BACHILLERATO DE LA EXCELENCIA (II): INDÓMITA ESPERANZA

El anuncio de Esperanza Aguirre sobre la creación de un Bachillerato de la Excelencia ha caído sobre la izquierda como un torpedo sobre un submarino ruso. Esperanza Aguirre debió de leer La Caza del Submarino Ruso para haber practicado con semejante destreza la maniobra “loco Iván”, que deja en pelotas al perseguidor mediante la técnica de darse la vuelta de repente, obligando al perseguidor a echarse a un lado o chocar frontalmente contra uno. Así, la reacción automática de la izquierda ha evidenciado que el gobierno no está por la labor de dar a sus ciudadanos más que basura para todos. Ni está por la labor de dejar de arrogarse el monopolio de la vida pública. Una maniobra no exenta de riesgos, la de Aguirre, porque implica lanzarse de cara contra toda la política educativa, por llamarla de alguna manera, que impera en esta España que premia lo estúpido y lo endeble y castiga la inteligencia y la firmeza, que premia la doblez  y castiga la rectitud. Bien por Esperanza.

Analicemos los “argumentos” de la izquierda, para ver hasta qué punto testimonian su miseria moral a poco que abren el pico. Los primeros en hablar han sido FETE-UGT de Madrid, ya saben, los caniches de presa de UGT en la enseñanza madrileña. Su portavoz, Eduardo Sabina, ha tildado la medida de “clasista”, añadiendo, para criticar el 8 de media como nota de corte, que “sacar buenas notas depende de muchos factores”. Lo deja ahí, sin explicar más. Sin explicar a qué factores se refiere. Es cierto que las calificaciones dependen de muchos factores. Pero todas, no solo las buenas notas. Los buenos estudiantes se bastan solos, no necesitan muchos factores, sus notas hablan por sí mismas. Son las notas finales de los peores alumnos, que son la mayoría, las que dependen de “muchos factores”, como dice el amigo Sabina.

Y aquí me quiero detener en una cantinela que suena muy bien, y que repiten incansables los defensores de la medida de Aguirre, y que puede explotarles en la cara. Me refiero a eso de “premiar el esfuerzo”.

Premiar el esfuerzo suena muy bien. Pero ¿saben qué? Que la miseria en la que se encuentra a día de hoy la “educación” en España se debe precisamente a eso de “premiar el esfuerzo” en las calificaciones. Me explico, ya verán como me dan la razón al final. Y voy a empezar recordando que esa “igualdad” que cacarea el gobierno, me parece una milonga muy peligrosa cuando se refiere a tratar a todos los alumnos como si fueran iguales. Más beneficiosa es la “igualdad de oportunidades”. Eso sí. Pero no es la misma cosa la una que la otra. Lo que predica el socialismo es la igualdad a la hora de tratar a todos los alumnos, sean buenos o sean malos, como si ambos fueran alumnos perfectos. Y claro, eso es tanto como obligar al profesor a tratar con el mejor de su clase exactamente igual que con el más pasivo y cerril de ellos. Y eso es terriblemente injusto para con el buen alumno, que no ve ningún premio en su mérito. También es injusto para el alumno pasivo, claro, porque como el profesor tiene las manos atadas para enmendarle la plana, el pasivo, que es mayoría, quedará atrofiado, víctima de sus apetencias, y dejará la escuela sin haber aprendido a comprender un texto. Sin saber leer, como salen la mayoría de los alumnos españoles a los dieciocho años. Incapaces de entender un texto, incapaces de entender un programa electoral, incapaces de comprender nada. Analfabetos funcionales, y con diploma oficial.

