LA GUERRA DE ZAPATERO (VIII): LA CIUDAD EN LLAMAS

Bueno, dejemos a los PAZIS, y hablemos de asuntos verdaderamente serios, como lo es el efecto retroalimentado que la basura PAZI ha terminado por empapar a la sociedad occidental, y cuyos efectos, en forma de clamoroso silencio, suenan con muchísima más fuerza que todo el vocingleo que montaron los PAZIS contra un presidente, Aznar, millones de veces más útil, más responsable y más honrado que el absurdo Zapatero. ¿No nos titulamos LA CIUDAD EN LLAMAS? Pues hoy vamos a hacerlo valer.

Vaya por delante que ni siquiera el zapateril capitaneo de tan despreciable perillán nos mueve del sitio: el detestable Gadafi, dignísimo conmilitón de Zapatero en la ideología de la desfachatez, la mendacidad y la usura moral, ha cruzado todos los límites de lo tolerable. De tal modo, espero y deseo que los líderes internacionales olviden la baratura de sus bastardos y malditos intereses electorales que apestan a oportunismo a la legua, y brinden pronto a sus ciudadanos un acuerdo.

Y no ya por decencia. Eso es demasiado pedir para la política occidental, y sospecho que también para su pusilánime electorado, que se deja regalar los oídos del modo más descarado por el primer mindundi que nos ponga carita de ternerito de norit, aunque sea un hijo de mil perras.

Ni por el más elemental sentido común. Porque como no sea así, como no se delimiten y consensúen para ayer a más tardar, naturaleza, medios y objetivo de este conflicto, mucho me temo que esto va a distar mucho de ser otro pasatiempos de telediario del que hacer caso omiso, yo es que paso mucho de política, ¿saes?, sino, tal vez, la Guerra Global de la Crisis. Y es que la guerra, si no cobra forma, si no se ataja pronto con determinación, tiende a expandirse y a cobrar vida propia, pasándose por el entrepernil derechos, deberes, leyes, resoluciones de la ONU y pancartitas de No a la Guerra. No, no creo que de esta sociedad se pueda esperar ya sentido común, porque la falta del mismo es la que nos ha llevado hasta aquí.

Yo creo que hay que hacer esta guerra por vergüenza torera, por no quedar como unos cobardes sin principios ni redaños ante el pueblo libio, que a día de hoy me despierta mucha más simpatía que el occidental. Sí, sí, sí. Como lo estás leyendo, intrépido lector. ¿Que por qué, se preguntará alguno? Porque el pueblo libio está demostrando mucho más patriotismo, mucho más sentido común y muchííísimos más cojones que nosotros, que parece que no sepamos ya ni para qué sirve la democracia. Que parece que odiemos nuestra propia civilización, que asaltamos iglesias y edificamos mezquitas, que molan mucho más. Que despreciamos la soberanía popular. Tanto la despreciamos que la hemos delegado en los políticos, que son la clase que más despreciamos, pero sólo de boquilla, dando así un perfecto reglaje en el que baremar cuánto creemos en nuestra libertad, o para qué la queremos: para dársela a los cerdos y que se la repartan. Sí, el pueblo libio se merece mucho más la libertad de lo que nosotros mismos lo hacemos, y a día de hoy me avergüenzo de ser occidental, de pertenecer y contribuir a una sociedad enferma de comodidad, una sociedad que se cree que los derechos crecen de los árboles, que la riqueza brota de los cajeros como por arte de magia, y que la luz surge del interruptor.

Hace tres días estábamos instalados en el corifeo de hacer ascos a nuestras mejores fuentes de energía, las que nos procuran más bienestar, prosperidad y progreso: las centrales nucleares. Beneficios estos que, no sé si lo tenemos claro, pero no sólo sirven para que podamos ver el Sálvame en alta definición, no faltaría más, Andreíta cómete el pollo en 1022 megapíxels, hazme el favor. Sino que también sirven para, entre otras muchas cosas, encontrar y desarrollar nuevas formas de mantener el medio ambiente, descubrir vacunas y medicamentos que procuren bienestar a los menos afortunados, etc, etc, etc, etc, etc…

Pero eso era hace tres días. Hoy hemos cambiado de canal y ahora estamos instalados en el desconcierto, porque ya nos habíamos aprendido las cantinelas buenistas del No a la Guerra, y de hecho habíamos encumbrado a los que con miradas cándidas y sonrisas beatíficas llamaron asesinos a todos aquellos que no comulgaban con ellos, y cuando ahora vemos que los mismos que encumbramos precisamente por sus cantos de paz y de sonrisa son los que más aprisa se lanzan a degüello sin esperar nuestro permiso, no nos atrevemos a pensar. La sociedad ha rubricado, con su silencio vergonzante, su renuncia a opinar, a saber, a pensar. La ley de la no-discriminación ha calado en la sociedad. Ya no discriminamos nada. Por no discriminar, no discriminamos ni a la discriminación.  Cuando venga el moro y nos la clave hasta el codo, nos daremos cuenta de que nuestros políticos no nos van a salvar. Y ese es el único mensaje que parece calar en la sociedad: Por favor, sálvame. Y lo que es yo, cada día estoy más convencido de que nuestros políticos no son peores que nosotros, sino que nuestros políticos somos nosotros. Y el desprecio que decimos sentir por ellos no es más que un autodesprecio proyectado, que es más fácil de ignorar. Al fin y al cabo, en eso estamos: en ignorar los problemas, que los resuelva otro. Por favor, sálvame. Y sí, va a venir Andreíta y nos va a salvar. Los cojones de Mahoma, y nunca mejor dicho.

Y mañana, tal vez el debate vuelva a ser Belén Estéban. O tal vez no haya debate ya, ni nada que debatir. Da la impresión de que cualquier día, van a dar la noticia del fin del mundo y la reacción general será cambiar de canal. Y es que la política ya aburre, ¿eh, Occidente? Qué asco. No, yo me decanto por compararnos con el pueblo Libio, que por lo pronto ha sabido plantarle cara a los líderes que no les convienen. Que está dispuesto a sacrificar algo en pos de algo. A ver si se nos pega algo. Qué poco sospechan, pobres diablos (por ahora), que sólo un poco más al norte pensamos que los derechos no se ganan, sino que nacemos con ellos porque lo pone en un puto papel que ni siquiera sabemos bien quién firmó, en nombre de quién, ni muchísimo menos, para qué.

Occidente está instalado en el error. Y no nos despertamos ni siquiera viendo que los oprimidos pueblos del norte de África están tomando las riendas de su destino. ¿No nos debería servir no ya el ejemplo, sino la amenaza implícita? Los pueblos fuertes se comen a los débiles. ¡Ay, cuánto sospecho que despertaremos de nuestro letargo demasiado tarde!, cuando ya no haya nada que hacer y todo haya sido culpa “de los políticos”. Y es que la política ya cansa, ¿eh?

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