15-M RÉQUIEM POR DOS RATAS

Si el movimiento 15-Mataos tiene alguna finalidad concreta, es la de distorsionar los resultados electorales. Pero eso es la visión ámplia, la “big picture”, que dicen los angloparlantes. En pequeñito, a pie de calle, a título personal, el 15-M sirve para que los aburridos tengan su aventurita, su parque temático de Mayo del 68, su revolución que nunca fue. Lo que les congrega a todos ellos es, evidentemente, que la derecha va a gobernar. Y lo que han dejado claro es que no piesan respetar a un pueblo que da sus votos al PP. Son pocos ahora. Pronto serán menos, porque estarán todos ellos buscando un trabajo. Pero se reunirán en fechas señaladas para airear sus banderas tricolores. No importa. Han llegado a formar parte del paisaje, se han prodigado demasiado, han terminado por aburrir. No son relevantes. ¿Qué se puede esperar de una indignación que se va de vacaciones como todo hijo de vecino? Hoy, nada, unos pocos cientos de pares de chancletas han protestado porque la policía les ha expulsado de Sol. Ahora van como el Éxodus, buscando un puerto que les acoja. Pero los ciudadanos no están por la labor. Que se vayan a otro lado. Nadie les quiere cerca. Y no me extraña, la verdad.Pulgas, ratas amaestradas, meados por las esquinas, comercios arruinados, suciedad visual en forma de basura ideológica pintarrajeada en harapos que ilustran a la perfección la estructura mental de estos perroflautas: harapos.

Quiero hacer una parada en esos harapos. ¿Son harapientos los del 15-M? No. Quieren parecerlo, pero no lo son. Quieren jugar a indigentes, pero son clase media. ¿Por qué se rodean de harapos? Para simbolizar una miseria que no sufren. Para simular que no tienen nada, cuando sí lo tienen. ¿Por qué simulan que no tienen? Respuesta sencilla: para justificarse ante sí mismos por no dar lo que no están dispuestos a dar. Todos estos harapientos de fin de semana piden más impuestos, porque hay que redistribuir la riqueza entre los pobres del tercer mundo, los subvencionados del sistema, que siempre piden más. Pero, ¿y ellos? Reparten sus excedentes entre los pobres? Noooooo padre. Y claro, puesto que no dan nada, pero claman que hay que dar más a los necesitados, eso les crea un complejo. Complejo de capitalistas. Muy bien fundado, por cierto, porque son capitalistas aunque desaprueban profundamente su way of life. Como resultado, ¿se plantean dar a los pobres su excedentes? Noooooo padre. Con esos beneficios, se compran una plasmita para ver a Buenafuente. (Y para ver el Sálvame, aunque no lo digan, y conste que no tengo nada en contra del programa, por lo menos no tanto como en contra de los hipócritas que abominan de él pero en realidad lo ven como todo hijo de vecino). No, como resultado, lo que hacen es exigirnos a los demás que empecemos a dar lo nuestro (vía impuestos) y ya entonces ellos, más tranquilos por no estar haciendo el tonto, darán lo suyo mucho más a gusto que nadie, porque entonces todos estaremos haciendo lo que a ellos les gustaría.

Y que nadie me venga con eso de que sólo exigen más impuestos a “la banca”. Aparte de que no es verdad, exigir más impuestos a “la banca” es exigirnoslos a nosotros, porque “la banca” está hecha con nuestro dinero, y si “la banca” da más a los políticos, ese dinero va a salir de nuestros beneficios por prestarle a “la banca” nuestro dinero.

En total, que el movimiento 15-M está formado por acomplejados que abominan de su forma de vida, pero sólo se lo reprochan a los demás, y ellos lo único que están dispuestos a dar a cambio es un fin de semana jugando al mugriento y meneando las manitas imaginando que en esas asambleas se está decidiendo algo más que la pobreza mental de sus componentes. Creyéndose que son “el pueblo”, cuando en realidad no son más que15 mataos jugando al jipi.

Por lo demás, no sólo no son “el pueblo”, sino que desprecian al pueblo, desprecian nuestra cultura, nuestro idioma, nuestros bienes públicos y nuestro derecho a conservarlos. Sin ir más lejos, habían llegado a creer que la Puerta del Sol les pertenecía, y hoy Facebook ha amanecido moteada por las rabietas más o menos inocentes de aquellos que habían depositado en esa mugrienta acampada sus delirios de trascendencia, unos delirios muy justificados por la castración espiritual que supone el ateísmo poco madurado, un ateísmo de pegatina anti-Papa, y que provoca en los acampados tal sensación de pequeñez ante el universo y ante su propio pueblo que sólo pueden intentar aliviarla sintiendo que tienen más derechos que los demás porque sus opiniones son más importantes que las de los demás.