¿Y cómo es que han llegado a graduarse, sin saber leer, sin saber ni siquiera rudimentos básicos de ortografía? ¿No han suspendido? No. ¿Y por qué? Porque si los profesores tuvieran que quitar en cada exámen medio punto, o unas décimas, por cada falta de ortografía, por cada error gramatical o por cada rebuzno semántico, no aprobaría ni una décima parte de sus alumnos, lo que sería tanto como reconocer la verdad desnuda: que sus alumnos no saben nada. Y si los chicos salen de la escuela sin saber leer, ni escribir, ¿qué pueden haber aprendido sólo de oídas? Casi nada. Entonces, el gobierno socialista tendría que reconocer que el sistema educativo es el fracaso que es. Y ya sabemos que un socialista, antes de reconocer un error ante medio país, es capaz de fusilar al otro medio. Y aquí viene la miguilla de la cuestión. ¿Cómo ha podido cada profesor de este país pasar lo impasable, dejar que pase de curso un meño incapaz de chapurrear su propio idioma, incapaz de memorizar, incapaz de razonar, de procesar datos, de discriminar conceptos? ¿Cómo?

Pues, precisamente, mediante la tan cacareada fórmula de “premiar el esfuerzo”.

Sí, ya sé que, salvo casos muy raros, el alumno que más se esfuerza es el que obtiene las mejores calificaciones. Pero a veces no. Por poner un ejemplo, hay alumnos que tienen que echar mano de ímprobos esfuerzos para lograr un cinco raspado. Y en todo caso, el problema es que el esfuerzo de un alumno no se puede medir. De manera que premiar el esfuerzo es un ejercicio de arbitrariedad, y sólo en casos determinados se debe aplicar en las calificaciones finales. El empollón se lo ha currado, y en la asignatura que más se le atranca saca un 7,8 y le fastidia la media con las demás asignaturas. Hombre, súbele a ocho, que se ha roto los cuernos. El borrico al que al profesor le consta que se ha quemado las pestañas en Historia y se ha quedado en 4´8 por una tilde mal puesta. Hombre, bastante es que lo ha intentado de verdad, si apenas puede leer sin sacar la lengua y aguantar la respiración como si le estuvieran retorciendo los huevos. Hombre, pásale a cinco. Estamos de acuerdo, ¿no?

Pero claro, como ocurre en todo ejercicio de arbitrariedad, se puede utilizar para aplicar cierta justicia, o cierta clemencia, a la nota final, como en los dos casos anteriormente citados; o puede convertirse en la manifestación de la injusticia más palmaria. Y en un sistema corrupto y caduco como el socialista, hay mucho de lo segundo, y nada de lo primero. En el actual sistema, el esfuerzo, a criterio del profesor, puede no aplicarse en la nota final, o puede llegar a incidir hasta en un treinta por ciento de la nota final. ¡Un treinta por ciento! ¿Cree acaso el lector que eso significa que los alumnos que han mostrado la mejor de las actitudes y tienen un siete de media, les suben a sobresaliente? Jamás he conocido caso semejante. El sobresaliente se da a los alumnos que sacan sobresaliente en las notas parciales. Si fuera de otro modo, las protestas del resto del alumnado lo impedirían, y por cada 7 de media habría que poner un sobresaliente.

No, intrépido lector. Ese treinta por ciento se aplica a los alumnos que, con toda la ayuda del profesor, y sin la mínima colaboración del alumno, éste ha sacado un dos, un tres de media final, y se le sube a cinco para no joder la media del profesor. De esos casos conocemos mogollón, ¿verdad? Casi todos, si tenemos en cuenta que los pequeños alqaedas salen del instituto sin saber entender correctamente un texto, menos aún redactar un pensamiento. Y claro, después de todo, hay que aplicar igualdad, ¿no? De modo que, si el profesor tiene que aprobar a una serie de zotes para maquillar sus resultados, no va a dejar suspendidos a los que han sacado un merecidísimo 4 de media. De manera que el cinco es el rasero. Y lo es, precisamente, gracias a la coartada de “premiar el esfuerzo”, tan difícil de medir. ¿A que ya no suena tan bien?

