CÓMODO

Mariano recibe la decisión de los votantes como si le hubiéramos regalado un boleto de lotería premiado. ¡Gracias!, decía el papelote en Génova 13. Tampoco se comportó de otro modo, y reiteró su agradecimiento desde la balconada. “¡Gracias, amigos, me habéis hecho un regalazo!”, decían sus ojos, como si ya fuera presidente. Por lo menos, así parecía. Y en política, lo que parece tiene mucho peso, tal vez todo el peso. Por eso desconfío. Por suerte salió Esperanza y salvó a Mariano del ridículo, haciendo un discurso responsable y congruente, que denunciaba la tragedia de Euskadi y que ponía la pelota en el tejado de Moncloa esquina con Ferraz. La pena es que el infame inquilino no estaba en Moncloa, ni en Ferraz, sino en Sol, bajo las jaimas. Como de costumbre, tuvo que ser Esperanza quien salvara la papeleta al jefe.

Muchas voces muy razonables nos dicen que aquí no hay democracia, sino partitocracia, de modo que los partidos reciben el permiso del pueblo para que ellos desplieguen su poder, y luego estos hacen y deshacen a expensas del pueblo. Estoy de acuerdo. Y por bien que me siente que el PSOE haya sufrido un descalabro, he de decir que, con Mariano presidiendo el PP, el candidato que mejor arrastra lass essess explota esa partitocracia con verdadero empeño. De ahí su ¡Gracias!, y de ahí mi mosqueo creciente. Porque una partitocracia sólo necesitaría que sus líderes se comportaran como servidores del pueblo, en vez de hacerlo como privilegiados, para que esto pareciera una democracia. Y ya se sabe que en política, lo que parece tiene mucho peso, tal vez todo el peso.

Aznar se equivocó al nombrar a Mariano. Probablemente lo hizo basándose en la proverbial discreción y aparente falta de ambición del designado, que asegurarían un continuismo manso, y no para una labor de reconquista, que es lo que se encontró Mariano. Para una reconquista, se necesita un discurso recio. Es de su discurso machacón de donde Aznar sacó el carisma que le convirtió en un morlaco político. Doble problema, pues, el de Mariano, porque su insospechada avidez de poder le impide pronunciarse por miedo a sacrificarlo. ¿Cabe mayor desprecio a los votantes?

A falta de un verdadero líder, creo que el mejor gobernante es el que no quiere serlo, el que no quiere poderes ni privilegios, o el que, una vez obtenidos, no se le han subido a la cabeza. ¿Recordáis Gladiator? Marco Aurelio sabe que no es a su hijo Cómodo, paranoico, endogámico y acomplejado, sino a Máximo, un hombre humilde cuyas virtudes le separaron de la vida sencilla y familiar que él ambiciona, a quien le gustaría otorgar el poder. De tal manera, creo que el gobernante perfecto, a falta de verdadera vocación o talento político, debería verse a sí mismo como el siervo del pueblo, y no como el jefe del país, y que su discurso, al alcanzar el poder, tendría que parecerse más a un “Menudo embolao, cacho cabrones, el que me habéis organizado” que al “Gracias por el Falcon, capullos” que nos pareció soltar Mariano. Y ya se sabe que en política, lo que parece tiene mucho peso. Tal vez todo el peso.

VIVA EL VINO
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