LA VENGANZA DE ULZANA (ULZANA´S RAID, 1972) de ROBERT ALDRICH

La Venganza de Ulzana es un western atípico, que Robert Aldrich filmó con su personal y muy áspera prosa, en esa línea recién fundada por Peckimpah, y que con los años se ha convertido en tradición, a la que se ha dado en llamar western crepuscular. Western, sí, pero no tanto por el tono, más historiográfico que mítico, como por su argumento y localización, Arizona, 1880 aproximadamente. Y crepuscular por varios motivos: porque narra la última misión de un hombre cansado; porque narra la última cabalgada de una tribu de vocación libre y violenta que se resiste a ser domesticada; y porque el final de las guerras apache pone punto final a un lugar y una época legendarios: el lejano oeste. Una vez que fueron confinados definitivamente en sus reservas, los indios dejaron de ofrecer la última resistencia que impedía el avance del progreso. Y el progreso oculta la violencia. Y si no la puede ocultar, la mitifica. Así, al morir el viejo oeste, nació la leyenda. La película está narrada con ojo descreído. Como si Robert Aldrich viviera realmente en esa época, como si la violencia y la mugre aún no se hubieran convertido en mito. Robert Aldrich siempre fue un vaquero, y de los chungos.

Ulzana´s Raid es una de esas películas que nunca dejarán de permanecer vigentes. En aquellos primeros setenta, el western producía alergia entre los productores de Hollywood. El cine USA vivía su particular destape, que permitía rodar productos más baratos y alimenticios sin necesidad de arriesgar su dinero en complicados jardines logísticos, y más aún cuando existía un serio riesgo de que el público, ávido de temas y personajes más urbanos y actuales, les diera la espalda. Pero Robert Aldrich, cuando filmó en 1971 la violencia brutal que genera el choque entre dos culturas irreconciliables, sabía lo que hacía. Aquella década había arrancado con la escalada de violencia terrorista en Palestina, surgía la figura de Arafat, y el terrorismo islamista abría los telediarios. Los hippies y el no a la guerra, terminada la guerra de Viet-Nam, boqueaba en busca de nuevas excusas con las que mantener su pose, y palestina, sin importarles un rábano en realidad, encarnaba esa excusa a la perfección. Para ello, echaron mano de unas pocas citas de Jesús, y se exaltó la figura de Jesús como el primer hippie, con la calculada esperanza de horadar al pueblo israelí como consecuencia directa del “malvado” antíguo testamento, enarbolando el Nuevo Testamento como nueva fuente de consignas buenistas.Y el buenismo es algo que no iba bien con Robert Aldrich.

No es casual que se empeñara entonces en rodar, aún haciéndolo con bajo presupuesto, aquella película que ni estaba ni se la esperaba, y que contaba como personaje conductor a un militar idealista, defensor del Nuevo Testamento y de ofrecer la otra mejilla. Sabía el viejo perro que su historia llegaría al público, porque les hablaba de tú a tú, les hablaba de una cultura atrasada arrinconada por el progreso, y que elegía como campo de batalla la población civil, para enseñarles lo que valía un peine. Les hablaba del telediario sin las cortapisas que la prudencia o la corrección política exigen cuando se habla de asuntos actuales, una prudencia que ni la propia persona de Robert Aldrich ni sus películas contaron nunca entre sus virtudes. Dicho en términos científicos, al señor Aldrich le tocaban los cojones la censura y el papel de fumar a la hora de agarrarse cierta parte de la anatomía. Y el género del western le daba vía libre para hablar del telediario, de los terroristas, de la caza al terrorista, de la muerte de inocentes y de la muerte de culpables, con la acritud que exigía esa historia, y que era, y sigue siendo, mucha. Ulzana´s Raid es uno de los westerns más violentos jamás rodados, no tanto por lo cuantitativo de una película rica en secuencias y actuaciones contenidas, como por lo espeluznante de unas pocas de sus escenas.


