BACHILLERATO DE LA EXCELENCIA (II): INDÓMITA ESPERANZA

El anuncio de Esperanza Aguirre sobre la creación de un Bachillerato de la Excelencia ha caído sobre la izquierda como un torpedo sobre un submarino ruso. Esperanza Aguirre debió de leer La Caza del Submarino Ruso para haber practicado con semejante destreza la maniobra “loco Iván”, que deja en pelotas al perseguidor mediante la técnica de darse la vuelta de repente, obligando al perseguidor a echarse a un lado o chocar frontalmente contra uno. Así, la reacción automática de la izquierda ha evidenciado que el gobierno no está por la labor de dar a sus ciudadanos más que basura para todos. Ni está por la labor de dejar de arrogarse el monopolio de la vida pública. Una maniobra no exenta de riesgos, la de Aguirre, porque implica lanzarse de cara contra toda la política educativa, por llamarla de alguna manera, que impera en esta España que premia lo estúpido y lo endeble y castiga la inteligencia y la firmeza, que premia la doblez  y castiga la rectitud. Bien por Esperanza.

Analicemos los “argumentos” de la izquierda, para ver hasta qué punto testimonian su miseria moral a poco que abren el pico. Los primeros en hablar han sido FETE-UGT de Madrid, ya saben, los caniches de presa de UGT en la enseñanza madrileña. Su portavoz, Eduardo Sabina, ha tildado la medida de “clasista”, añadiendo, para criticar el 8 de media como nota de corte, que “sacar buenas notas depende de muchos factores”. Lo deja ahí, sin explicar más. Sin explicar a qué factores se refiere. Es cierto que las calificaciones dependen de muchos factores. Pero todas, no solo las buenas notas. Los buenos estudiantes se bastan solos, no necesitan muchos factores, sus notas hablan por sí mismas. Son las notas finales de los peores alumnos, que son la mayoría, las que dependen de “muchos factores”, como dice el amigo Sabina.

Y aquí me quiero detener en una cantinela que suena muy bien, y que repiten incansables los defensores de la medida de Aguirre, y que puede explotarles en la cara. Me refiero a eso de “premiar el esfuerzo”.

Premiar el esfuerzo suena muy bien. Pero ¿saben qué? Que la miseria en la que se encuentra a día de hoy la “educación” en España se debe precisamente a eso de “premiar el esfuerzo” en las calificaciones. Me explico, ya verán como me dan la razón al final. Y voy a empezar recordando que esa “igualdad” que cacarea el gobierno, me parece una milonga muy peligrosa cuando se refiere a tratar a todos los alumnos como si fueran iguales. Más beneficiosa es la “igualdad de oportunidades”. Eso sí. Pero no es la misma cosa la una que la otra. Lo que predica el socialismo es la igualdad a la hora de tratar a todos los alumnos, sean buenos o sean malos, como si ambos fueran alumnos perfectos. Y claro, eso es tanto como obligar al profesor a tratar con el mejor de su clase exactamente igual que con el más pasivo y cerril de ellos. Y eso es terriblemente injusto para con el buen alumno, que no ve ningún premio en su mérito. También es injusto para el alumno pasivo, claro, porque como el profesor tiene las manos atadas para enmendarle la plana, el pasivo, que es mayoría, quedará atrofiado, víctima de sus apetencias, y dejará la escuela sin haber aprendido a comprender un texto. Sin saber leer, como salen la mayoría de los alumnos españoles a los dieciocho años. Incapaces de entender un texto, incapaces de entender un programa electoral, incapaces de comprender nada. Analfabetos funcionales, y con diploma oficial.

¿Y cómo es que han llegado a graduarse, sin saber leer, sin saber ni siquiera rudimentos básicos de ortografía? ¿No han suspendido? No. ¿Y por qué? Porque si los profesores tuvieran que quitar en cada exámen medio punto, o unas décimas, por cada falta de ortografía, por cada error gramatical o por cada rebuzno semántico, no aprobaría ni una décima parte de sus alumnos, lo que sería tanto como reconocer la verdad desnuda: que sus alumnos no saben nada. Y si los chicos salen de la escuela sin saber leer, ni escribir, ¿qué pueden haber aprendido sólo de oídas? Casi nada. Entonces, el gobierno socialista tendría que reconocer que el sistema educativo es el fracaso que es. Y ya sabemos que un socialista, antes de reconocer un error ante medio país, es capaz de fusilar al otro medio. Y aquí viene la miguilla de la cuestión. ¿Cómo ha podido cada profesor de este país pasar lo impasable, dejar que pase de curso un meño incapaz de chapurrear su propio idioma, incapaz de memorizar, incapaz de razonar, de procesar datos, de discriminar conceptos? ¿Cómo?