No. Se ha demostrado un coladero, eso del esfuerzo. Una coartada. El esfuerzo ha de ser incentivado PREMIANDO LOS RESULTADOS. ¿Cómo, comprando una moto al alumno sobresaliente? No. Al sobresaliente se le premia calificando a todos los alumnos en base a los resultados. El esfuerzo, tan difícil de medir, que se lo premie su padre. No, no estoy siendo grosero. El padre del alumno es el que mejor le conoce, ¿no?, el que de verdad sabe si su pequeño alqaeda se ha esforzado. Pues que se lo premie él, si procede. Y el profesor, que se concentre en calificar los resultados, en lugar de bajar el listón para que pase todo el rebaño. Coño, el notable alto o el sobresaliente son el mejor premio al esfuerzo. Nadie se hace estudioso para que le compren una moto, ¿no?

De tal manera, el que ha sacado un 5 con gran esfuerzo, debe de quedarse con cara de tonto cuando el traficante de la clase, que ni se pasaba por allí, saca otro 5 igualito. Pero a un alumno de 5 no le conviene protestar, no vaya a ser que… No, acaso se le da un puntito de misericordia. Nada que le saque del “sufi”. De tal modo, aprobar a un pequeño alqaeda con un dos o un tres de media, aplicando la cacareadísima “prima por esfuerzo”, es una gravísima injusticia. Y sí, está claro que el tal Eduardo Sabina está al corriente de que las calificaciones finales dependen de “muchos factores”. Me encanta el poco valor que, de manera cristalina, concede a las calificaciones altas el representante sindical de los profesores de Madrid. “Sacar buenas notas puede depender de muchos factores”, dice, socavando  la credibilidad de los mejores alumnos, y de sus profesores, ¿eh, Sabina? Esto es lo que pasa cuando le metes el dedo en el ojo a un bicho rabioso, que muerde a diestra y a siniestra, a amigo y a enemigo. Eso sí, por igual.

No es de extrañar que se asusten estos caniches del poder cuando Esperanza Aguirre, preocupada por la entrada en barrena de nuestra educación, o lo que queda de ella, haya ideado un sistema público de promoción para alumnos sobresalientes. Un sistema, además, que huye de las becas, ese coladero carísimo e infructuoso al que se acoge cualquiera, lo necesite o no, y que se han convertido en otro ejemplo de igualdad raseada por lo bajo. Además, el de Aguirre es un sistema de selección imposible de falsificar, y que para un alumno poco interesado, no supone discriminación alguna, porque los alumnos poco interesados en obtener una educación mejor no tienen la menor intención de complicarse la existencia intentando colarse a base de chuletas en un colegio en el que le van a exigir más. Un sistema que simplemente, concentra a los alumnos más interesados en los estudios, para que sus carreras no se vean lastradas por sus compañeros más insolidarios, que son los que marcan el ritmo real de las clases, al carecer los profesores de métodos de control del comportamiento de los pequeños alqaedas. Un sistema que no debería interesar a los alumnos mediocres, y que incentivará el esfuerzo de los alumnos notables a los que les sobra mucho ese ambientillo que se monta en el aula cada vez que entra el profe de historia, ambientillo que impide concentrarse a profesor y al alumno interesado en aprender.

Otros críticos aducen que para los alumnos peores, esos buenos alumnos, que en otro contexto llaman “empollones repelentes”, suponen un modelo. Sí, ya. Lo primero, mi experiencia me dice que al empollón se le tiende a estigmatizar. Caña al empollón, se llama. Qué modelo, ni modelo. Lo que hay que oir. Lo segundo, lo que propone Aguirre no consiste en segregar a los mejores de cada clase, sino proporcionar a aquellos que, habiéndose ganado el derecho a optar a dicho Bachillerato Excelente, elijan, si quieren, acogerse al mismo.

Pero claro, ver a la aguerrida Esperanza aguantar de un modo abierto, y con la cabeza bien alta, sacudiendo conciencias con medidas justas, sensatas y certeras, peleando a la contra frente a un gobierno perverso, sólo augura ataques redoblados sobre su persona. ¿Se imaginan a un profesor intentando pelear contra un sistema que le ata las manos y le obliga a ser cómplice de la demolición de una generación entera? Pues esa es la imagen que me inspira Esperanza Aguirre. Lo que ha hecho es un acto de valentía, de audacia intrépida, de valor indómito. Todo un ataque al socialismo. Frontal. Puro Loco Iván. Puro Aguirre. Con un par. Y como tal, hay que decirlo.