Pataleos de mal perdedor, sin duda. Sólo así se entiende que se le reproche a la policía ir mejor equipada para el desalojo que los acampados, cuando (y esto sí es de cajón) a un cuerpo de policía eficaz se le presupone que tiene que ir mejor equipada que sus adversarios. Aunque sólo sea para que no pase como en Oslo, que los policías iban equipados con aturdidores de la señorita Pepis cuando su adversario llevaba unos metralletos más propios del Call of Duty Armed Assault que de un asesino de masas al uso. Pero vaya, que tampoco hay que irse a los extremos. La policía tiene que ir bien equipada. Punto. Según deduzco de la reacción de los indignados ante el (desmesurado) dispositivo policial, las fuerzas de seguridad deben presentarse a un conflicto en igualdad de condiciones, ¿no? Claro, eso sería el colofón final, el clímax perfecto para un fin de semana lleno de emociones, de mugre y de indigencia de bolsillo: darles una curra de campeonato a los policías. Eso calmaría por unos días la frustración que debe de producir el desear que alguien dé de beber al sediento, dé de comer al hambriento, pero tener muy claro que uno no tiene la menor intención de ser ese alguien.

Pero sólo la calmaría por unos días. Al final, siempre se quiere más y más, y no bastaría con pegar a los policías: la siguiente vez querrían matar a uno. “¿Qué diríais si Bildu os mostrara su apoyo?”, preguntó un periodista a un portavoz del “movimiento”. Y el portavoz respondió: “Sería un honor”. Horas antes, se había presentado a la acampada un despistado con una bandera de España, y tuvo que salir corriendo ante el riesgo de linchamiento liderado por unos redskins (skinheads rojos) y por muchos de los presentes. Así que no, mejor que los skinheads sigan haciendo de skinheads, los perroflautas sigan haciendo de perroflautas, y los policías, de policías. No queremos escaladas terroristas en Madrid. Creo que con la república ya tuvimos suficiente de eso, aunque ya se sabe que la estupidez del ser humano tiene menos límites aún que su maldad, como prueba el comportamiento de los acampados.

Pero claro, al final las cosas caen por su propio peso, y los 15-Mataos, en agosto, no son más que quince. En esta vida hay que dosificarse. Del mismo modo que las películas que ponen mucho por la tele terminan siendo devaluadas por el público, el movimiento 15-Mataos ha terminado por devaluarse. Habrían ganado mucha fuerza propagandística copando plazas en jornadas electorales y fechas importantes, pero se han devaluado haciendo el indio por las fuentes de Madrid, y ahora, cuando lleguen las próximas elecciones, su presencia, por numerosa que sea, será testimonial, porque nunca podrán vencer con su “no les votes” a la soberanía popular de un pueblo que quiere quitarse de enmedio a los papás morales del propio “movimiento” y poner en su lugar al PP de Rajoy, que si bien no promete gran cosa, de seguro no estará compuesto por completos inútiles que sólo tienen talento como flautistas de Hamelin, embaucando a niños mentales y a ratas.

Por cierto, que parece ser que en las labores de desescombro (físico, no moral) han muerto trágicamente dos ratas amaestradas, como denunciaba una indignada indignada. Creo que no podré sobrellevar los sentimientos de culpa que tal tragedia me provoca, ni siquiera con la satisfacción que me ha producido que al fin se haga algo útil con mis impuestos, como por ejemplo, desratizar la Puerta del Sol. La soberanía popular ha hablado. La de verdad, no la de pacotilla.

Anuncios

CITIZEN RUB

Creo que voy a votar a Rubalcaba. Sí, porque como se ha hecho fotografiar en su coche particular, debe de ser un político honrado que no lleva décadas tirando de coche oficial. Rub es un hombre cualquiera, un ciudadano anónimo, ¿no creen? Qué soltura, además, usando el parquímetro, como cualquier hijo de vecino. No se notaba apenas que era la primera vez que se enfrentaba al armatoste que te da los buenos días lamiéndote el cambio y a cambio te saca la lengua, una lengua de papel que caduca en una hora, y que tan buenas migas hace con la plebe, perdón, masa proletaria.