Pues, precisamente, mediante la tan cacareada fórmula de “premiar el esfuerzo”.

Sí, ya sé que, salvo casos muy raros, el alumno que más se esfuerza es el que obtiene las mejores calificaciones. Pero a veces no. Por poner un ejemplo, hay alumnos que tienen que echar mano de ímprobos esfuerzos para lograr un cinco raspado. Y en todo caso, el problema es que el esfuerzo de un alumno no se puede medir. De manera que premiar el esfuerzo es un ejercicio de arbitrariedad, y sólo en casos determinados se debe aplicar en las calificaciones finales. El empollón se lo ha currado, y en la asignatura que más se le atranca saca un 7,8 y le fastidia la media con las demás asignaturas. Hombre, súbele a ocho, que se ha roto los cuernos. El borrico al que al profesor le consta que se ha quemado las pestañas en Historia y se ha quedado en 4´8 por una tilde mal puesta. Hombre, bastante es que lo ha intentado de verdad, si apenas puede leer sin sacar la lengua y aguantar la respiración como si le estuvieran retorciendo los huevos. Hombre, pásale a cinco. Estamos de acuerdo, ¿no?

Pero claro, como ocurre en todo ejercicio de arbitrariedad, se puede utilizar para aplicar cierta justicia, o cierta clemencia, a la nota final, como en los dos casos anteriormente citados; o puede convertirse en la manifestación de la injusticia más palmaria. Y en un sistema corrupto y caduco como el socialista, hay mucho de lo segundo, y nada de lo primero. En el actual sistema, el esfuerzo, a criterio del profesor, puede no aplicarse en la nota final, o puede llegar a incidir hasta en un treinta por ciento de la nota final. ¡Un treinta por ciento! ¿Cree acaso el lector que eso significa que los alumnos que han mostrado la mejor de las actitudes y tienen un siete de media, les suben a sobresaliente? Jamás he conocido caso semejante. El sobresaliente se da a los alumnos que sacan sobresaliente en las notas parciales. Si fuera de otro modo, las protestas del resto del alumnado lo impedirían, y por cada 7 de media habría que poner un sobresaliente.

No, intrépido lector. Ese treinta por ciento se aplica a los alumnos que, con toda la ayuda del profesor, y sin la mínima colaboración del alumno, éste ha sacado un dos, un tres de media final, y se le sube a cinco para no joder la media del profesor. De esos casos conocemos mogollón, ¿verdad? Casi todos, si tenemos en cuenta que los pequeños alqaedas salen del instituto sin saber entender correctamente un texto, menos aún redactar un pensamiento. Y claro, después de todo, hay que aplicar igualdad, ¿no? De modo que, si el profesor tiene que aprobar a una serie de zotes para maquillar sus resultados, no va a dejar suspendidos a los que han sacado un merecidísimo 4 de media. De manera que el cinco es el rasero. Y lo es, precisamente, gracias a la coartada de “premiar el esfuerzo”, tan difícil de medir. ¿A que ya no suena tan bien?

No. Se ha demostrado un coladero, eso del esfuerzo. Una coartada. El esfuerzo ha de ser incentivado PREMIANDO LOS RESULTADOS. ¿Cómo, comprando una moto al alumno sobresaliente? No. Al sobresaliente se le premia calificando a todos los alumnos en base a los resultados. El esfuerzo, tan difícil de medir, que se lo premie su padre. No, no estoy siendo grosero. El padre del alumno es el que mejor le conoce, ¿no?, el que de verdad sabe si su pequeño alqaeda se ha esforzado. Pues que se lo premie él, si procede. Y el profesor, que se concentre en calificar los resultados, en lugar de bajar el listón para que pase todo el rebaño. Coño, el notable alto o el sobresaliente son el mejor premio al esfuerzo. Nadie se hace estudioso para que le compren una moto, ¿no?