Y es que a este Bachillerato Excelente, por mucho que lo miro y remiro, no le encuentro más que virtudes. No hay razón alguna para rasgarse ninguna vestidura, sólo se trata de proporcionar a buenos alumnos independientemente de sus recursos económicos, basándose en los méritos académicos, la educación que otros padres pueden pagar para sus hijos. Ni más, ni menos. Y público, nada menos, teniendo en cuenta que el solo calificativo de “público” provoca orgasmos entre los más progretas del paisaje. Lo cierto es que Esperanza Aguirre acaba de darnos una prueba de que ama al pueblo y lo respeta. Su figura no tiene parangón en la política española. Por ello, no nos sorprende que ella precisamente, política sobresaliente en medio de una casta mediocre, sea la que se haya solidarizado primero con los mejores alumnos, y en último término, con todos,  presentando un plan que podría suponer el gérmen de un proceso de regeneración social que otros con más poder que Aguirre no se atreven a abordar, por aquello de no ofender al votante.

Y no debe olvidar el lector que todos estos socialistas que condenan a nuestros hijos a una educación deficiente, envían a los suyos a colegios de elite. TODOS. Ninguno confía en su sistema. ¿Lo vas a hacer tú?

EL BACHILLERATO DE LA EXCELENCIA: AGUIRRE AL RESCATE

Esperanza Aguirre ha anunciado la creación de un “Bachillerato de la Excelencia”, un régimen más exigente que el bachillerato normal, que se impartirá en centros públicos especiales, bilingües (español-inglés), en los que la matrícula es a título voluntario, sólo para alumnos que hayan recibido la mención de honor con más de un ocho de media. En boca de la presidente, “no tiene sentido continuar con un sistema educativo que mantiene juntos hasta los 16 años a chicos capaces de asomarse al cálculo infinitesimal junto a otros para los que un quebrado es un problema insoluble”.

No podemos estar más de acuerdo con Esperanza. Los niveles de exigencia para nuestros alumnos son ridículos. De otro modo, suspenderían TODOS menos dos o tres por promoción. Y es que los chicos de la nueva España, de la Educación para la Ciudadanía, no saben leer. No saben. Son incapaces de entender éste sencillo párrafo. Para ilustrar mi postura, usaré un ejemplo que ha llegado a mi fina orejera últimamente.

Me cuenta una amiga profesora que en su centro, que es concertado, y de monjas, nada menos, se reparten periódicamente a los alumnos unos cuestionarios de “autoevaluación” en los que, a través de sencillos enunciados, el pequeño alqaeda se autocalifica según sus propios criterios, y también califica el centro, el profesorado, las instalaciones, los contenidos, los compañeros, etc… Por lo visto, dicho cuestionario tiene carácter general, de modo que se da en todos los centros de España y no hay pequeño alqaeda en España al que no se le haya dado la oportunidad de hacer extensivos a papel ministerial sus evidentes sueños (natura obliga) de hacer arder su aula, su centro, y si nos ponemos, el planeta entero. Hasta aquí, bien. Cuando yo era alumno, los profesores no nos pasaban más cuestionarios que los exámenes y ejercicios, pero bueno, me puedo imaginar el cuadro: un poquito de cachondeo, una horita relajada, los alumnos tomándose la justicia por su propio boli, y al final el profe sabe un poco más detalladamente que los alumnos piensan que los libros de texto pesan demasiado, que las mates son un rollo, que el dibujo y la gimnasia ya molan más, que algunos compañeros son guays, y que otros, pues no tanto. Como digo, nada del otro jueves.

No me detendré en preguntarme por qué diablos se les da a esos pequeños alqaedas la más mínima credibilidad para evaluar nada, cuando son ellos mismos los que están ahí para ser enseñados y evaluados, de modo que ¿como demonios va a saber evaluar el pequeño alqaeda a sus profesores o al propio sistema?¿A quién le interesa lo que tenga que decir el alumno, si ya se sabe? Que si no me gusta, que si me quiero ir a ligar con las niñas, que si esto es un coñazo infumable, etc.

