SÁBADO SANTO: EL DESCENSO A LOS INFIERNOS

Los que hemos recibido una formación cristiana y tenemos ya cierta edad, hemos de recordar sin duda que el Credo que se enseñaba antes era el de los Apóstoles. En mitad de los años ochenta se cambió por el de Nicea-Constantinopla, lo que nos obligó a memorizar de nuevo la misma historia con otras palabras un poco más amables. A mí me gusta más el de los Apóstoles, tal vez porque es el que aprendí primero, y aún lo recuerdo. El de Nicea también lo memoricé convenientemente, pero a día de hoy se me escapa. Lo encuentro algo más plano. El de los Apóstoles tiene más drama.  Y particularmente, lo que más me molestaba del de Nicea es que suprimía el pasaje en que Jesucristo “fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos”, y se cambió por el más genérico “padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día”. Con lo que a los niños nos gustaban las historias de muertos, de infiernos y cosas así, era inevitable que nuestras preferencias fueran con el Credo de los Apóstoles, y no con el de Nicea. Y con el tiempo y la malicia, vengo sospechando que aquel cambio se debía precisamente a eso, a que la oración resultaba demasiado gráfica para unos educadores que ya venían pergeñando su nuevo mundo limpito y coñazo. Llámenme vinagre, pero encuentro pocas cosas más detestables que un comité administrativo buscando la manera de contar en su detestable idioma administrativo lo que ellos deciden en su soberbia administrativa que un niño no debe conocer en sus justos términos, por dolorosos o acongojantes que estos sean en realidad. Ese tipo de gente lo hace todo aburrido. Convertirían un polvo en un comité representativo con votaciones a tres vueltas, incluyendo dogmas de igualdad, higiene, normativas feministas y por supuesto, idiomáticas y culturales. Si a la secretaria de mi instituto le hubieran encargado titular “En Busca del Arca Perdida”, la de Indiana Jones habría sido la “Solicitud de ayudas para localizar la ubicación del receptáculo de transporte de documentos caducos y dogmáticos extraviado/a/os/as”. Y probablemente la Iglesia, que es muy hábil haciéndose a los tiempos, realizó el cambiazo después de calar el tufillo progre que empezaba a impregnar el ambiente.

Y yo no es que esté en contra del progreso. Al contrario, me gusta el progreso. Pero por eso mismo, cada vez tengo más problemas para tragar la bosta progre, que obliga a excluir el dolor, el rigor, lo feo, lo rotundo y lo axiomático. Qué vinagre que es el Monolocus, ¿no? Pues no tanto. Si excluyes el dolor, terminas por destruir el placer. Si excluyes el rigor, terminas por destruir la imaginación. Si excluyes lo feo, terminas por destruir la belleza. Si excluyes lo rotundo, terminas por destruir lo equívoco. Y si excluyes lo axiomático, destruyes también lo hipotético. Si excluyes la verdad, no es posible despejar las mentiras. El mundo progre-administrativo es un mundo gris en el que nunca pasa nada. Me quedo con el Credo de los Apóstoles, pues.

