CITIZEN RUB

Creo que voy a votar a Rubalcaba. Sí, porque como se ha hecho fotografiar en su coche particular, debe de ser un político honrado que no lleva décadas tirando de coche oficial. Rub es un hombre cualquiera, un ciudadano anónimo, ¿no creen? Qué soltura, además, usando el parquímetro, como cualquier hijo de vecino. No se notaba apenas que era la primera vez que se enfrentaba al armatoste que te da los buenos días lamiéndote el cambio y a cambio te saca la lengua, una lengua de papel que caduca en una hora, y que tan buenas migas hace con la plebe, perdón, masa proletaria.

¿Y qué me dicen del coche particular de Ciudadano Rub? ¡Un Skoda rojo! No podía ser un seat panda amarillo, un mercedes negro, un dodge verde, un Audi metalizado. No. Un Skoda rojo. Definitivamente, si Stalin levantara cabeza, reconocería a los suyos de inmediato. Después los purgaría, pero bueno, nadie es perfecto. Y además, no seamos negativos. Al fin y al cabo, qué gran gesto el de Rub, que podría interpretarse malignamente como el penúltimo patético intento de presentarse como alguien familiar, cuando en realidad Rub es tu amigo, es tu vecino amable, es ese señor que hace la cola del pan como todo el mundo. No, no sea malpensado, malicioso e intrépido lector, no se me vaya por la línea de pensamiento que se pregunta a quién va a engañar a estas alturas el único multiministro que puede permitirse el lujo de hacer un posado veraniego pagando aparcamiento sin temor a que le reviente la máquina en los hocicos en esta España de etarras y de indignETAs.

Por otro lado, y dejando aparte el bonito e inteligentísimo capítulo de Rubalcaba y el Parquímetro (Pantaleón y las visitadoras versión profesor Bacterio), y vayamos a otras cuestiones que afirman también la naturalidad, la normalidad del ciudadano Rub, como por ejemplo, el hecho de que reafirme su liderazgo proclamándolo a los cuatro vientos, como si no fuera suficiente con el clamor de sus bases, que, lejos de andar por las esquinas con las cabezas gachas por la vergüenza de haber llevado a España a la ruina sostenible, de no votar a su líder después de décadas enarbolando el dedazo como la principal crítica al PP, y de tener prohibido criticar al líder (pero claro, ¿quién querría criticar al malabarista del parquímetro?), campan por el centro de la Gran Vía rompiéndose la camisa para proclamar su adoración eterna al tío más estupendo a este lado del Volga. Qué cicatero González-Pons, “¿qué clase de líder tiene que ir proclamando su liderazgo a los cuatro vientos?”, dice. Qué criticona. Debe de estar rabioso porque nunca se le había ocurrido una maniobra alejandromagnina como la del parquímetro, y ya se sabe, España es un país de envidiosos. Total, qué tiene de especial, en esta España en la que manda el más tonto, que el líder tenga que reafirmarlo gritando a los cuatro vientos “soy el amo, soy el amo”, para empezar a creérselo él mismo, como los niños que se tocan el pito para comprobar que sigue ahí, y que no se lo han expropiado por ser una herramienta de la imposición judeocristiana para dominar a la mujer. Eso es Rubalcaba, ni siquiera un ciudadano normal, ni siquiera un Pérez de quinto izquierda, ni siquiera un son of neighbour, no: es un niño, inocente y limpio, con esa carita de bueno que ponen los hijos de puta cuando les pillan en una hijoputada, devaluando la genuina carita de bueno de los Rubalcabas de la vida, esos infantes aún no tocados por las maldades del mundo, esos defensores de la alegría, del payasito pasacalles de Arrasate que hace asombrosos juegos malabares con pelotitas de colores porque ha estado practicando toda la vida con granadas de mano. Un niñito desvalido, el ciudadano Rub, que sin duda despertará los sentimientos maternales de toda votante de principios. Sólo le falta anunciar Nenuco, al amigo.

Pero no crean que el buen Rubalcaba se queda ahí, en esa candidez que salta a la vista y me humedece el lacrimal de pura evocación infantil cada vez que una cámara le pone el ojo encima, no. El diestro del parquímetro, como le llaman ya en las plazas más prestigiosas, también nos sabe defender de nuestros más bajos instintos. Porque lo mismo que él es un niño bueno, sabe que España es una nación de niños malos, egoístas, que quieren ganar el dinero que los niñitos del áfrica deberían tener por su cara bonita, una nación de niños malos que quieren trabajar, los malditos capitalistas, en vez de buscar acomodo en algún plan de mamá Estado y alguna de sus múltiples tetas. Una nación de niños malos que no se pliegan a los postulados de la ETA güena, de niños malos que no aseguran el voto al PSOE, esa máquina expendedora de felicidad y de alegría. Por eso, el ciudadano Rub gestiona una maquinaria policial dedicada al 180% a hurgar en la intimidad de los famosos que no ocultan su querencia por el PP, a la vez que, con la otra mano, impide a jueces y policías hacer su trabajo malvado y ultraderechista de perseguir y castigar criminales, como si en España no hubiera libertad, y maestros, jueces, policías y bomberos aún se creyeran que son autoridades en algo, cuando aquí ya no hay más autoridad que la que dicta la apetencia del más tonto. Y de esa España, el sustrato final no ha terminado por ser Willy Toledo, Karma Chacó, Wyoming, Willy Meyer, Teddy Bautista ni Miki Nadal, sino el bueno de Rubalcaba. O sea, que yo le voto, vamos.

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