La crítica del momento despreció el trabajo visualmente áspero de Aldrich, pero no puedo estar menos de acuerdo. Por lo pronto, Ulzana´s Raides una de esas películas cuyo argumento se puede seguir a la perfección aunque estuviera doblada al chino. El ritual es lo que tiene, y ésta película está llena de rituales silenciosos. Rituales indios y americanos. El ritual del acecho, el ritual de la caza, el ritual del protocolo militar, el ritual de la muerte. Rodada casi exclusivamente en exteriores, abunda en cuadros ámplios, aunque en realidad, la fotografía es un compendio inabarcable de variedad de planos. Como Ulzana’s Raid es también una road movie, es variada en localizaciones, y Arizona, más conocida como el infierno, se convierte en un personaje, cada vez más ominoso, un paseo por el infierno. Ulzana es como un fantasma, y apenas aparece en unas pocas secuencias. Esa es su tierra. Su tierra es él. Arizona es Ulzana, con ojos en todos los picos y hombres en todas las grietas. Y mención especial merecen los cielos, que a medida que avanza el metraje se van cargando de gruesos nubarrones, logrando así exteriores asombrosamente expresivos.

Y no sería justo terminar con el apartado técnico sin mencionar la originalidad con que las escenas de acción fueron rodadas. Creo que hasta Gerónimo (Walter Hill, 1993) nadie volvió a rodar tiroteos con caballos haciendo de trincheras. Pero claro, Walter Hill es otro a quien la corrección política le trae al pairo, como podemos comprobar en la magnífica serie DeadWood. Es que me gusta poco el western, a mí.


Pero con todo, es en el discurso donde Ulzana’s Raid carga las tintas, a través del guión de Alan Sharp, que parece aplicar la cualidad de su apellido a cada una de sus páginas. Ulzana’s Raid es una persecucuón, una guerra de inteligencias, de estrategias militares en las que el perseguido juega en casa, y cada general se ve obligado a ponerse en la piel del otro para predecir sus movimientos. Una guerra de desgaste en la que el arma fundamental es el agotamiento de los caballos enemigos, y la envergadura del poder propio es el estado de tus caballos. En esta historia los caballos no duran hasta que le conviene al guionista. Lo que en otros westerns es perfectamente legítimo. Pero en este, no. Aquí, los caballos duran lo que duran, y ni un metro más. Los amantes de los animales lo pasamos muy mal en esta película en que es preferible disparar primero al caballo que al jinete,antes al perro que al dueño.

Bienvenidos al infierno, Arizona. En el universo de Aldrich, lo mismo que en el mundo, los más inocentes mueren primero. Por eso la historia se ensaña con los animales, con las mujeres, con los niños. Y también se ensaña con el que no quiera aceptarlo. Como en una partida de ajedrez los que más caen son los peones, que no pueden hacer nada más que avanzar o quedarse quietos, componiendo desarmados y con las manos atadas, la primera línea de batalla.

Esta calidad ajedrecística alcanza su clímax cuando el explorador McIntosh dibuja en la arena con un palo la estrategia de Ulzana, y acorde a ella, le sugiere a Garnett la suya propia. Los puristas dicen que los dibujos que ilustran son remiendos de guión, herramientas de última hora. A la porra con ellos. Este es mi blog. Celebro esos dibujos, al menos cuando están al servicio de una partida compleja y apasionante, que, gracias a la claridad de la exposición, se convierte en una de las grandes escaramuzas de la historia del cine. No puedo evitarlo: me encanta cuando en un western, un personaje agarra un palo para hacer dibujos en la arena.

El sencillo argumento de Ulzana´s Raid no llega tan lejos en el argumento como lo hacen las entonces muy recientes Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1970) y La Balada de Cable Hogue (The Ballad of Cable Hogue, 1971), ambas de Sam Peckimpah, en las que los héroes, al final, son arrollados físicamente por el progreso, ya sea en forma de ametralladora Gatling que en forma de automóvil. Mucho más discreto y modesto, y mucho menos poético, Aldrich se limita a contar cómo un destacamento de Caballería persigue y da caza a Ulzana, un líder chiricaua que, junto a unos pocos, escapa de su reserva para cobrarse su revancha con indescriptible violencia sobre civiles inocentes. Pero Aldrich también lleva la historia hasta sus últimas consecuencias, y, sin entrar en comparaciones, porque también adoro a Peckimpah, lo hace con unos pocos trazos secos, sin la grandilocuencia del bueno de Sam.  Y como toda buena peli, Ulzana´s Raid está escrita con indudable intención, e inevitablemente sí que termina por generar esa lírica que destilan los personajes extremos bien trazados cuando el destino termina por echarles el guante. La épica de Aldrich está en el silencio.