¡Madre mía, el ladrillo que os he metido para introducir el tema! Disculpadme, es que es sábado y me he despertado pronto, y me ha dado tiempo a pensar, lo que siempre es peligroso. Hoy, por ejemplo, me he acordado, nada más despertar, de una conversación que tuve hace años en la sala de espera del hospital Gómez Ulla. Era 2005. Fui allí para hacerme unos análisis porque me iban a extirpar un quiste sebáceo. Una gilipollez, vaya. Pero yo iba todo acojonado, porque los hospitales me ponen nervioso. No sé por qué, pero tengo la extraña facultad involuntaria de hacer que los desconocidos hablen conmigo a poco que me rodee de gente. Y en la sala de espera, me di cuenta de que un hombre de unos cincuenta y muchos años que estaba sentado a mi lado se me quedaba mirando mientras yo leía atentamente los editoriales. Parecía satisfecho de ver a un joven en el acto de informarse un poco. Pero su mirada era muy, muy triste, como pude comprobar apenas le miré un instante. Calvo, canoso, bolsas bajo los ojos, y ese reborde rojizo alrededor de los globos oculares, tan característico de los que toman antidepresivos fuertes, o al menos, así me parece a mí. Cuando el hombre atrajo mi atención, miré al periódico e hice un gesto en plan “cómo está el mundo”, y él lo recogió con una sonrisa amarga. Y lo dijo en alto, con voz queda y amable: “Cómo está el mundo, ¿verdad?”. No recuerdo mi reacción, pero conociéndome, debí de responder con una sorisa sonora. Continuó. “¿Por qué estás aquí?” Entonces me dí cuenta de que aquel hombre quería contarme por qué estaba él allí. No me importa, al contrario, me gusta que la gente me cuente cosas. Es como leer en directo. Además, el hombre parecía guardar una historia digna de ser contada. No me equivoqué. Despaché mi quiste con un par de frases difusas, y me concentré en él. “¿Y usted, por qué está aquí?”, pregunté sin ambages. El hombre echó los ojos al suelo, y se quedó en silencio un momento. Era evidente que sus pensamientos se habían trasladado a un lugar y un momento dolorosos. “Si no es indiscreción”, añadí, aunque yo sabía que no lo era, que él quería contarlo, o por lo menos no podía evitar contarlo. Se lo dije para devolverle al presente y a aquella sala de espera, porque parecía haberse olvidado de mí de repente. Entonces me miró con una expresión extraña en la que había muchas cosas contradictorias. Su expresión era amable y hostil, y había comprensión en su mirada a la vez que resentimiento, y todo ello bañado de desesperanza. No me dí cuenta de esos matices en el momento, sino después, cuando repasé los hechos. En aquel momento sólo acerté a adivinar que aquel era un hombre agotado.

-Tengo un pitido en este oído. No cesa nunca, y cuanto más pienso en él, más fuerte suena. Ahora mismo lo estoy oyendo, claro. Me es imposible abstraerme, siempre está ahí, especialmente por las noches. Está ahí incluso soñando, lo poco que puedo dormir. Ya me han operado dos veces, y los médicos me dicen que mi tímpano está bien. Me van a hurgar una tercera vez, porque les he insistido. Pero ellos creen que no es nada físico…

En ese momento, dos gruesos lagrimones corrieron por su cara, pero él no hizo ningún gesto, las ignoró, muy acostumbrado a ellas. “Yo estaba ahí, ¿sabes?”, me dijo. “En ese tren…”, concluyó, mirando a mi periódico. No tuve que mirar, sabía que la portada traía una fotografía del tren que explotó en la calle Téllez el 11 de Marzo de 2004. Aquello me dejó bloqueado. Hice un estúpido ademán para dar la vuelta al periódico, pero él hombre me contuvo poniendo su mano sobre las mías. Una mano dura, de trabajador físico. “No importa”, me dijo, “al contrario”. No supe interpretar sus palabras, pero dejé el periódico como estaba. Tal vez se refería a que sabía demasiado bien que por mucho que diera vuelta al periódico, el atentado seguiría ahí, instalado en su oído y en su memoria para siempre. Hoy creo que lo que quiso decir era que de algún modo le aliviaba el hecho de que se alguien siguiera escribiendo sobre ello, y que otro alguien quisiera leerlo. Que aún quedaba alguien que quería saber. Volvió a bajar los ojos, tal vez para no incomodarme.

Sonó mi nombre, me levanté, le puse la mano en el hombro y mirándole a los ojos, me encogí de hombros y sólo acerté a decirle “Ánimo”. Él me miró con sonrisa amable, me palmeó la mano dos veces muy flojito, y allí le dejé, perdido en sus recuerdos. Nunca más volví a verle.