Tampoco me detendré en el mensaje que reciben esos mismos pequeños alqaedas cuando ven que el ministerio les da la oportunidad de poner al profesorado a merced de su criterio en formación, y por tanto, errado, si alguno, ni en el mensaje que reciben los maestros cuando ven que sus propuestas para restaurar la educación son desoídas sistemáticamente por rancias pero se ven obligados a darles a sus gibones desquiciados a rellenar un papel que habla del profesor y que vete a saber en manos de qué pedagogo con enchufe en el ministerio puede caer el documento.

Sí quería yo mencionar un pequeño detalle, un defectillo de fácil solución y que, a mi humilde criterio, desvirtúa el conjunto del cuestionario de “autoevaluación”, tan noble en su intención, tan moderno en su planteamiento, y tan eficaz en su difusión. Yo estoy seguro de que debe de ser un error de impresora, porque no me cabe en la cabeza que se les haya pasado por alto algo tan evidente en un papel concebido para que el pequeño alqaeda, lejos de tener que redactar nada, no le vaya a reventar una meninge, se limita a pintar cruces, como los monitos, en el casillero de la frase que más se ajuste a sus pareceres y sentires. Y es que, señores del ministerio, los cuestionarios de “autoevaluación”, destinados a que los pequeños alqaedas respondan de manera tan somera a cuestiones tan cristalinamente planteadas, ¡¡CARECEN DE DIBUJOS EXPLICATIVOS!! Pero señores, por favor. Yo entiendo que les de vergüenza reconocerlo de puertas para afuera, que luego “la caverna” lo utiliza, la demagogia, la ultraderecha, la ciudad en llamas, etc, etc, etc… Pero hombre, de puertas para adentro, asúmanlo. ¡Qué menos! Ya que les interesa más lo que digan sus micos que sus profesores, por lo menos denles dibujos, no frases. ¿No ven qué facil nos lo ponen para que veamos lo inútiles que son ustedes, señores del ministerio? De tal modo que para el profesor se convierte en toda una odisea que los pequeños alqaedas averígüen los oscuros y arcanos saberes requeridos para superar con éxito una prueba que exige la comprensión de textos tan endiabladamente enrevesados como por ejemplo:

Imagínense a una banda de cenutrios de doce años que son incapaces (ineptos) de entender las preguntas, rellenando los casilleros como si fuera una quiniela en la que todos los resultados son desfavorables. “Profe, ¿carga de trabajo quiere decir lo que meto en mi mochila?”. “¿Que es eso de displici, disclipi,…eso que pone en la pollada número 11”. “Profe, ¿qué quiere decir ilícito?”.”Seño, si no pone maestra, ¿tengo que responder?”. “Sí, Jaimito, cuando pone maestro se refiere a la maestra también”. “Pues en educación para la ciudadanía dice que eso es sexista y segregador”.

Claro, en esa misma clase siempre suele haber un par, a veces tres alqaedas, que sí están alfabetizados y se completan el cuestionario con la punta del cinabrio, y les quedan aún cuarenta minutos de aguantar el espectáculo degradante de ver a sus “iguales” tratando de descifrar el galimatías (gabilondías, en este caso particular) y soplarse las respuestas unos a otros a través de la rumorología. “Oye, tú, que dice Zutano que disciplina es lo de los militares”. Y mengano replica: “¿Cómo, que si me gustaría traer un fusil al insti? Pues claro, le pongo un diez a eso. ¿Dónde hay que firmar”. En fin. La historia es cierta, y además, habitual. Aquí no se inventa nada.

