#GUARRACRACIAREALYA

La piojera de Sol ya ha superado su condición de perroflautas: a los perros ya se los han comido. Sólo quedan las flautas, pero están en paradero desconocido: se las roban unos a otros. Por lo demás, la sociedad libre que se está creando en Sol está llegando a su punto álgido: todo está prohibido, o en su defecto, es obligatorio. Proliferan los carteles en los que se conmina al rastafariado a no interrumpirse en las discusiones (sic), señal inequívoca de que los nervios empiezan a estar a flor de piel. Las pertenencias (propiedad privada, esa reminiscencia de las sociedades capitalistas a la que se aferran estos revolucionarios del palomino) se vigilan celosamente, y no faltan las acusaciones mutuas de sustracciones diversas. Por si fuera poco, se ha creado una “policía”, la asamblea del respeto. Pero todo se queda corto si lo comparamos con el ideario que cuelga frente a la jaima de la “asamblea de los feminismos”. La foto es cortesía de Libertad Digital, porque a mí se me han acabado las mascarillas que repartieron cuando lo de la gripe A, y sin ellas, no me pienso acercar por allí, porque albergo serias sospechas de que la epidemia de e-coli ha salido del huerto ecológico, que debe de tener más virus que la mona de Estallido.

O sea, éramos pocos y parió la abuela. Para estas hipersensibles feminazis con dientes de sierra, violencia es todo. Comentemos el rótulo. Para empezar, será mejor que dejemos de lado la ejecución formal del mismo, ¿verdad? Vayamos al contenido, que es lo importante, empezando por las perogrulladas. ¿Se hacen idea de qué clase de paisanaje que debe de rondar por ese crisol de las libertades, para tener que poner en un cartel que la agresión física es violencia? De las fabelas de Río me río. Más me llama la atención el hecho de que, según el ideario, las desautorizaciones (a mujeres, se entiende) son violencia. Y digo yo que dependerá del contexto, ¿no? Vamos a ver, señoras, seamos serias: si un individuo me quiere explicar cómo llevar mis asuntos privados, y no me da la gana de acatarlo, tendré que desautorizarle, por poco que le guste. A no ser que me aporte una buena idea, claro, pero también es mi prerrogativa escucharle, o bien echar en saco roto sus sugerencias, órdenes o directrices. Según este rótulo, sin embargo, si el aporte lo hace una individua, y la desautorizo, estoy ejerciendo violencia machista, ¿verdad? O sea, que hay que acatar lo que una panda de feminazis dientes de sierra tenga a bien sugerir, ordenar o dictar, so pena de ser un agresor sexual, vaya. Ah, no, me apunta aquí una rata de alcantarilla que ha sido delegada en asamblea como comisaria política en La Ciudad en Llamas, que la desautorización sólo es violencia de género si se debe al hecho de ser mujer. O sea.

Con todas las tropelías que contiene tan exíguo mandamentario, la que hace saltar todas las alarmas de totalitarisma rampante (totalitarisma, sí, no es ninguna errata) es la que dice que los comentarios, gestos y hasta las miradas, son constitutivos de violencia sexual en su variante “intimidación”. Lo que más me llama la atención es que se les haya olvidado añadir el pensamiento como forma de intimidación sexual. Y me parece genial, oiga. Que se expresen, digo, por ellas que no quede, no sea que toda esa agresividad que suda su ideario se quede sin canalizar, y luego salga, en mitad de según qué acto sexual, autorizado o no en asamblea presencial, y por supuesto a mano alzada, dando uso a esos dientes de sierra contra salva sea según qué parte de la anatomía masculina. Mejor que lo expresen, vaya, que saldrá más a cuenta y la humanidad lo agradecerá, estoy seguro. Lo que me llama la atención es que después critiquen a la Santa Inquisición, pero bueno, allá cada uno. Vive y deja vivir, dicen.

Por lo demás, ya me extraña que esas acémilas despierten las miradas o los pensamientos naturalmente impuros del personal masculino o lesbiano, porque, más allá de gustos, es de consenso que no hay nada menos sugerente que una feminazi activista con dientes de sierra. Vaya, que juraría que en ese cartel lo que subyace es precisamente lo contrario de lo que propone, o sea, que lo que expresa en realidad podría ser una vehemente súplica en favor de miradas lúbricas y tocamientos de los que estas acémilas están evidentemente faltas. Pero por aquí la quiero ver, señora o señorita, que de este caño no beberá, si entiende lo que le quiero decir. Por cierto, que también es de consenso que las activistas feminazis son feas de cojones, como pude comprobar ámpliamente en mi época de cubrir (camarísticamente, se entiende) asociaciones de semejante pelaje. Pelaje, por cierto, que no sólo es metafórico, sino que tambien asoma a veces bajo los brazos de sus portavoces más consecuentes, que parece que eso de depilarse la sobaquina también es una imposición machista, ¿sabes?

