ocasionales. En tal sentido, especialmente deslumbrante es la más bella e inocente metáfora sobre la pérdida de la virginidad que imaginarse pueda, con ese hilo de sangre corriendo por el cuello de Suzy. Haceos un favor, tenéis que ver esta película.

Y no solo las familias se rebelan a la felicidad de Sam y Suzy, sino que también lo hace la draconiana administración pública, antónima de la Libertad con mayúsculas en una historia que une en matrimonio a Sam y Suzy por el sagrado e inviolable rito de los Boy Scouts, a expensas del mundo real. Y encontrarán Sam y Suzy insospechados aliados y compañeros de viaje, como corresponde a una historia de estas características, desvelando al final quién tiene alma de Boy Scout y quién no. Incluso la propia naturaleza parece alinearse contra los protagonistas amenazando desde el principio con esa tempestad que en realidad, y como ocurre siempre con la climatología, no sabemos si fue para bien o para mal, pues tal vez estaba generada por esa tormenta interior que los personajes no saben expresar, y que terminará por desbordarse como una presa que se hace añicos antes de que los acontecimientos se precipiten en el grand finale.

Tragedia dulce, radiografía del amor, metáfora del fin de la infancia, metalingüística épica, Wes Anderson tiene el detalle de decirnos cómo traza sus historias gracias a la sinfonía narrada por el tocadiscos portátil de Suzy, añadiendo instrumentos y variaciones sobre un tema, siendo la acumulación de estos lo que confiere el poder a una obra magistral que se autodosifica sin prisas en un ritmo pausado que termina por crear una burbuja en la sala: fuera está el mundo real, endiabladamente rápido, discordante, estridente, carente de unidad. Dentro, el mundo de Wes Anderson, no es menos cruel, pero sí más respirable, y de lejos, mucho más vistoso gracias a la imaginería pop, al pincel sumergido en las tintas de lo naif, y a los incesantes juegos visuales y narrativos que propone su creador. Y no solo esta burbuja existe en comparación con el mundo real, sino también, lo que es mucho más asombroso, en contraposición al resto de la escena cinematográfica actual o de cualquier otro tiempo, comparada con la cual el cine de Wes Anderson no es menos insólito. Como su protagonista Sam, sospecho que Anderson necesita hacer películas porque las encuentra necesarias para respirar su propio oxigeno personal, para compartir con el público su manera de entender el cine y el mundo, y que de puro personal, nadie más podría hacerlo ni remotamente parecido. Una manera que, definitivamente, merece la pena ser contada.

Moonrise Kingdom es una obra bellísima.

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