SIDNEY LUMET (1924-2011): HA MUERTO UN GRANDE

Ha muerto un grande. Sidney Lumet (1924-2011) es uno de esos directores del que muy pocos saben el nombre, pero cuyas películas se quedan en la memoria para siempre. Aún recuerdo cuando, allá por los ochenta, todos en clase comentamos enfebrecidos los detalles de la película que pusieron la noche anterior en TVE, por entonces el canal único. La película en cuestión era Serpico (Sidney Lumet, 1973), y de pronto, Al Pacino se convirtió en objeto de verdadero tráfico de películas VHS entre los niños de mi ciudad, películas como Autor! Autor! (Author! Author!, Arthur Hiller, 1982) o A la Caza  (Cruising, William Friedkin 1980), películas que de ningún otro modo habrían pasado por nuestros rudimentarios pero muy queridos reproductores de vídeo, y que de ninguna otra forma nos habrían interesado. Películas de mayores, pero que podíamos entender. Películas que hablaban de cosas que a los niños que éramos no nos deberían interesar, pero sí que lo hacían, y las deglutíamos una y otra vez, furtivos, clandestinos, cuando nuestros padres salían y el salón de casa quedaba desierto, la tele apagada, los hermanos dormidos, y nuevos mundos por descubrir. Mundos más fantásticos y asombrosos que los mostrados en las películas que nos estaban permitidas. Mundos reales, personajes cercanos, monstruos de acera, Calle Millán Astray, Ceuta, esquina con Quinta Avenida, New York. Películas que nos hacían crecer, como público y como personas.

No es casual que las nuevas pesquisas cinematográficas que nos inspiró aquella Serpico encontraran su pista de despegue en Al Pacino, y no en el director. Porque Lumet siempre se quedó en un segundo plano, aplicando a sus películas un estilo invisible, al servicio de la historia. Lumet respiraba tras la cámara. Justo al contrario que otros como Lars von Trier, que necesita a cada instante gritarle al público “¡¿os dáis cuenta de lo bueno que soy?!”, Lumet hacía que te olvidaras de la cámara, del propio hecho cinematográfico, y, haciendo de microscopio de entomólogo, te sumergía en el hormiguero humano, deteniéndose en una hormiguita determinada de la urbe, dejando que la siguiéramos para averiguar qué la hacía tan especial como para dedicarle nuestra atención. Una hormiguita en el centro de un huracán. O una hormiguita que la iba a armar. Según.

Y vaya si lo conseguía. Visionario como pocos, Lumet se adelantaba siempre a los acontecimientos mundiales, sabía dónde colocar nuestra atención, ponía el dedo en los hechos relevantes de una sociedad en plena metamorfosis (occidente, siglo XX), y su obra en conjunto compone un sólido collage que, por sí mismo, sería suficiente para que un extraterrestre desinformado se hiciera un cuadro completo sobre qué tipo de bicho es el ser humano, y sobre la sociedad que producimos y de la que a la vez somos producto. No he visto todas sus películas, pero quiero hacer un repaso por las que sí puedo (y debo) recomendaros, para hacerle un justo memento a uno de los maestros que más me han enseñado cine, y vida también. Pura educación para la ciudadanía, pero sin gilipolleces.

12 HOMBRES SIN PIEDAD

Su flamante debut cinematográfico, después de una sólida carrera teatral y después televisiva, es una obra capital, 12 Hombres sin piedad (12 Angry Men, 1957). La película, vista con los años, no ha perdido ni un gramo de su peso específico, es vibrante y ágil, los diálogos, secos como el martillazo final de un juez, y el reparto, inmejorable. Muy similar a la obra de teatro en que se basa, y contando con el autor del libreto como guionista, Lumet la convierte en una obra con recorrido propio. Y lo hace echando mano de toneladas de recursos narrativos que la alejan de ser excesivamente deudora de su origen teatral. Lumet hace de la necesidad virtud, y la rigurosa y asfixiante unidad temporal y espacial que habitualmente tanto miedo da a los productores, se convierte aquí en el activo primordial de una cinta que se deglute sin tiempo para respirar. El resultado es una película impresionante, altísimamente recomendable y, como toda gran obra, de rabiosa y eterna actualidad. Se celebra un juicio por asesinato, un joven va a ir a la silla eléctrica. Sólo se necesita la unanimidad del jurado en un caso que parece claro, casi rutinario. Pero las dudas de una hormiguita, un hombre corriente, el jurado número 8, inolvidable Henry Fonda, impiden esa unanimidad. El protagonista de esta cinta sobrecogedora es la duda razonable, y es el razonamiento el arma básica con que se pelea en esta cinta. Un bonito modo de conmemorar a este cronista prodigioso sería arroparse esta misma noche en el sofá y dejar que la magia de Lumet inunde tu salón con esta película magistral.