Y eso sólo el día del cuestionario de marras. No digamos el día que se explican las potencias, las ecuaciones de segundo grado o las derivadas, el espectro de frecuencias lumínicas, o las características del teatro del Siglo de Oro. Y se preguntará el alqaeda alfabetizado, ese que sí se entera, el pobre, que cómo puede ser que semejantes zotes saquen notas parecidas a él mismo, que se deja los cuernos en el libro, mientras los otros dedican tarde tras tarde a lucir peinados absurdos en el banco de enfrente de la tienda de los chinos. Y se preguntará también el pobre alqaeda alfabetizado que por qué un profesor, que asume sin mayor sobresalto que sus alumnos no saben leer ni escribir, le da tanta importancia de pronto a que esos mismos alumnos entiendan el contenido del cuestionario que envía un ministerio tan bondadoso y clemente como para tener en cuenta el bienestar de los pequeños alqaedas hasta el punto de darles voz en papel ministerial, sin exigirles al mismo tiempo el más mínimo conocimiento.

Esos pobres dos o tres alfabetizados están claramente lastrados por los demás. Cuando el buen alumno necesita avanzar, los otros, que han detectado que el profesor está obligado a aprobarles a casi todos ellos, revientan la clase, se niegan a entender, dedican las horas a cultivar la pose del más tonto de la clase, ese que en la relación esfuerzo/calificaciones, resulta ser el más listo, porque no tiene que hacer nada para arpobar la materia, y además, acapara la atención del profesor con sus malos y contagiosos comportamientos. Y el profesor, además, tiene las manos atadas y no puede castigar los malos hábitos en clase ni expulsar a quien los exhiba. Eso sería punitivo y franquista, algo terrible para el pequeño alqaeda, total, sólo por sabotear sistemáticamente una clase… Al final, para que un pequeño alqaeda que no supera los estándares más elementales (la mayoría) pueda aprobar el curso, hay que bajar el nivel de exigencia hasta niveles abisales. No se obliga a aprender al pequeño alqaeda. Al contrario, se rebaja el examen a un nivel que un analfabeto puede superar. Y como el ser humano es como es, si le rebajas el nivel de exigencia, rebajas su potencial. Así, a día de hoy, el alumno no tiene que estudiar. ¿Cómo podría, sin saber leer? La exigencia se limita a lo presencial, como las clases de graduados para adultos. Actualmente los pedagogos están perpetrando nuevos modos de aprender las tablas de multiplicar que sustituyan el método memorístico por otro que requiera menos esfuerzo. Total, para eso está la calculadora, ¿no? En fin, que todo va de evitarle dolor al alumno. No se vaya a estresar.

En dicho contexto, en el que, según las tesis del gobierno, “todos somos iguales”, la norma es ser un furro al que se le aprueba para que las cifras no queden feas. Según las cifras que maneja el ministerio, en nuestras aulas todo va estupendis de la muerte. Y por consiguiente, saber leer y escribir, expresarse con corrección y propiedad, sacar buenas notas de verdad, es una grosería. Un mal ejemplo, un testimonio de desigualdad profunda. Cosas de empollones. Un problema. No ya para los alumnos, sino para los profesores. Porque el buen alumno, en un contexto caótico, es esa verdad que tira abajo un castillo de mentiras formado por los aprobados de los demás alqaedas que no saben leer un texto a no ser que se lo tuitees sin vocales.

De modo que nuestro sistema educativo se divide en:

a) Analfabetos funcionales, que son los que fijan el estándar de exigencia. Estos sacan de cero a cuatro sobre diez durante el curso, y al final, en junio, se les pone un cinquillo pelao y que se ocupe otro.

b) Luego hay una masa gris de imitadores de analfabeto funcional, que se avergüenzan de saber algo y lo ocultan celosamente, que se camuflan unos entre otros y que para aprobar sólo tienen que evitar darle disgustos al profesor y responder sencillos cuestionarios (antes llamados exámenes) de modo que al menos, demuestren que estuvisteron en clase el día que se explicó la lección. Esos sacan del cuatro al seis de media durante el curso, y de cinco a seis pelao al final de curso.

c) Y después están los desencantados. O sea, los que se esfuerzan, trabajan sus estudios, saben leer y entender un texto, redactar sus conocimientos, y ver películas de mayores sin morirse del hastío si no sale Vin Diesel conduciendo un buga tuneado. Estos sacan de seis a ocho de media, o sea, casi lo mismo que la mayoría, aunque se han esforzado bastante más. Se saben superiores a sus compañeros, aunque saquen notas parecidas a ellos. Y poco a poco van entendiendo que da igual lo que se esfuercen, porque el sistema sólo mima al grupo “a”.

