SOBRE LOS SACRIFICIOS, Y SEMANA SANTA JEREZANA

Con el tiempo y las canas, uno aprende a respetar las creencias de los demás, a admirarlas e incluso a sentirlas un poquito, aunque sólo sea porque la edad le hace a uno empezar a sospechar que tal vez aquello de la muerte va no sólo por los demás, sino también por uno mismo, y que cada día que pasa es un día que se nos ha concedido. Cada día, por tanto, es un día de suerte. Aprovéchalo, intrépido lector.

No me gusta esa actitud tan generalizada que consiste en burlarse de los sacrificios ajenos. Cuando uno decide hacer un sacrificio personal, hay que respetarlo como lo que es, porque no es un deber, sino una elección íntima: renunciar a algo valioso y brindar el sufrimiento para ofrecérselo a algo más grande que cada uno de nosotros. Cuando veas que alguien se sacrifica, por los demás, por devoción o por penitencia, respétalo y busca la lección correcta.

Por esa razón no creo que celebrar la Semana Santa desde una posición agnóstica, como es la mía, suponga ninguna impostura. La celebración de los sacrificios personales guarda innumerables lecturas, ya sean culturales, religiosas, filosóficas o emocionales. De los ritos de la Semana Santa me quedo siempre con la sensación de pequeñez, de pertenecer a algo infinitamente más grande que uno, de pertenecer a algo de lo que jamás llegaremos a atisbar apenas unos retazos. Esa sensación me ratifica en mi íntima intuición de que nuestro afán de control es un ejercicio de futilidad, y que comprender el universo es una quimera. Es por eso que el poco conocimiento que adquirimos nos produce un vértigo que a unos nos gusta y a otros no. Porque cuanto más aprendemos sobre el mundo, más nos damos cuenta de que todo está relacionado entre sí, y más nos damos cuenta de lo poco que en realidad llegaremos a saber jamás.

De lo poco que yo sé, he llegado a comprender que todos los fenómenos del universo responden a un mismo patrón. Un átomo cuenta la misma historia que una semilla. Una semilla cuenta la misma historia que un fruto. Un fruto cuenta la misma historia que un árbol. Un árbol cuenta la misma historia que un bosque. Un bosque cuenta la misma historia que un planeta. Un planeta cuenta la misma historia que una galaxia. Una galaxia cuenta la misma historia que un universo. Y un universo cuenta la misma historia que una átomo.

Saber vivir, pues, no se trata exclusivamente de conocer, sino de saber aplicar lo aprendido. De tal manera que un pastor de las montañas, que está obligado a observar el clima, las estaciones y el ciclo de la vida, para comprenderse a sí mismo, a los demás, y al universo entero, tiene a su alcance las mismas herramientas que el científico más sabio. Personalmente, he conocido a pastores muy sabios y a maestros muy obtusos.

Por eso, ya no me río más de lo que intuimos, aunque esa intuición responda a cosas que no se pueden comprobar empíricamente. Los griegos intuían la existencia de los átomos mucho antes de la invención del microscopio electrónico. Y los hombres de las cavernas intuían la existencia de Dios mucho antes de inventar el lenguaje. La intuición es una herramienta indispensable, porque nos hace aplicar patrones conocidos a lo que no podemos ver o tocar. Y de lo poco que sé es que las cosas grandes están hechas de cosas pequeñas. Sin reconocer cerebralmente la existencia de Dios, o de un código moral escrito en las estrellas, intuyo qué está bien o qué está mal. Y gracias a esa misma intuición, tengo la íntima convicción de que actuar en positivo es crear un mundo en positivo. Y últimamente, los científicos están empezando a dar la razón a los que intuímos que pensar en positivo impregna nuestro alrededor de carga positiva. Así que, intrépido lector, si puedes evitarlo, intenta no ser más pesimista de lo estrictamente razonable, porque según la física cuántica, las profecías tienden a cumplirse. Intenta nombrar a las cosas en positivo, porque las palabras impregnan al objeto definido, no sólo lo etiquetan. Intenta hacer las cosas pequeñas como harías los actos grandes. E intenta respetar los pequeños sacrificios de los demás, porque, en pequeñito, acordes con nuestra naturaleza diminuta, esos sacrificios, por fuerza, han de hacer del mundo un lugar mejor.

SAETAS AL CRISTO DE LA BUENA MUERTE

SAETA A JESÚS NAZARENO

SAETA AL CRISTO DE JEREZ, EL CRISTO DE LAS MELENAS

EXTASIS DE LA VIRGEN DE LOS GITANOS

AL CRISTO DE LOS GITANOS (POR SERRAT y CAMARÓN)

Ahora, nos vamos de procesiones, a disfrutar de aquello que hemos ayudado a defender con el ínfimo número de firmas que humildemente hemos ayudado a cosechar. Y luego, tomaremos un vino o dos.

Y mañana, enlaces de la Semana Santa madrileña.

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