Recuerdo perfectamente cómo me sentí. Nunca me había sentido de ese modo con respecto a aquel atentado. Ni cuando ví la noticia en la televisión, ni cuando caminé por Atocha en la Noche de los Paraguas, al día siguiente de la masacre. Ni cuando esa misma noche ví a Rubalcaba violar descaradamente la jornada de reflexión con su famosa frase “Los españoles nos merecemos un gobierno que nos diga la verdad”, ni cuando al día siguiente voté a Zapatero. Pero al hablar con aquel hombre, y someterme a su escrutinio, me sentí sucio, asquerosamente cómplice. Yo había comprado la tesis de un gobierno que instrumentalizó la masacre para ganar las elecciones. Ya les iba a votar sin necesidad de atentados, pero eso no importa. Aquella campaña final tenía que haber sido suficiente para cambiar mi voto, o por lo menos, para pedir un aplazamiento electoral, como votante y como pueblo. Y lo peor vino después, porque en aquel momento, hablando con aquel hombre, me dí cuenta de lo poco que lo había sentido por aquellas personas en realidad, que todo se había reducido a congoja, a desconcierto y a terror por la carne propia, y que pasadas unas semanas, ya había pasado página y mirado hacia otro lado. El tratamiento informativo oficial ayudaba a ello, porque se nos negó la imagen de las víctimas, se repitió con obsesión el mismo juego de instantáneas de andenes vacíos y trenes rotos, y la voz que representaba a los damnificados la personalizaba una mediática y muy entera Pilar Manjón que nos hacía olvidar la verdadera catástrofe, una catástrofe que no era ni política ni material, sino humana, de dolor, de muertos. El 11-M había servido para traernos un gobierno más justo, chinpún y a otra cosa. Qué putada, mi brigada. Mi generación es la primera que está entrenada para ignorar el dolor ajeno, para mirar hacia otro lado. La primera generación que ante un atentado no grita ¡HIJOS DE PUTA!, sino que cambia de canal. Tal vez por ello exageramos el sufrimiento propio hasta el extremo de convertir el más mínimo contratiempo en una tragedia insalvable, porque no sabemos entender el dolor. Nos cerramos en banda ante él. ¡No hay derecho!, pensamos, y ya está, como si el dolor y la muerte tuvieran algo que ver con los derechos.

Hablando con aquel hombre, el peso de 192 muertos y miles de heridos llegó hasta mí en su verdadera dimensión, con la fuerza y el retardo de una onda expansiva. Sentí vértigo cuando comprendí que el pitido en el tímpano de aquel hombre llevaba un año sin dejarle descansar, sin dejarle recuperarse, a él ni a su familia. Siento vértigo cuando pienso en él, en ese pitido, ocho años después. Siento vértigo sólo de pensar quién sería yo si no me hubiera encontrado con aquel pobre hombre por el que terminé sintiendo una pena enorme. Y no me gusta hacer alarde de sentimientos, al contrario, desconfío de quien alardea de ellos. Pero es así, joder, creo que aquel encuentro me hizo, si no mejor persona, sin duda me hizo madurar un buen trecho. Y siento vértigo de saber cuánta gente hay por ahí que, por no haberse cruzado con ninguna víctima, no ha procesado aún, y probablemente nunca lo hará, lo que ocurrió realmente aquel día. No en términos de autoría, ni de instrumentalización, sino en términos de dolor. Joder, qué putamente mal me sentí.

También sentí agradecimiento por haber tenido la oportunidad de remover todo aquello que permanecía latente. Aquel hombre me hizo un gran favor con su mirada amable y agrietada a la vez. ¿Y sabéis por qué? Porque compartió conmigo su infierno. No voy a dármelas aquí de víctima del terrorismo, claro. Sólo acerté a atisbar un miligramo de las toneladas que él tenía que soportar a cada instante. Pero un miligramo suficiente para sentir. Después de eso, después de interiorizar el dolor y la muerte de una manera no noticiada, sino real, tocando suavemente mis manos con las suyas, pude darme cuenta también de la impotencia y la rabia que debe de tener dentro una víctima cuando su gobierno le barre bajo la alfombra, cuando su sociedad decide no saber, y acuerda tácitamente mirar para otro lado, no sea que la sangre nos salpique. El silencio de España es un silencio cómplice, un silencio que, a fuerza de negar la verdadera dimensión de la masacre, impide que extraigamos la lección correcta.