De tal manera, el que ha sacado un 5 con gran esfuerzo, debe de quedarse con cara de tonto cuando el traficante de la clase, que ni se pasaba por allí, saca otro 5 igualito. Pero a un alumno de 5 no le conviene protestar, no vaya a ser que… No, acaso se le da un puntito de misericordia. Nada que le saque del “sufi”. De tal modo, aprobar a un pequeño alqaeda con un dos o un tres de media, aplicando la cacareadísima “prima por esfuerzo”, es una gravísima injusticia. Y sí, está claro que el tal Eduardo Sabina está al corriente de que las calificaciones finales dependen de “muchos factores”. Me encanta el poco valor que, de manera cristalina, concede a las calificaciones altas el representante sindical de los profesores de Madrid. “Sacar buenas notas puede depender de muchos factores”, dice, socavando  la credibilidad de los mejores alumnos, y de sus profesores, ¿eh, Sabina? Esto es lo que pasa cuando le metes el dedo en el ojo a un bicho rabioso, que muerde a diestra y a siniestra, a amigo y a enemigo. Eso sí, por igual.

No es de extrañar que se asusten estos caniches del poder cuando Esperanza Aguirre, preocupada por la entrada en barrena de nuestra educación, o lo que queda de ella, haya ideado un sistema público de promoción para alumnos sobresalientes. Un sistema, además, que huye de las becas, ese coladero carísimo e infructuoso al que se acoge cualquiera, lo necesite o no, y que se han convertido en otro ejemplo de igualdad raseada por lo bajo. Además, el de Aguirre es un sistema de selección imposible de falsificar, y que para un alumno poco interesado, no supone discriminación alguna, porque los alumnos poco interesados en obtener una educación mejor no tienen la menor intención de complicarse la existencia intentando colarse a base de chuletas en un colegio en el que le van a exigir más. Un sistema que simplemente, concentra a los alumnos más interesados en los estudios, para que sus carreras no se vean lastradas por sus compañeros más insolidarios, que son los que marcan el ritmo real de las clases, al carecer los profesores de métodos de control del comportamiento de los pequeños alqaedas. Un sistema que no debería interesar a los alumnos mediocres, y que incentivará el esfuerzo de los alumnos notables a los que les sobra mucho ese ambientillo que se monta en el aula cada vez que entra el profe de historia, ambientillo que impide concentrarse a profesor y al alumno interesado en aprender.

Otros críticos aducen que para los alumnos peores, esos buenos alumnos, que en otro contexto llaman “empollones repelentes”, suponen un modelo. Sí, ya. Lo primero, mi experiencia me dice que al empollón se le tiende a estigmatizar. Caña al empollón, se llama. Qué modelo, ni modelo. Lo que hay que oir. Lo segundo, lo que propone Aguirre no consiste en segregar a los mejores de cada clase, sino proporcionar a aquellos que, habiéndose ganado el derecho a optar a dicho Bachillerato Excelente, elijan, si quieren, acogerse al mismo.

Pero claro, ver a la aguerrida Esperanza aguantar de un modo abierto, y con la cabeza bien alta, sacudiendo conciencias con medidas justas, sensatas y certeras, peleando a la contra frente a un gobierno perverso, sólo augura ataques redoblados sobre su persona. ¿Se imaginan a un profesor intentando pelear contra un sistema que le ata las manos y le obliga a ser cómplice de la demolición de una generación entera? Pues esa es la imagen que me inspira Esperanza Aguirre. Lo que ha hecho es un acto de valentía, de audacia intrépida, de valor indómito. Todo un ataque al socialismo. Frontal. Puro Loco Iván. Puro Aguirre. Con un par. Y como tal, hay que decirlo.

Y es que a este Bachillerato Excelente, por mucho que lo miro y remiro, no le encuentro más que virtudes. No hay razón alguna para rasgarse ninguna vestidura, sólo se trata de proporcionar a buenos alumnos independientemente de sus recursos económicos, basándose en los méritos académicos, la educación que otros padres pueden pagar para sus hijos. Ni más, ni menos. Y público, nada menos, teniendo en cuenta que el solo calificativo de “público” provoca orgasmos entre los más progretas del paisaje. Lo cierto es que Esperanza Aguirre acaba de darnos una prueba de que ama al pueblo y lo respeta. Su figura no tiene parangón en la política española. Por ello, no nos sorprende que ella precisamente, política sobresaliente en medio de una casta mediocre, sea la que se haya solidarizado primero con los mejores alumnos, y en último término, con todos,  presentando un plan que podría suponer el gérmen de un proceso de regeneración social que otros con más poder que Aguirre no se atreven a abordar, por aquello de no ofender al votante.

Y no debe olvidar el lector que todos estos socialistas que condenan a nuestros hijos a una educación deficiente, envían a los suyos a colegios de elite. TODOS. Ninguno confía en su sistema. ¿Lo vas a hacer tú?

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