 

Momentazo

 

Después de 12 hombres, vino Stage Truck (1958), que no he visto, pero que se está bajando en estos instantes a mi disco duro. No se estrenó en España, y se centra en el mundo de la farándula, del teatro, mundillo que Lumet conocía bien, porque su padre era actor y su madre bailarina, y sus propios primeros pasos profesionales los dió como actor, carrera que le ocupó durante una década en la que actuó en numerosas obras de Broadway, hasta que empezó a dirigir él mismo sus propias obras en los canales independientes. Dio la alternativa a muchos actores del Actor´s Studio que luego serían famosos. De ahí pasó a dirigir una serie de 150 capítulos llamada Danger!, y poco después dio el salto al cine con 12 Angry Men. Stage Truck ha sido editada recientemente en DVD con el nombre de “Sed de Triunfo”, y tuvo una discreta acogida de público y crítica.

LARGA JORNADA HASTA LA NOCHE

Después de algunos títulos de escasa repercusión, a pesar de contar con Marlon Brando en Piel de Serpiente (The Fugitive Kind, 1959), Lumet logró otra de esas películas que me dejaron pegado al asiento una noche de invierno en la que Cine Club hizo un pase en V.O. a altas horas de la madrugada en una casa sin moros en la costa, a pesar de su enclave ceutí. La película se llama Larga Jornada hasta la Noche (Long Day’s Journey Into Night,1962) y contaba con una soberbia Katherine Hepburn y un jovencísimo Dean Stockwell. Larga Jornada hasta la Noche es una peliculita que relata un día en la vida de una familia de artistas fracasados, una historia de pequeñas miserias y rencores mezquinos, de mentiras y traiciones de corto recorrido, de hormiguitas olvidadas, diminutas, que soñaron ser grandes una vez, y ya sólo encuentran consuelo en usarse unos a otros como empedrado al que culpar por sus pequeños fracasos, y noches como aquella me hacían sentir depositario privilegiado de pequeños tesoros secretos clandestinos.

EL PRESTAMISTA

Poco después vino El Prestamista (The Pawnbroker, 1964), una cinta magistral. Unas horas en la vida de un judío que sobrevivió a los campos de concentración de Austwitz, a los que vuelve obsesivamente en forma de flashbacks. Rod Stieger hace una de las mejores interpretaciones que he visto, un prestamista cutre y clandestino en el podrido barrio de Harlem, infestado de putas, de pimps, de peristas, ladrones y navajeros, que ilustra a la perfección el estado mental de un hombre destrozado por el estrés post-traumático, un hombre que nunca logró escapar de los campos, y cuya mente sigue encerrada en su barracón, en sus recuerdos, y que soporta la presión con gesto impenetrable. Inolvidable cinta con música de Quincy Jones y fotografía en blanco y negro de Boris Kaufman absolutamente espectacular, rica en esos decadentes paisajes urbanos que personalmente me vuelven loco, pero rica también en cuadros soberbios de contrastes y expresionismo siempre a punto de estallar en los interiores de una película sucia y perfecta.

 

The Group, 1966, nunca me pareció excesivamente reseñable, si bien es una cinta ágil, muy de folletín, sobre las aventurillas de un grupo de jóvenes chicas bien durante los prolegómenos de la primera guerra mundial, una cinta teñida de Gatsby, cuya adaptación cinematográfica tampoco fue nunca santa de mi devoción, debo confesar. Llamada para un Muerto (The Deadly Affair 1967) me gustó más, porque siempre hay tiempo para ver una peli de guerra fría y servicios secretos escrita por Le Carré y protagonizada por James Mason, aunque tendría que refrescar la memoria para hacer un comentario honesto sobre ella. Bye Bye Braveman, 1968 y The Appointment, 1969 nunca las he visto, no sé nada de ellas. Un somero repaso por internet me dice que Braveman va de un tipo que redescubre a su amigo a través de averiguaciones con motivo de su funeral, y The Appointment, con un Omar Shariff juez que sospecha que su mujer, siempre de viaje por Italia, es una prostituta de lujo, y para solventar la duda decide concertar una cita. De ambas películas la crítica coincide en la lentitud y la falta de chispa, pero ambas prometen otro lugar común de Lumet, el de la hormiguita en el trance de descubrir su propia miseria cuando indaga en las miserias de otros.