Por supuesto, el intríngulis del cartelote estaría en incluir aledañamente actitudes que son obviamente violentas (agresiones, insultos) con otras que no lo son tanto, por aquello de dar carta de naturaleza a todas ellas por igual, de modo que, si un insulto o una agresión son violencia, también lo son, pues están escritos en el mismo papel, las miradas y los gestos. O eso querría creer, por lo menos, aunque las recientes denuncias de tocamientos y guarreríos varios que dicen ellas que se les ha practicado durante las largas y tórridas noches de la libertad fétida, me dicen que no, que tal vez esas obviedades están ahí puestas porque efectivamente, el libertariado que corre por Sol como la mugre por Sol anda más caliente que una perra en celo (dicho sea sin ánimo de ofender, oiga) y parece que, como el análisis más somero puede confirmar, estas sociedades asambleosas y amantes de lo gangrenario necesitan de prohibiciones expresas para inhibir sus expresiones de miseria moral más hipertrofiadas. Vamos, que el percal es de aúpa. What a level, Marilevel.

Para terminar con el tema de las agresiones sexuales según las feminazis dientes de sierra, diré, sin ánimo de desautorizarlas, que me parecen un insulto viviente a las mujeres que son víctimas de agresiones sexuales reales. Tampoco creo caer en el paternalismo si afirmo que pobrecillas, que qué van a hacer si no ligan ni con las ratas del campamento. Y es que a los hombres nos gustan limpias, y para dormir en semejante piojera, hay que ser un poquito guarra. Sí, sí. Guarra he dicho. Por supuesto, en la línea igualitaria que recomiendan las imbécilas, quien quiera meter mano a una guarra es un guarro, por extensión. Así que estamos de acuerdo, los “agresores” de Sol son unos guarros, pero guarros de verdad. 🙂

Dejo a continuación un letrero de Sol que Libertad Digital ha inmortalizado para disfrute de pequeños y mayores, y que da una nueva vuelta de tuerca al totalitarismo lingüístico de la neoizquierda feminazi “apolítica”. Y es que ahora, por lo visto, no vale con la mamarrachada de “compañeros y compañeras”. Ahora también hay que añadir lo de “compañeres”. No es coña, cuidao. La primera vez que oí de esta tontería fue en un libro escrito por un tarambana cuyo nombre no repetiré aquí porque ni me acuerdo ni me querría acordar, titulado “La Cultura de la Libertad”, en cuyo prólogo se propone, y se lleva a cabo durante todo el libro, con resultados a menudo hilarantes, a veces escalofriantes, y siempre sonrojantes, llamar a los humanos “humanes”. Sí, sí, como el pueblo de Madrid. Humanes. Singular, “humán”. Así, en el libro, al ser humano se le llama “el ser humán”. Como podemos comprobar en el cartel con el que me despido, la mugre intelectual de los acantonados en Sol llega aún más lejos, y propone los asteriscos para no discriminar a ningún género, génera o génere. Qué osada es la ignorancia. Aunque he de reconocer que lo de Sol ha logrado reproducir en pequeño todos los defectos de nuestra sociedad, pero hipertrofiados. O sea, no cabe un tonto más.

Lo bueno de estas cosas es que, así, al menos, se concentran en el mismo punto. Ahora sólo faltaría soltar el zotal, y asunto arreglado. Pero creo que eso ya lo dije antes. Así que ahí va el cartel, y me despido hasta el próximo incendio.

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2 thoughts on “#GUARRACRACIAREALYA

  1. Sonja junio 5, 2011 / 6:24 am

    Anda que no te quedas a gusto, por cierto yo también escucho a Jiménez Losantos, cada día.
    Es inevitable que el movimiento este se desvirtúe a medida que pase el tiempo, en un principio según parece era gente normal de todo tipo, estrato e ideología, ahora esa gente tiene obligaciones familiares, administrativas, laborales y en fin quedan los más ácratas supongo.

    A mi también me ha llamado la atención que equiparen miradas, gestos y comentarios a lo que es la agresión en sí, quizás no les venga mal un poco de humanidad real ya para que dejen de creer en la bondad del buen salvaje de Rousseau.
    El hombre necesita leyes, sin embargo tiene derecho a intervenir en su creación.

    Por cierto ¿te has parado a pensar en las similitudes que pueden existir entre la situación de la Alemania en la Gran Depresión de los años 30 y la España actual? paro galopante, jóvenes sin expectativas, clase media sin expectativas, comercio internacional hundido, agricultura a tomar por saco, deflación, recorte de salarios y pensiones, un líder anodino, movimientos antisistema que crecen paralelamente con el aumento de la crisis….
    solo que allí llegó al poder Adolfo y aquí parece que será Alfredo

    • Monolocus junio 5, 2011 / 2:02 pm

      1.Jejeje, a versi sólo él va a tener derecho a despacharse con los atriles del piojo.
      2.No las llamo feminazis por que sí.
      3.Sï que me he parado, y de hecho hace muy poquito he leído un tocho (bastante infumable, por cierto) sobre cómo se fueron colando en la socedad alemana. Con todo, España tiene su hecho diferencial en que a estos cantamañanas no se les puede meter ningú fervor nacionalista. A lo que esto se parece realmente es a la España del 34: paro galopante, incultura general, una izquierda enloquecida, una calle convulsa, unos voceros que satanizan a la iglesia, a los empresarios y a los banqueros, y una derecha emasculada, acomplejada, que apenas se atrevía a ganar unas elecciones para no enfrentarse con los matones, que se negaron a acatar el resultado de los comicios y no entregaron las instituciones.

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