La experiencia nos enseña que el sufrimiento es inherente a la vida. No entraré en disquisiciones sobre si es bueno, o si en importante, o si es necesario. Me quedo con lo de inherente. Y como tal, inevitable. Quien no sufre, es que está muerto. Vivir duele. A veces, vivir es placentero. Pero básicamente, duele. Quien huye del dolor obsesivamente está dedicando su vida a la nada. Y si sentimos placer, es como contraposición al dolor, de manera que, quien no siente dolor, tampoco puede sentir placer. Y además, sólo del dolor podemos aprender. Y no tengo miedo a sonar frívolo si digo una obviedad: que es de los peores traumas de donde sacamos las mayores lecciones, si sobrevivimos a ellos. Todos experimentamos nuestra particular bajada a los infiernos. Si sobrevivimos a ella, y extraemos las lecciones correctas, salimos reforzados, y a veces, cuando el sufrimiento es brutal, la fuerza con la que resurgimos no tiene límites. Sin querer sonar impostado, hace poco, yo mismo he experimentado mi propio descenso al infierno, pequeño e insignificante en comparación a otros, pero mío, mi propia bajada a los infiernos. Y he salido reforzado, más sabio, o por lo menos, no tan ignorante, más fuerte, o por lo menos, no tan débil como antes. De tal manera que casi casi agradezco mi infiernillo, y me sorprendo a mí mismo mirando la cicatriz que me ha quedado, deseando que nunca desaparezca del todo, pues me recuerda algunas lecciones que de otro modo no habría aprendido. Claro, lo mío ha sido una tontería insignificante en comparación con las tragedias que ocurren cada día. A veces, la tragedia es tan terrible que nunca nos recuperamos. O a veces, nos ahogamos en vasos de agua, incapaces de ver lo ridículamente bajo que tenemos el umbral del dolor propio, y lo infinitamente tolerantes que somos con el dolor ajeno. Pero a veces se dan casos excepcionales en que una persona se enfrenta a lo peor, verdaderamente a lo peor, y sale tan reforzada que casi parece irradiar luz, como es el caso admirable y conmovedor de Irene Villa.

En todos los casos, la dimensión de la lección a extraer está en directa relación con la dimensión de la tragedia. Hoy quiero quedarme con las tragedias que se viven en secreto y que nunca se confiesan, por verguenza o por miedo, social o íntimo. Esas tragedias que consumen lentamente a quien la sufre, que quedan latentes y explotan parcialmente en cualquier momento, pero nunca del todo, deteriorando las relaciones, la vida suya y de quien tiene alrededor, confinándole, aislándole, matándole lentamente, y a no ser que la persona decida trabajar en ello, decida bregar con su dolor, confrontarlo y sudarlo hasta convertirlo en lección aprendida, a no ser que haga eso, será incapaz de perdonar a su verdugo, de perdonar al mundo, o de perdonarse acaso a sí mismo. Incapaz de aceptar la tragedia, al fin y al cabo, el miedo y el rencor se lo comerán por dentro.

Y aquel hombre estaba vivo. Otros murieron. Vidas cercenadas por motivos ajenos. Sin tiempo de despedirse, sin tiempo para extraer lecciones. También ellos me tocaron y me hablaron cuando lo hizo aquel hombre que los vio morir, y que murió un poco con ellos aquel día. Y sólo gracias a eso, aquel estúpido e insensible jovezno de izquierdas entendió de una vez por todas si era importante o no llegar hasta el final en el incómodo asunto del 11-M. Una vez más, no voy a dármelas de nada por haberme empapado tantas y tantas noches con lo publicado a raíz del 11-M, por haberme preocupado simplemente por saber. Pero sí sé, porque lo sentí aquella vez, y lo sé de algún modo, que el hecho de no haber cerrado con el 11-M, el hecho de mantener la carpeta mental abierta, ayuda a continuar con sus vidas a aquellos que estaban allí y sobrevivieron.

