OKUPAS

Lunes 5 de diciembre de 2011. 11:00h. Un servidor pasa por la Corredera Baja esquina con Pez, y repara en un inmueble de tres pisos abanderado hasta la azotea con mantas desgarradas que amenizan el paisaje urbano, a la vez que lo afean, con rotulaciones de trazo grueso en las que se pueden ver símbolos de anarquía, puños cerrados, flores y toda la pesca. Un individuo vestido de punki hasta las cejas se fuma un porro del tamaño de su cabeza acodado en la barandilla del segundo piso y luciendo porte de héroe. Me detengo un momento a admirar la escena mientras saco un cigarrillo y lo enciendo. El tipo me mira, y cambia su actitud heróica de Che Guevara mirando arder Bahía Cochinos por una actitud visiblemente arrogante. En mi hieratismo, no sabe si le desapruebo o si en mi fuero interno me gustaría vivir en una piojera, como hace él. Pero ante la duda, pone cara de skinhead. Me quedo por allí, esperando a alguien. Cuando vuelvo a mirar arriba, más que nada para comprobar que no me cae accidentalmente un tiesto de marihuana en la cabeza, el tipo no está, pero de su ventana salen periódicamente cirros azules. Entonces llega un inconfundible contador de la luz, con su maquinita de contar la luz y su carpetita de apuntar direcciones. Mira un momento la vestimenta de la fachada, pero su dedo se dirige indefectible a un botón cualquiera del portero automático. Después de unos momentos de desconcierto, asoma por la ventana del primer piso una mujer con un peinado abertzale que echaría para atrás al mismísimo Arnaldo Otegui, y pregunta levantando el mentón, agriado el rictus y quebrada la aguda y hostil voz: “¡¿Qué?!”

El tipo responde desde abajo: “¡El contador!”. La tipa vuelve a preguntar: “¿!Qué!?” Y el tipo vuelve a responder: “¡El contador!”

La tipa se mete de nuevo. Una vez que nuestro héroe del canuto se ha cerciorado de que quien llama no es Marion Cobretti sino un inofensivo currante sudamericano, vuelve a acodarse en su balcón, porro en boca y mirando al tipo de abajo con la sonrisa y la gestualidad de quien estuviera disfrutando de las divertidas piruetas del bombero torero. Le da con el codo a otro que se asoma junto a él vestido de leñador canadiense. Ambos musitan algo entre dientes y se ríen mirando al currante, que se empieza a pensar, probablemente, que en ese “espacio de libertad” no le van a tomar muy en serio.

Irrumpe distorsionada por el altavoz del portero automático la voz de la tipa, con muchos más decibelios que antes y arrogancia redoblada, revestida de una poco sutil pátina de choteo que a un servidor le parece muy poco solidario: “¡Que aquí no hay contador!”. Lo dice, además, como si fuera una obviedad que no hiciera falta ni siquiera explicar. ¿Cómo va a haber contador en un “espacio de libertad”?¿Qué pasa, que no te enteras, quechua de los cojones?, vendría a completar el tonito de la okupa, rico en matices, como podéis comprobar.Acto seguido, la tipa cuelga sonoramente. ¡Crack!

El tipo espera unos segundos a ver si se apiadan de él. Sólo tiene un contador y un casillero. Aunque él parece buscarlo concienzudamente en su carpetilla, duda seriamente de que en su casillero haya crucecita para el supuesto “Los ocupantes del inmueble alegan que aquí no hay contador”. Ante el desconcierto del tipo, que vuelve a mirar arriba, empuja el portón y comprueba que está cerrado, a diferencia de todas las ventanas del “espacio de libertad”, a través de las cuales el aire corre libre, probablemente para ventilar el inconfundible aroma libertario de calcetín agusanado.

El tipo entiende al fin que allí no hay nada que hacer. La pareja humeante del segundo piso, a estas alturas se está descojonando de él abiertamente y en tecnicolor, que diría James Ellroy, pero el currante devuelve una sonrisa humilde y resignada. Probablemente ha comprendido ya que con estos tipos es mejor ser simpático. Mientras el contador se aleja, probablemente se pregunta qué encontrarán tan divertido esos señores tan raros al cachondearse de un inmigrante sudamericano que al verse sin trabajo allá en su tierra decidió atravesar el océano Atlántico para buscarse la vida en vez de robar un “espacio de libertad” y dedicarse a reirse de otros más valientes que él. Termino el cigarro mirando la fachada una última vez. El rebelde sin ducha me mira, claramente divertido, pero al ver que no devuelvo ni un milímetro de sonrisa, agria el gesto, rebusca sonoramente desde el mismísimo fondo de su garganta, regurgita un gapo del tamaño de Guetaria, y sin dejar de sostenerme la mirada, deja caer el pollo en vertical, que impacta sobre la acera que queda directamente ante el portón de el “espacio de libertad” emitiendo un sonoro “¡kik!” en el silencio de la mañana. Cuando vuelvo a mirar una última vez, el tipo ha desaparecido, y la fachada vuelve a parecer un paisaje apocalíptico digno de esas pelis italianas cutres de guerras de bandas en plan Los Guerreros del Bronx.

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