SERPICO

Pero entonces llegó Serpico (Serpico, 1973), una cinta majestuosa, una de esas crónicas periodísticas urbanas filmadas con nervio y pulso endiablados, sobre un agente de antivicio, informal y rebelde, camuflado en su entorno, cuyas pintas de hippy le hacen acreedor eterno de la labor más arriesgada de todo policía, la del infiltrado. Serpico, a pesar de su aspecto de fumeta delincuente y volado, es el hombre más duro, más honrado y más listo de su departamento, que le tiene marginado por no aceptar sobornos. El mejor policía va de melena y poncho, mientras que los uniformados, que se creen y parecen policías de verdad son sólo una podrida correa de transmisión entre el crimen y el poder. Serpico se mueve como pez en el agua en los ambientes clandestinos de marihuana y amor libre, pero en la comisaría es como un pato cojo, y entre policías es un bicho raro, despreciado, vilipendiado y amenazado. Ya se sabe que donde reina la podredumbre, tener razón es peligroso. Toda una historia, veraz y verídica, sobre el tipo que terminó creando el primer departamento de asuntos internos de la historia de la policía, una pelícua con un salvaje final absolutamente inolvidable, de esos que te dejan los pelos de punta y los nervios a flor de piel. Ya digo, su pase en TVE  supuso todo un acontecimiento en el cole, nadie hablaba de otra cosa. Un diez.

Un año después, Lumet rodó una adaptación de Asesinato en el Orient Express que a mí me deja frío. Una obra rutinaria que no sabe sacar el zumo de Agatha Christie, tal vez porque la genial novelista era una maestra en la suspensión de la credibilidad, como Hitchcock, mientras que lo de Lumet siempre fue lo veraz, lo que uno encuentra en las páginas de sucesos, las esquelas y los archivos. Tal vez por eso sea un director atípico, porque logra prescindir del aspecto primordial del cine, la fabulación y el maniqueísmo, y construye su universo en la calle, en lo que pasó, en lo que para unos se despacharía con una nota a pie de página, pero que Lumet sabe desarrollar, convirtiendo la vida misma en puro cine. Un periodista cinematográfico. Ahí es nada.

DOG DAY AFTERNOON

De ahí precisamente, de la pura calle, de la crónica de sucesos, salió la película de Lumet que prefiero por encima de ninguna otra: Tarde de Perros (Dog Day Afternoon, 1975). Si Serpico es un diez, Tarde de perros es un once. Puro sucesos: un hatajo de inútiles atraca un banco y secuestra en su interior al personal. Son sitiados por la policía, y la prensa se presenta al instante. La gente, atraída por la noticia, se acerca a curiosear, y la masa colapsa la escena, vitoreando a los atracadores y abucheando a la policía. Qué bien supo ver el señor Lumet que con aquel chapucero atraco cometido un tórrido día de verano neoyorkino se inauguraba una nueva era, la era del telediario, la era de la muerte en directo, la era de los medios, en la que un marginal, un ciudadano cero, una hormiga, sólo tenía que agarrar un rifle y salir a la calle para convertirse en héroe por un día y atraer la noticia sobre sí mismo, dando al sensacionalismo un arma de incalculable valor económico y mediático, el directo al servicio de la carroña, el directo al servicio de la nada. Una nueva excusa para no hablar de lo que importa. La tragedia contada a golpe de carcajada, a golpe de gag. Creo que la dimensión más nítida del universo Lumet se puede extraer en pura esencia en ésta película insólita y arrebatadora, en su alma inconfundiblemente newyorker, en su decadente entorno urbano, auténtico territorio comanche que llamamos civilización, en sus antihéroes patéticos que sólo son una amenaza para sí mismos, que reivindican su individualidad en una sociedad para la que sólo son un número en las listas del olvido, que sólo cuando salen del anonimato empiezan a ser un problema, y que sólo cuando empiezan a ser un problema son elegidos por el pueblo como portavoces de sus propios problemas. Como en los toros, el pueblo escoge a su campeón para que se enfrente al toro, para jalearle y animarle a arriesgarse a llevar a cabo lo que los demás desearían hacer pero no se atreven. Pacino está inmenso, frenético, histriónico, carismático y asalvajado, y convierte la película en su espectáculo personal. De una cinta plagada de momentos sublimes, y que no por surrealista es menos verídica, escogeré tres instantes que quedarán indelebles para siempre en los anales del cine:

1) El arranque, que nos sitúa en las calles de New York mostrando cuadros urbanos coloridos y costumbristas a falsa cámara oculta, ironiza con alegre ritmo y melodía sobre la tragedia de usar y tirar que vamos a ver a continuación. No me resisto a colgarlo.

2) Pacino luciéndose ante las cámaras, contoneándose burlón para el público ante una policía impotente, y enardeciendo a la masa enfervorecida al grito de ¡Atica!¡Atica! que la muchedumbre repite entusiasta. No se pierda el corte, porque es grandioso.

3)El momento en el que se nos revela el móvil del crimen, y que me guardo para no reventar a quien no la haya visto un MUST SEE de riguroso manual, una de las grandes películas de los setenta, y de la historia del cine. Sólo con esta cinta que arranca en un día cualquiera y lleva la historia hasta sus últimas consecuencias, Sidney Lumet entraría por derecho propio en el bestiario de honor de Hollywood. Qué película, señores.

NETWORK

Después de aquello, Lumet sólo podía rizar el rizo, y lo logró con su obra más manierista, Network (Un mundo implacable, 1976), una película que completa el círculo mediático que propone Dog Day. Llamar sátira mordaz a Network sería quedarse francamente corto. La mala hostia que rezuma esta película no se puede describir con palabras. Sin concesiones, Lumet ofrece un vitriólico retrato del mundo de la televisión como sustitutivo de la religión, en la que los medios crean la noticia a su antojo, hasta el punto de financiar a terroristas para generar la noticia, y en donde los esfuerzos del periodismo se centran en atraer la atención de un pueblo al que desprecian precisamente por hacer caso de sus patrañas. Una película que no se queda con nadie, nadie es héroe por mucho tiempo en un mundo en el que el estrellato quema porque el público exige ver morir a sus campeones, y los obliga a inmolarse en pos del share. En una de las primeras entradas de La Ciudad en Llamas metí la escena que resume la película, en la que un locutor absolutamente fuera de control arenga a las masas para que se rebelen, para que APAGUEN LA TELEVISIÓN, y después, como no podía ser de otro modo, como si un rayo catódico censurador de origen divino atravesara su corazón, el tipo cae fulminado. No se puede decir algo así y salir indemne. Y hay otro momento de la película que no me resisto a colgar. Titulémoslo “Estoy más que harto y no pienso seguir soportándolo”, y disfrutemos con un pedazo de secuencia sin parangón. Juzgue el intrépido lector la vigencia de esta insólita película, que difícilmente nadie se atrevería a escribir a día de hoy. Y además, con una Faye Dunaway fría y arrebatadoramente bella.

THE VERDICT

Lumet cambió con los tiempos, y la sabiduría acumulada por Lumet dio un fruto perfecto al ofrecernos a un inolvidable Frank Galvin, abogado alcohólico en barrena, que encuentra en un último caso una causa por la que luchar en Veredicto Final (The Verdict, 1982), que es una de las mejores películas de la historia, y de juicios, además, un subgénero por el que siento debilidad. El guión corre a cargo de otra bestia narrativa, el peso pesado David Mamet, que escribió dos de mis guiones favoritos de todos los tiempos: Los Intocables de Elliot Ness (Brian de Palma, 1987) y El Desafío (The Edge, Lee Tamahori 1997), de entre una miríada de títulos magistrales entre los que escoger. Veredicto es una cinta de auténtico lujo, y especialmente cuando encontramos en él al mejor Paul Newman, contenida y estoica hormiguita en proceso de enfrentarse a sus fantasmas después de toda una vida huyendo de ellos, en el trance de apostarlo todo a una carta y averiguar de una maldita vez de qué pasta está hecho. La pasta de la que está hecha esta película es puro celuloide de infinitos kilates.