Los detractores del western suelen achacar a este género un defecto que yo encuentro su virtud más interesante: el maniqueísmo. Normalmente, esos mismos detractores ni siquiera tienen nada contra esa condición maniquea de lo filmado, y las barreras que les impiden disfrutar de muchas de las mejores piezas del cine son más ideológicas que narrativas. Nada de eso se encontrará en Ulzana´s Raid, salvo para escarmentar a base de bien. Western atípico, como empezaba diciendo, es éste un compendio de personajes complejos, de sacrificios humanos, de decisiones difíciles, de males menores para evitar males mayores. Sin la demagogia y la corrección política que desprenden los productos revanchistas, que invierten los papeles de la tradición cinematográfica y convierten a los indios en monjitas de la caridad y a los americanos en sucios y mezquinos invasores con la biblia en una mano y el Peacemaker en la otra, nos encontramos en ésta cacería humana unos indios sedientos de muerte y violación, y unos hombres blancos que rara vez tienen oportunidad de disparar contra los indios. Mucho más a menudo, la caballería se verá obligada a disparar contra sus propios caballos, para evitar que caigan en manos indias, o incluso contra civiles, para evitarles la tortura y la violación. En la escena más brutal de la película, un soldado dispara en la cabeza a una mujer que va a ser atrapada, volándose la cabeza acto seguido de un tiro en la boca, a un metro escaso de la cámara. Hasta el indio que se disponía a descabellarlo vivo se queda impresionado, un momento antes de escupir sobre su cadáver, enfadado con el soldado por haberle frustrado en su sed de sangre.

Y aunque los hombres de Ulzana cometerán todo tipo de atrocidades contra civiles indefensos, la barbarie no es un coto privado de los apaches, como comprobará el joven teniente Garnett, un chico de oro a quien le es endosada una misión que nadie más quiere asumir, y que,  inexperto, acepta con entusiasmo, ignorante de que le ha tocado la obligación más ingrata del soldado: la caza del hombre.



Es el idealista Garnett (jovencísimo Bruce Davidson, más conocido como Senador Kelly en X-Men), que quiere marcar las diferencias, y ser amigo de los indios al arrancar la trama, el único personaje que experimenta la evolución que toda película requiere. Todas sus opiniones aprendidas, todo lo que creía saber sobre Dios, sobre el hombre y sobre sí mismo, se desmoronan en un segundo, con sólo mirar el cadáver de un hombre torturado por Ulzana. A partir de ese momento, se convierte en un hombre en contradicción, que busca en su alma un sitio donde colocar su recién estrenado odio hacia los indios. Garnett era un hombre del Nuevo Testamento, y asumió la misión creyéndose mejor que su causa, decidido a mejorarla, en su convicción de que el hombre es bueno. Poco le dura su convicción, al encontrar ese primer cadáver, y luego al presenciar cómo sus propios hombres masacran el cadáver de un indio al que han matado previamente. Ulzana´s Raid es un duelo entre el “ojo por ojo” y el “poner la otra mejilla”, entre el Nuevo Testamento y el Viejo Testamento. En el infierno de Arizona el buenismo no es una opción, sólo la antesala de la muerte, la tuya y la de los tuyos. Y es invocando al Nuevo Testamento, como Garnett logra arrancar a su sargento una de las líneas más memorables de una película llena de líneas memorables.

-¿La otra mejilla? Jesucristo nunca tuvo que desatar a un niño de un cactus y esperar dos horas a que muriera para enterrarlo. Y yo sí.

Una blasfemia, sí. Pero es que el mundo está lleno de ellas. Y ese es el conflicto de Garnett: el proceso de aceptarse a sí mismo como animal violento, en el proceso de descubrir que no es mejor que los demás. El joven oficial acaba de comprobar en sus propias carnes que los blancos no condenan realmente la violencia, sino que la dejan lejos de la vida cotidiana, y contratan a gente como él, tipos normales, y no monstruos, para que hagan el trabajo sucio. Y eso no es fácil de aceptar. Qué puedo decir. Esto es lo que le pasa a un progre cuando cae en manos de Robert Aldrich.

