¿QUÉ ES LA REINSERCIÓN?

Recuerdo el día que leí el caso de Sandra Palo. Nunca me había impresionado tanto un suceso. Realmente, se me revolvieron las tripas. Luego, a medida que se fue desarrollando la investigación y el juicio, la indignación crecía y crecía ante la actitud de Rafita y sus amigos. Cuando llegó la sentencia, la indignación se trocó incredulidad. Y cuando le soltaron, la incredulidad se tornó miedo. Ese tipo vive cerca de mi casa.

Amparado por la Ley del Menor, que se nos vendió como un mecanismo creado para proteger al menor en aquellos casos en que los menores son víctimas, y no los culpables, cuando en realidad dicha ley es un mecanismo a través del cual se impone como premisa básica que un menor nunca es el culpable último de sus crímenes, Rafita nunca llegó a pisar una cárcel de verdad. Puesto que no recibió nunca castigo alguno por sus crímenes, nunca aprendió a corregirlos. Después de cuatro años en una institución más bien poco privativa, salió a la calle con un piso y hasta una moto a cuenta del estado, mientras los padres de su víctima veían impotentes cómo sus esfuerzos se agotaban en recursos legales baldíos a la hora de evitar que este cómplice de secuestro, violación, asesinato y ocultación, recuperara su libertad sin arrepentirse, sin haber aprendido a leer, a trabajar, a respetar.

Al final, salió, claro. A pesar de que los informes psiquiátricos evaluaban que Rafita comprende su crimen  y ni se arrepiente ni ha aprendido un trabajo, lo dejaron salir. No cuajó ni en los pisos de acogida, y de hecho se jactaba de su “hazaña” allá por donde iba. Robó, reincidió, se juntó con traficantes, y el Estado se gastó un dineral en mantener el anonimato de Rafita para “no vulnerar sus derechos”, pero Rafita siempre termina por hacer que su entorno sepa quién es. Le gusta la popularidad que le confiere ser cómplice de la violación y asesinato de Sandra Palo. Rafita se admira a sí mismo por sus crímenes.

Desde los sectores menos solidarios con las víctimas hemos oído durante décadas la cantinela de que quien cumple condena está rehabilitado socialmente, o dicho de otro modo, que el Estado está obligado a rehabilitar a sus presos. Pero eso es una falacia muy peligrosa, basada en una interpretación muy sesgada de la justicia y muy poco realista con la condición humana.

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El Artículo 25 de la Constitución Española de 1978 dispone en el segundo párrafo que “las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social”.

De ahí, yo interpreto que el Estado está obligado a procurar la reinserción y reeducación de sus presos.

Veo dos problemas fundamentales en la aplicación que se hace de ese artículo 25, uno en su redacción y otro en su aplicación:

PROBLEMA 1, de redacción:

No todos los delincuentes o criminales necesitan una reinserción o una reeducación, sólo los más marginales y algunas escepciones. Así, un señor que trabajaba  como cajero de banco, que un día dijo “¡a tomar por culo!” , robó la caja, y le pillaron, ya estaba perfectamente insertado en sociedad antes de entrar en la cárcel, de modo que es innecesario y redundante reinsertarlo o reeducarlo, siempre que cumpla una condena acorde con su delito.

Del mismo modo, hay criminales que nunca se rehabilitan por muchos esfuerzos que se empleen para ello, ya sea porque no pueden rehabilitarse (violadores reincidentes, por ejemplo) o porque no quieren hacerlo (criminales vocacionales). En todos esos casos, no veo por qué se ha de gastar recursos en ellos innecesariamente.

PROBLEMA 2, de aplicación:

Todos los días se suelta a la calle a asesinos, violadores reincidentes y otros criminales violentos, a pesar de ser sujetos de dictámenes que vaticinan la reincidencia inmediata. Aún con todas las luces rojas disparadas, como dice el gran Abellán, se suelta a violadores que, por razones diversas, se ven previsiblemente compelidos a reincidir. Y sin embargo, con eso y con todo, se les suelta, para desesperación de los que dedican su trabajo y su vida a elaborar éstos dictámenes.

¿Están reinsertados estos tipos? No. Y sin embargo, se les suelta, eso es un hecho. ¿Importa algo a efectos prácticos, pues, la reinserción a la hora de valorar la suelta de un reo? En absoluto.

Por ambos problemas veo que se está utilizando la “reinserción” como una especie de “condición previa”, una condición que parece poseer por definición todo aquel que cumple condena.

Conclusión: la palabra “reinserción” está vacía de contenido. Es sólo un quitapenas, una declaración de intenciones que nadie quiere hacer cumplir, y que sirve para que nos sintamos magnánimos como pueblo. Un brindis al sol que sirve para ignorar los problemas, quitárnoslos de encima, mirar para otro lado, y no resolverlos. Y por tanto, perpetuarlos.

En ese estado las cosas, sólo propiciamos ampliar el victimario de los criminales reincidentes. Pero la sociedad entera es víctima también, víctima del adormecimiento moral que nos supone dar por hecho que un criminal reincidente va a salir a la calle, nos pongamos como nos pongamos, con el agravante de esperar que no nos toque a nosotros o a nuestros seres queridos. ¿Verdad?

Justicia ciega, sí, pero ciega y tonta, sin bastón, sin ganas de juzgar, sin ganas de aplicar la realidad, de adaptarse a la realidad. Y sobre todo, ciega y sorda al dolor de las víctimas. Así es la sociedad española a día de hoy, en justicia penal o en cualquier otra. Por eso quiero generar indignación con mis entradas, para comprobar que aún queda alguien ahí fuera con sangre en las venas, como SOMBRITA. Así que la pregunta se impone: ¿QUÉ ES LA REINSERCIÓN?

La reinserción es un proceso a traves del cual se busca un estatus en que el reo sea capaz de convivir en sociedad sin que sea previsible que vuelva a reincidir en los delitos por los que cumple condena, u otros.

Creo que la REINSERCIÓN es el fruto de un proceso que consta de cinco pasos:

1: Cumplimiento de condena.

2: Plena conciencia del delito cometido.

3: Aceptación de la culpa y de la condena.

4: Voluntad de integrarse.

y 5: Pruebas inequívocas de integración.

Es un proceso selectivo, que sólo se puede completar con esfuerzo, voluntad y espíritu de superación, no un derecho inalienable.

Si no se dan estos cinco pasos, la palabra “reinserción” no es más que otra monserga del pseudoprogresismo más ignorante, otra excusa más para hipertrofiar la burocracia y el gasto público, a costa de nuestro dinero y de nuestras vidas. Y además, con nuestro más infame y tácito placet.
Y por si fuera poco, al vaciar de contenido el concepto de “reinserción”, estamos privando a presos que sí querrían (podrían)  mejorar, porque los estamos metiendo a todos en el saco de los que han burlado a sus captores, a los jueces, a sus víctimas, y a sí mismos.

El dislate alcanza, finalmente, proporciones constitucionales, porque vacío de contenido el segundo párrafo del artículo 25 de la Constitución, ¿por qué va a tener más valor cualquiera de sus otros artículos? Hay que afrontar el problema, o la sociedad terminará desintegrándose. Precisamente por no dar salida a los problemas reales, ésta paupérrima aplicación de la justicia genera el clamor de un endurecimiento de las penas, tan dramático como comprensible. La injusticia genera violencia, la falta de autoridad genera discordia. La negación perpetúa el problema. ¿Y tú qué opinas?

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