En nuestro sistema educativo, sacar sobresalientes es una grosería. Todos somos iguales. Un buen alumno, responsable, centrado, lector, es un elitista. Un empollón de mierda, un cantamañanas que evidencia por contraste los errores del sistema, los errores del profesorado, los errores de un planteamiento que se ajusta a las necesidades del más tonto.

Por lo tanto, aplaudimos el anuncio de Esperanza Aguirre, su intención de ofrecer a los mejores una educación mejor. Voluntaria, gratuita y basada en los méritos. Lo que Aguirre propone no es un remedo de escuelas griegas de las artes y las ciencias para mentes superiores entogadas y pijas. No.

Lo que Aguirre propone es una operación de rescate para mentes que el sistema actual no ha logrado atrofiar. Lo que Aguirre propone es una escuela de las de hace treinta años, donde el alumno trabajador no se vea lastrado por los estándares tercermundistas del sistema educativo socialista. Lo dicho, una operación de rescate.

Dos anécdotas últimas, para terminar. La protagonista, otra profesora de ese mismo centro:

La primera tiene lugar durante el último claustro. Dicha profesora, procedente de sistemas antíguos, se queja de la tal circular de autoevaluación. ¿De qué sirve, dice, si los micos no saben descifrarlo? Y de pronto, es acallada por una masa de profesores que se apresuran a aclarar que “oye, oye, que yo a los míos les estuve toda la hora explicándoles todo lo que no entendían”.

La segunda la cuenta en privado esa misma mujer: durante una clase de secundaria, un niño que está tomando apuntes levanta la mano. “Seño, que se me acaba el folio”. Respuesta de la seño: “Pues dale la vuelta, hijo mío. Dale la vuelta”. El alumno sigue la indicación de la seño, y la clase continúa sin incidencias.

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A continuación reproducimos un email recibido con posterioridad a la redacción de este post:

Un reconocido profesor de economía de la Universidad norteamericana de Texas Tech alegó que él nunca había suspendido a ninguno de sus estudiantes pero que, en una ocasión, tuvo que suspender a la clase entera.

Cuenta que esa clase le insistió que el socialismo SÍ funcionaba, que en éste sistema no existían ni pobres ni ricos, sino una total igualdad.
El profesor les propuso a sus alumnos hacer un experimento en clase sobre el socialismo: Todas las notas iban a ser promediadas y a todos los estudiantes se les asignaría la misma nota de forma que nadie sería suspendido y nadie sacaría un sobresaliente.

Después del primer examen, las notas fueron promediadas y todos los estudiantes sacaron Notable. Los estudiantes que se habían preparado muy bien estaban molestos y los estudiantes que estudiaron poco estaban contentos.
Pero, cuando presentaron el segundo examen, los estudiantes que estudiaron poco estudiaron aún menos, y los estudiantes que habían estudiado duro decidieron no trabajar tan duro ya que no iban a lograr obtener un sobresaliente; y, así, también estudiaron menos. ¡El promedio del segundo examen fue Suficiente! Nadie estuvo contento.
Pero cuando se llevó a cabo el tercer examen, toda la clase sacó insuficiente: ¡suspensos a todos!

Las notas nunca mejoraron. Los estudiantes empezaron a pelear entre si, culpándose los unos a los otros por las malas notas hasta llegar a insultos y resentimientos, ya que ninguno estaba dispuesto a estudiar para que se beneficiara otro que no lo hacía.
Para el asombro de toda la clase, ¡Todos perdieron el año! Y el profesor les preguntó si ahora entendían la razón del gran fracaso del socialismo.
Es sencillo; simplemente se debe a que el ser humano está dispuesto a sacrificarse trabajando duro cuando la recompensa es atractiva y justifica el esfuerzo; pero cuando el gobierno quita ese incentivo, nadie va a hacer el sacrificio necesario para lograr la excelencia.
Finalmente, el fracaso será general.