La alianza de civilizaciones según Aldrich

El pelotón que le es asignado cuenta con dos guías exploradores que servirán al narrador para centrarse en el choque de las dos culturas, al incluir a un explorador viejo y cansado, McIntosh, (inmenso Burt Lancaster) y a un guía indio, Ke-Ni-Tay, en el pelotón de Garnett. La falta de evolución que acusan ambos exploradores no es un defecto del guión, sino un rasgo fundamental de ambos personajes. Nada les sorprende. Nada de lo que ocurre en la película es nuevo para ellos. Todo eso lo han visto ya muchas veces. Hacen un excelente equipo, se complementan como personajes, y casi siempre se entienden sólo a base de miradas. McIntosh, después de una vida persiguiendo indios, ha aprendido a respetarlos. Ke-Ni-Tay, familiar de Ulzana, ha sido contratado por el ejército para seguir la pista de su cuñado Ulzana.

En ese rasgo, la aparente amoralidad de un indio que acepta unos dólares para cazar a su propia gente, es donde el joven Garnett hurgará, en la esperanza de encontrar, por contraste con los valores del indio, aparentemente un traidor a su causa, la superioridad de los suyos propios. Por eso busca hasta en dos ocasiones tener una charla privada con Ke-Ni-Tay, y por eso em ambas ocasiones sale escaldado. De la misma edad que Garnett, el joven indio despierta la curiosidad del joven teniente al no escandalizarse, avergonzarse, ni siquiera pestañear ante los desmedidamente crueles actos de su gente, y Garnett le pedirá que le explique el código moral de los apache. El indio le explica, en un estremecedor diálogo, que los apache son una tribu guerrera, que acepta sin complejos la violencia como un modo natural de ganar poder. El joven teniente no encontrará ninguna de las respuestas que busca, y sí una tribu que asume como rasgo moral el imperativo violento de la naturaleza humana. Donde quería encontrar doblez y mezquindad, Garnett encuentra, para su sorpresa, una solidez moral mayor que la suya propia. Por eso chocan las culturas, porque son irreconciliables, y los códigos morales de una y otra caminan paralelos sin tocarse nunca en lo espiritual, aunque lo hagan físicamente. Y Aldrich no ayudará, ni a Garnett ni al público, a encontrar una superioridad moral sobre los indios, ni tampoco al contrario. Todo lo más, la aceptación de la violencia apache como inevitable, y la aceptación de la superioridad militar de los blancos. Todo lo más.



Garnett nunca llega a fiarse de Ke-Ni-Tay, tal vez porque no se da cuenta aún de que, sin apreciar a los blancos, ni siquiera respetarlos, incluso, probablemente odiándolos, y más probablemente aún, habiendo matado a inocentes en el pasado, los apaches renegados como Ke-Ni-Tay ayudaban a cazar indios descontrolados para evitar males mayores en forma de represalias sobre su propia gente. Que para él, más que para ningún soldado blanco, aquella era una cuestión personal, y no un trabajo sucio sin más, y que por lo tanto, para él era tanto más desagradable llevar a cabo una tarea necesaria. De ahí sacamos que el verdadero duelo moral de la película está entre Ke-Ni-Tai, que se ha resignado a la inevitable supremacía blanca, y Ulzana, que se entrega a su naturaleza destructiva. Ke-Ni-Tai ha madurado ante la nueva situación, y Ulzana no lo hará nunca. La lucha de superioridad moral sólo puede darse entre guerreros de la misma raza. Un clavo saca otro clavo, dicen. Por cierto, Ke-Ni-Tay es el ejemplo perfecto, con permiso de McIntosh, de cómo un personaje muy secundario al principio, crece y crece hasta cargar con tareas de personaje central a medida que nos acercamos al desenlace.

More bollocks than Espartero’s horse

Ulzana es otro enorme personaje. Como ya apunté hablando del paisaje, es Arizona la que hace omnipresente a un villano que con tres apariciones, sería el gran ausente en manos de un director menos avezado.En cada escena, la amenaza de su presencia planea como un buitre sobre los personajes. No habla una palabra en toda la película. ¿Para qué? Sus actos hablan por él. Fiel a sus principios, roba, viola, mata, pelea como un indio y finalmente, sólo cuando es otro apache quien le da alcance, entonces sí acepta su destino sin oponer resistencia.

