HUELGA GENERAL (y II): ¡CONTAD, CONTAD, MALDITOS!

La huelga general ni siquiera coleó. Apenas dio que hablar, porque a mediodía quedó constatado el fracaso cuando la criatura MendezToxo declaró aquel precioso “no estamos para contar huelguistas”. Y tanto que no, MendezToxo. Y tanto que no estáis para contar huelguistas, porque si lo hiciérais, tendríais que dimitir, ¿eh? Si media España hubiera salido a las calles, sí que los habrían contado. Pero claro, como no hizo la huelga ni el tato, pues “no estamos para contar huelguistas”. Y lo mejor fue cuando los periodistas, ah, malandrines, insistieron dos y hasta tres veces en su petición de una cifra, siquiera aproximativa, del respaldo de la convocatoria, y MendezToxo, cuyos rostros de funeral contrastaban sobremanera con el “éxito” que cacareaban, aventuró un 80% que no se creyó nadie, y que levantó murmullos de cachondeo entre el patio de butacas. Como dijo Luis del Pino, a Don Fanucci se le ha visto el plumero. Y es que el plumero es el nulo poder de convocatoria de los sindicatos de clase alta UGT y CCOO.

Lo cual es una noticia triste, porque siempre es terrible que una nación en medio de una crisis galopante se quede sin sindicatos fuertes. El fanatismo, la corrupción y las decimonónicas maneras, modos y planteamientos de estos sindicatos del “me lo he llevao” los han dejado en el pasado más pasado. Y es que me da a mí que el fracaso sindical se debe a que sus líderes no han sabido hacerse a los nuevos tiempos. Atrás, muy atrás quedan los tiempos del discurso de clases. A día de hoy, ese discurso no cuela. Los empresarios no son enemigos del obrero. La riqueza sale de la colaboración entre unos y otros, y cualquiera que te diga lo contrario quiere lanzarte como arma arrojadiza, como carne de cañón, por intereses propios.

Ese es el caso de UGT y CCOO, sindicatos que se han quedado fuera de juego y ven peligrar su ingente volumen de ingresos. ¿Queda alguien que se crea que a estos sindicatos les importa una mierda el obrero? Durante tres largos años de legislatura Zapateril, no estaban para contar parados, ¿no? Toda la nación entera vio cómo crecía el paro, vio como el gobierno no hacía nada, y sobre todo, vio cómo los sindicatos UGT y CCOO no hacían nada, para no desgastar a su partido amigo, el PSOE. La huelga que les montaron fué una huelga por obligación, más enfocada a los gobiernos regionales del PP que al gobierno del PSOE. Y por supuesto, el leit motiv de la huelga no era otro que no hacer nada sustancial con las condiciones laborales. Era un sindicato contento con las condiciones laborales. ¿Eran perfectas? Ni mucho menos. Pero no le podían hacer la huelga a Zetapé, el presidente amigo.

Los sindicatos UGT y CCOO, que tienen en plantilla infinidad de trabajadores precarios trabajando para ellos, son sindicatos sobornados. Y por tanto, parciales, sectarios, celosos de mantener su estatus. O sea, todo lo que no debe ser nunca un sindicato. Esa es la clave del fracaso sindical en España: los sindicatos CCOO y UGT viven del dineral que les proporcionan los presupuestos generales. Por esa razón no han necesitado evolucionar a una sociedad distinta a aquella que se encontraron al principio de la transición. En lugar de eso, se han quedado en el discurso comunista de la lucha de clases y muerte al capital, y su labor social consiste en mantener en las calles ese discurso. No se han civilizado.

Los sindicatos deben vivir de las cuotas de sus afiliados. Eso es lo que les hace competentes. Y el fracaso de sus propuestas, además, constata una vez más el fracaso de sus ideas paleosocialistas, no sólo por las pocas ganas que generan en su público natural, sino sobre todo porque el estado actual de los sindicatos rojos hace evidente que la subvención blindada es letal para la eficacia. Ergo las sociedades socialistas caen en la inutilidad. Como si hiciera falta probar semejante cosa, ¿eh? Pues sí, aún hay muchos creyentes del dogma, y digo creyentes porque a día de hoy mantener ciertos postulados se debe más a la fe, o a una pervertida concepción del mercantilismo (UGT y CCOO, paradójicamente, venden comunismo) que al análisis o la mera observación.

Así que les niego la mayor, a Mendez y a Toxo, los siameses de lujo del baturrismo rojo: por supuesto que estáis para contar huelguistas. Los sindicatos de clase alta UGT y COO están en obligación moral de contar huelguistas porque han monopolizado el sindicalismo de estado, y no hay alternativas a corto plazo. De manera que o se civilizan, o el trabajador se queda sin su más que necesaria representación a corto plazo, como de hecho ya ha ocurrido. Y por mucho que amenacen ahora, como ha hecho Javier López, virrey del soviet supremo de CCOO en Madrid, con “negociar a base de contenedores quemados”, lo único que está quemado de verdad es el sindicalismo de izquierda radical, y el hecho de que no echen a patadas a semejante elemento es prueba suficiente de lo que estoy diciendo.

No pierdo de vista la importante presencia de manifestantes de última hora, que apuntalan mi tesis de que nadie ha seguido la huelga del puño con Rolex pero aún así hay mucho descontento. Con cinco millones de parados y unos sindicatos poco menos que guerracivilistas y bastante más que radicales, el hecho de que no haya ardido el país entero es síntoma de que UGT y CCOO están tan acabados como la Falange, y por parecidas razones.

O sea, que queremos sindicatos decentes, no estos mangutas de Rolex y crucero por el Báltico con camarero personal. Que nadie cuestiona el papel de los sindicatos, pero que con UGT y CCOO a la cabeza, pues casi mejor que no. El marxismo ha muerto. Los empresarios y los trabajadores no son enemigos, están obligados a entenderse, a colaborar, y en muchos casos son la misma cosa. Cándido, Toxo, dimitid y echad el cierre. Y contad, contad, malditos.

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