¿Y qué me dicen del coche particular de Ciudadano Rub? ¡Un Skoda rojo! No podía ser un seat panda amarillo, un mercedes negro, un dodge verde, un Audi metalizado. No. Un Skoda rojo. Definitivamente, si Stalin levantara cabeza, reconocería a los suyos de inmediato. Después los purgaría, pero bueno, nadie es perfecto. Y además, no seamos negativos. Al fin y al cabo, qué gran gesto el de Rub, que podría interpretarse malignamente como el penúltimo patético intento de presentarse como alguien familiar, cuando en realidad Rub es tu amigo, es tu vecino amable, es ese señor que hace la cola del pan como todo el mundo. No, no sea malpensado, malicioso e intrépido lector, no se me vaya por la línea de pensamiento que se pregunta a quién va a engañar a estas alturas el único multiministro que puede permitirse el lujo de hacer un posado veraniego pagando aparcamiento sin temor a que le reviente la máquina en los hocicos en esta España de etarras y de indignETAs.

Por otro lado, y dejando aparte el bonito e inteligentísimo capítulo de Rubalcaba y el Parquímetro (Pantaleón y las visitadoras versión profesor Bacterio), y vayamos a otras cuestiones que afirman también la naturalidad, la normalidad del ciudadano Rub, como por ejemplo, el hecho de que reafirme su liderazgo proclamándolo a los cuatro vientos, como si no fuera suficiente con el clamor de sus bases, que, lejos de andar por las esquinas con las cabezas gachas por la vergüenza de haber llevado a España a la ruina sostenible, de no votar a su líder después de décadas enarbolando el dedazo como la principal crítica al PP, y de tener prohibido criticar al líder (pero claro, ¿quién querría criticar al malabarista del parquímetro?), campan por el centro de la Gran Vía rompiéndose la camisa para proclamar su adoración eterna al tío más estupendo a este lado del Volga. Qué cicatero González-Pons, “¿qué clase de líder tiene que ir proclamando su liderazgo a los cuatro vientos?”, dice. Qué criticona. Debe de estar rabioso porque nunca se le había ocurrido una maniobra alejandromagnina como la del parquímetro, y ya se sabe, España es un país de envidiosos. Total, qué tiene de especial, en esta España en la que manda el más tonto, que el líder tenga que reafirmarlo gritando a los cuatro vientos “soy el amo, soy el amo”, para empezar a creérselo él mismo, como los niños que se tocan el pito para comprobar que sigue ahí, y que no se lo han expropiado por ser una herramienta de la imposición judeocristiana para dominar a la mujer. Eso es Rubalcaba, ni siquiera un ciudadano normal, ni siquiera un Pérez de quinto izquierda, ni siquiera un son of neighbour, no: es un niño, inocente y limpio, con esa carita de bueno que ponen los hijos de puta cuando les pillan en una hijoputada, devaluando la genuina carita de bueno de los Rubalcabas de la vida, esos infantes aún no tocados por las maldades del mundo, esos defensores de la alegría, del payasito pasacalles de Arrasate que hace asombrosos juegos malabares con pelotitas de colores porque ha estado practicando toda la vida con granadas de mano. Un niñito desvalido, el ciudadano Rub, que sin duda despertará los sentimientos maternales de toda votante de principios. Sólo le falta anunciar Nenuco, al amigo.

Pero no crean que el buen Rubalcaba se queda ahí, en esa candidez que salta a la vista y me humedece el lacrimal de pura evocación infantil cada vez que una cámara le pone el ojo encima, no. El diestro del parquímetro, como le llaman ya en las plazas más prestigiosas, también nos sabe defender de nuestros más bajos instintos. Porque lo mismo que él es un niño bueno, sabe que España es una nación de niños malos, egoístas, que quieren ganar el dinero que los niñitos del áfrica deberían tener por su cara bonita, una nación de niños malos que quieren trabajar, los malditos capitalistas, en vez de buscar acomodo en algún plan de mamá Estado y alguna de sus múltiples tetas. Una nación de niños malos que no se pliegan a los postulados de la ETA güena, de niños malos que no aseguran el voto al PSOE, esa máquina expendedora de felicidad y de alegría. Por eso, el ciudadano Rub gestiona una maquinaria policial dedicada al 180% a hurgar en la intimidad de los famosos que no ocultan su querencia por el PP, a la vez que, con la otra mano, impide a jueces y policías hacer su trabajo malvado y ultraderechista de perseguir y castigar criminales, como si en España no hubiera libertad, y maestros, jueces, policías y bomberos aún se creyeran que son autoridades en algo, cuando aquí ya no hay más autoridad que la que dicta la apetencia del más tonto. Y de esa España, el sustrato final no ha terminado por ser Willy Toledo, Karma Chacó, Wyoming, Willy Meyer, Teddy Bautista ni Miki Nadal, sino el bueno de Rubalcaba. O sea, que yo le voto, vamos.