DIGNIDAD

La dignidad es uno de los valores más importantes con los que contamos para poder alcanzar algo parecido a la felicidad. Esto es así para las personas lo mismo que para los pueblos. Y es que, sin dignidad, no se puede vivir.

Sin embargo, la dignidad no es un derecho inalienable. La dignidad hay que ganársela. Si delegas tu dignidad en otros, ya la has perdido. Y al fin y al cabo, los derechos inalienables no significan nada en sí mismos. Como decía Heinlein en la novela magistral Starship Troopers: “¿Qué significa el derecho a la vida de un gato que se ahoga en medio del océano?”. No, los derechos sólo significan algo cuando nos los hemos ganado. Y aún cuando nos los hemos ganado, siguen sin significar nada, pues para no perderlos hay que seguir defendiéndolos, incluso con mayor fuerza.

Hoy España ha demostrado que, a pesar de Zapatero y del PSOE, no hemos perdido la dignidad ante los asesinos. Tras siete largos años de un gobierno cobarde, indigno, obcecado en aplicarnos su propia amoralidad, y que accedió al poder con trucos de feria y quién sabe qué más, hoy nuestra dignidad, que nunca se fue, pero que sí estaba siendo silenciada, ha vuelto a dejarse oir en el Parlamento. Hoy no ha hablado Rajoy, ni sus votantes por boca de Rajoy. Hoy ha hablado España entera (salvo cuatro gatos sin dignidad) por boca de Rajoy. La ausencia de aplausos de ayer tras la alocución de Amaiur, y la unánime respuesta del pueblo español (repito, salvo cuatro gatos sin dignidad) ante las palabras de Rajoy así me lo demuestran.

Cuando uno es agredido, la mejor respuesta es firme, templada y rotunda, mirando a los ojos. No hay que dejarse amilanar por las agresiones, ya sean físicas o verbales, de aquellos que nos quieren someter a sus dictados. Porque es así como se somete a las personas y a los pueblos: con agresiones continuadas, con acusaciones falsas y sistemáticas que no son más que autorretratos que se hacen ellos mismos, pero proyectándolos en el sometido. Con desprecio, con arrogancia, negándonos, ¡oh!, nuestra dignidad.

Si nos dejamos comer por aquellos que quieren someternos, si les dejamos hacer por miedo a que un sucio psicópata nos llame insolidarios, intolerantes, vampiros, fachas, cuando lo único que hacemos es vivir y dejar vivir, estaremos perdidos, y cuando nos hartemos de esa situación, será demasiado tarde, o peor aún, terminaremos por aceptar que así son las cosas: unos ponen las pistolas, y nosotros ponemos la nuca.

 No depositemos nunca nuestra dignidad en nadie: en ningún político, en ningún amigo, en ningún familiar. Nuestra dignidad es nuestra. Ni de nuestros padres, ni de nuestros hermanos, ni de nuestras madres, ni de nuestros amigos, vecinos, compañeros, tíos, primos, sobrinos, ahijados, conocidos ni demás. Mariano no nos ha devuelto nuestra dignidad, sólo ha sido su portavoz. Si depositamos en los políticos nuestra dignidad, habremos perdido otra batalla. Y al final, terminaremos como los pobres coreanos del norte, el pueblo más humillado, aplastado, patético, ignorante, deshumanizado, servil y necesitado, de la historia de la humanidad.

Nunca te diré “Gracias, Mariano”, porque no te debo nada. Pero hoy mereces que te diga: ¡MARIANO, BUEN TRABAJO!

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