UN LUGAR EN NINGUNA PARTE

En 1988 Sidney Lumet nos sorprendió con un cine dulce y amargo que indagaba en el camino marcado hacia la dolorosa individualidad desde una óptica que hacía muchos años que no tocaba, la del adolescente, y que terminó por hacer escuela en años sucesivos, contribuyendo a la creación de mitología teen al estilo de los 90, amable pero rica en rincones oscuros, y alejada de entornos urbanos en busca de una sencillez rural aparentemente idílica en contestación al podrido paraíso urbano idolizado por generaciones anteriores. Y digo idílica en apariencia porque, aunque mi generación encontraba atrayentes esas películas luminosas, ricas en exteriores, y entrábamos en tromba a ver cómo el chico terminaba besando a la chica tumbados en el campo, hay que decir que estos escenarios siempre servían para rubricar el doloroso anonimato, lejos del mundo “real” del telediario y las películas a la moda. La cinta encuentra su marco de referencia entre la anterior Cuenta Conmigo (Stand by Me, Rob Reiner 1986) y la posterior  ¿A quién ama Gilbert Grape? (What’s eating Gilbert Grape, Lars Hallstrom, 1993). En la de Reiner, el bosque servía para ilustrar la naturaleza virginal de sus protagonistas aún por malear, unos pequeños héroes ansiosos por adentrarse en el corazón de sus miedos para así averiguar quiénes son. En Gilbert Grape, ese medio rural era un lugar bueno para la vida sencilla, pero incapaz de dar salida a la necesidad de independencia y crecimiento del espíritu aventurero. En la de Lumet, ese parque de caravanas servía para ilustrar el olvido, el conflicto generacional, silencioso y nunca abordado con honestidad, el paréntesis temporal de un exilio vital voluntario pero impuesto, y Phoenix hace un chico con potencial pero ninguna posibilidad de explotarlo debido a que sus padres, antaño hippies activistas, son fugitivos por un atentado que terminó, por un descuido irresponsable, con la vida de un hombre. La condición de fugitivos de los padres provoca el conflicto generacional porque obliga a sus hijos a vivir escondidos, sin nombre, sin pasado, sin futuro, sin expectativas, a cumplir condena por el crimen de unos padres que, incapaces de responsabilizarse por sus actos, renunciaron a sus propias vidas. Todo un tema, ¿eh? Sidney Pollack, además, está enorme en el papel de padre fugitivo, y en el rodaje de esa película intimista y bonita se conocieron River Phoenix y Martha Plimpton, relación que duró hasta la prematura muerte de este algunos años después. Siempre que menciono juntas Gilbert y Un lugar… me regañan los listillos, pero yo no puedo dejar de verlas como cara y cruz de la misma moneda: En la de Hallstrom, Gilbert necesita huir del pueblo para encontrar un anonimato que le permita crecer, porque en un pueblo todo el mundo te conoce y cualquier progreso es imperdonable. En la de Lumet es justamente al contrario, el chico quiere irse para ser alguien, para tener un nombre y recuperar su identidad secuestrada. River Phoenix interpreta con frescura y talento, en Stand y en Un Lugar… , dos personajes muy similares, casi el mismo muchacho pobre, con potencial, pero marcado por los pecados de sus padres.

 

ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO

Y hace muy pocos años, firmó uno de los grandes thrillers de todos los tiempos, una película digna del cine negro más negro, Antes que el Diablo Sepa que has Muerto (Before the Devil knows you’re dead, 2007), una película que he visto innumerables veces, pero que me resisto a desgranar, siquiera tangencialmente, pues su propia naturaleza hace de ella un asombroso despliegue de talento narrativo que crece exponencialmente a medida que se suceden las secuencias, y estoy seguro que se paladea mucho mejor por primera vez si el espectador no sabe nada de la trama, como me ocurrió a mí. La destilación final de la sabiduría y el talento de años y años reposando en las mejores barricas produjo un título de oro macizo, una película que sólo un sabio podía rodar.

Y bueno, murió ayer Sidney Lumet. Invito al intrépido lector a conocer mejor su filmografía y así poder lamentar en su justa dimensión la desaparición de un grande entre los grandes que supo hacerse a un lado y dejar que su cine fuera el protagonista, un grande entre los grandes que nos deja huérfanos a quienes aprendimos tanto con él. Ha muerto Sidney Lumet. Gracias por todo, Sidney Lumet.