España no ha bajado aún a los infiernos por el 11-M. A día de hoy, la mayoría de nosotros se pone enfermo sólo de pensar en saber qué pasó en realidad. No ayuda la actitud del gobierno ni de la oposición, empeñados en pasar página sin confrontar los hechos. Pero lo nuestro no es una tragedia política. Lo nuestro es una tragedia moral, porque si hubiéramos sentido en realidad lo que ocurrió aquel día, habríamos exigido al PSOE, al PP o a quien coño ganara las elecciones, investigar y esclarecer los hechos. En lugar de ello, nos tragamos la carroña oficial que nos soltaron en el juicio, que es todo mentira, que todos sabemos que es mentira y que todos sabíamos que era mentira. Por tanto, nos negamos la posibilidad de prevenir subsiguientes atentados, y vivimos tratando de no ofender a quien lo hizo, pero como no sabemos quién lo hizo, estamos obligados a agachar la cabeza y no hablar de ello, en espera de que los políticos arreglen sus cosas a expensas nuestro. Aquel día escenificamos el duelo, pero sólo era eso, una escenificación:  la comedia de las velitas y los carteles de “asesinos” eran pura ideología encubierta. Duelo real, de ese, aquí no ha habido. Y no me extraña, porque vivimos obsesionados en ignorar el dolor. Ignorando el dolor, nos ahorramos tener que reconocer nuestra complicidad, y de ese modo, no podemos expiar la culpa, que permanece latente en el silencio del 11-M, un silencio votado en jornada electoral, y que impide que aceptemos lo que ocurrió. El 11-M sólo fue un mal sueño para la mayoría de los españoles, y lo fué para mí hasta conocer a aquel hombre en la sala de espera del Gómez Ulla, de quien hoy me he acordado nada más despertar, sin saber muy bien por qué.

Un buen día éste, en Sabado Santo, para acordarme de echar en falta la bajada a los infiernos que se nos ha escamoteado a golpe de sentencia injusta, a golpe de mentira oficial, y a golpe de ideología-anestesia. Para acordarme de todo el dolor que nos empeñamos en no ver, y que no sabemos sentir, porque nos han enseñado a no sentirlo, pero queda ahí latente, con peligro de no ser canalizado y de explotar por cualquier otro lado. Incapacitándonos para perdonarnos, para sacudirnos el miedo a los asesinos y la culpa por tener encarcelados a quienes no lo hicieron, para purgar el dolor y extraer la lección correcta. Incapaces de perdonar. ¿Cómo podríamos, si no tenemos a quién culpar? De tal modo que lo más probable es que terminemos consumidos, incapaces de resurgir con más fuerza, hasta, por lo menos, haber tocado fondo. Y tocaremos, no quepa duda. Podemos mirar para otro lado, pero eso no nos salvará del sufrimiento que se manifestará en justa dimensión con un calibre acorde con la tragedia, tarde o temprano. Mientras tanto, seguimos educando a las nuevas generaciones en ausencia de herramientas útiles para encajar los golpes, seguimos ayudando a crear un mundo indoloro y gris, un mundo administrativo y sacarina, un mundo anestesia. ¿Y cómo podría ser de otro modo, si a nosotros mismos nos escamotearon hasta la bajada a los infiernos del propio Jesucristo, sólo porque sonaba feo? Joder, con lo bonito que sonaba, y hasta hoy mismo no me había dado cuenta del porqué: porque sonaba a Verdad.

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CREDO DE LOS APÓSTOLES

Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo,
Nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia
del Espíritu Santo,
nació de Santa María Virgen;
padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,>>
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios,
Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar
a los vivos y a los muertos.
Creo en el Espíritu Santo,
la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna. Amén.


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