A día de hoy es inevitable relacionar esa aceptación cultural de la violencia con la yihad, y a Ulzana con otra figura, legendaria entre los suyos, y de nombre similar, que se esconde en unas montañas que conoce mejor que nadie. Al final gana el equipo que defiende lo de “la otra mejilla”. Pero lo hace usando el “Ojo por Ojo”, el “clavo que saca al clavo”. Como no podía ser de otra manera, “la otra mejilla” queda para las escuelas y la civilización. Y esto es Arizona. Por goleada, gana el “ojo por ojo”. Si no lo aceptas, date por jodido.

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Por supuesto, no se puede hablar de Ulzana´s Raid sin hablar de su auténtico protagonista, y también su mayor espectáculo: el explorador militar McIntosh, (inmenso Burt Lancaster), un hombre cansado. Si Ulzana´s Raid cuenta el choque final entre dos culturas, al viejo explorador parece que ha vivido en esa colisión toda su vida. Y ha implementado rasgos de ambos mundos. Sin ir más lejos, está casado con una mujer india, que le despide en silencio al principio de la misión. El universo de Robert Aldrich es el universo de los inadaptados. McIntosh desprecia el reglamento, no lleva uniforme y por supuesto, no pasó de explorador. Era tan bueno haciendo lo suyo que nadie le quiso ascender. Inteligente, Aldrich suple la falta de evolución de su mejor personaje dosificándolo, lenta pero constantemente, en pequeños detalles. Y así, la imagen del tipo huraño y callado que empieza siendo un secundario de lujo con muy poquito diálogo, terminará dominando la película como lo que es: un inolvidable personaje fronterizo que, incluso en los últimos estertores de la trama, se va desplegando a pinceladas. A medida que crece su personaje, cada segundo de su presencia, cada línea de diálogo y cada gesto se convierte en alimento para el espectador, una nueva historia contada en un segundo. Su mirada serena conmueve y asusta, refleja sin palabras su larga estancia en ese infierno llamado Arizona, conoce y acepta con callada resignación la naturaleza violenta y contradictoria del ser humano.

McIntosh no teme mirar a la muerte a los ojos

Y lo hace desde hace ya mucho tiempo, razón por la cual su personaje no evoluciona. En toda la trama no hay nada que le sorprenda, nada que no haya vivido muchas veces ya. Fumador de tabaco de liar, hace tiempo que dejó atrás su hoja roja. Sólo le conmueve, de un modo sereno, resignado, el dolor de las víctimas. Pero nada de esto se dice con palabras o grandes gestos. Es en lo pequeño donde está la munición con la que se traza el personaje. Y es precisamente ahí, en la ausencia de información verbal o visual, donde un personaje casi ausente, intuído y no sabido por un público condenado a necesitar construir en su imaginación a McIntosh, donde el personaje se convierte en leyenda.


Y por cierto, me es imposible abstraerme al hecho de que en ese viejo cansado, contradictorio, inadaptado y resignado, muy consciente de que su mundo se acaba y de que no vale para el que viene, Robert Aldrich hizo un velado y nada complaciente autorretrato.

Concluyendo. No quisiera que el lector que no ha visto la película se llevara la impresión de que Ulzana´s Raid es una película instalada en la equidistancia. Al contrario, los hechos que narra curan la equidistancia inicial del joven Garnett, y con la suya, la del espectador. Robert Aldrich no nos hace sentir peores personas por querer prevalecer. Ni tampoco mejores, claro. Lo que sí logra es enriquecernos, hacernos pensar en aquello que, pobres adictos a las comodidades físicas y morales de la civilización, estamos entrenados para ignorar. Y lo hace con la honestidad de un buen periodista, con olfato para encontrar una buena historia y unos buenos personajes, y con el aplomo necesario para no hacer las concesiones que exige la corrección política y que, gracias a Dios y como ya dije antes, Aldrich se pasó por el forro de sus huevos morenos. Por eso su película Ulzana´s Raid es eterna, porque supo adaptar, a un género que parecía moribundo, una historia de rabiosa y eterna actualidad, utilizando, con el pulso de los maestros, el tonelágico poder de la metáfora.


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