LA JUNGLA DE CRISTAL

El plan era casi perfecto: Unos terroristas comunistas, procedentes de la Alemania del este, toman una gran empresa de Los Angeles, un edificio inteligente en el que todos sus ocupantes figuran en el directorio, lo que facilita el control sobre ellos imposibilitando fugas o testigos, y amenazan con matar (“ejecutar”) a los rehenes si la administración se niega a llevar a cabo sus exigencias. Pero todo plan tiene una falla, y en este caso, la falla es que nadie contaba con que el poli más duro de Nueva York ha venido a pasar las navidades con sus hijos, pasando antes a saludar a su ex-mujer al trabajo, y que anda suelto por el edificio sin que su nombre figure en ningún directorio, porque para entrar ha usado su placa y una frase lapidaria, y nadie salvo ella sabe que sigue ahí cuando los terroristas toman el Nakatomi Plaza. A medida que va pasando la noche, McLaine va deshaciéndose uno por uno de todos los terroristas. En línea directa con el jefe de los terroristas a través de walkie talkies, McLaine va frustrando sus aviesos planes, mientras que la policía le insta desde el momento en que se enteran de su existencia a que se quite de en medio, que no “cause más problemas”. En un momento dado, McLaine se entera de que los terroristas sólo están usando sus exigencias políticas como señuelos de distracción, porque lo que de verdad buscan son los miles de millones en bonos negociables que duermen en la caja fuerte del último piso. No eran políticos, sino simples chorizos. Comunistas, sí, pero venían a por el dinero. ¿A qué si no, tras organizar una operación tan costosa? Al final, un maltrecho John McLaine, tras dejar secos uno tras otro a todos los criminales, sólo le faltan dos: un esbirro, y el jefe, Hans Gruber, un tipo inteligente, un pragmático que ha llevado la operación con elegantes formas e infames métodos. La escena es memorable. Gruber, en medio de un edificio destrozado, agarra a la mujer de McLaine y amenaza con matarla si este no se entrega. Surge John en medio del caos de cristales, chispas y humo, con las manos en la nuca. Lo que el malo no ve es que McLaine se ha pegado su beretta en la espalda con cinta adhesiva, y espera el momento preciso, encañonado por el esbirro, y con su propia esposa encañonada por Gruber. Y por fin, cuando Holly se da cuenta de la señal de su marido, se agacha. John dispara a Hans, esquiva el disparo del esbirro, dispara sobre él y sopla el humo de la pistola. La bravuconada de John da tiempo a reaccionar a un herido Gruber, que a punto de caer por la ventana que tiene detrás, arrastra a Holly en su caída. John sujeta a su mujer en el último momento. Gruber está colgando en el vacío, agarrado solamente por el reloj de pulsera de ella. Está claro que va a morir, el edificio está rodeado de policías, los bonos negociables llueven ardiendo en el cielo de Los Angeles, y la operación se ha ido al traste. Es imposible ganar. Sin embargo, Gruber, con la mano libre, y en cámara lenta, saca una pistola del cinto, dispuesto a matarla. Es un acto de maldad pura, pues matarla le precipitará al vacío. Pero es la única forma de que McLaine pierda la partida, aunque Gruber no la pueda ganar. Indignado, seguro de su derrota, prefiere romper la baraja antes que perder con deportividad. Hans, el comunista que iba de político pero sólo era un ladrón, colgando de un reloj que no aguanta su peso, quiere matar a la mujer de su enemigo aunque eso le suponga la muerte, incapaz de reconocer que su plan no era perfecto, y que lo único que podía ir mal, o sea, que un solo ocupante del edificio no le tuviera miedo, fue mal.

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