THE WIRE

LIGHT SPOILERS

The Wire es una de esas series de obligado visionado.

Centrada en el funcionamiento de policías y traficantes de la ciudad de Baltimore, sería un error circunscribir el tema de la serie a un contexto local, o meramente americano: The Wire es una serie que describe los fenómenos más oscuros de las grandes urbes del mundo entero. The Wire habla de los sacrificios del bienestar, de lo que las metrópolis de hormigón, vidrio, asfalto y pollo frito esconden tras la cortina de lo presentable. The Wire describe al detalle el funcionamiento del atrabiliario negocio de las drogas, y las estructuras de poder de las bandas. También nos pone al tanto del funcionamiento del poder no siempre menos convulso, y de la administración local, ayuntamiento, escuelas, esquinas, penitenciarias, prensa. Del proveedor al narco, del capo al camellito, del alcalde al yonqui infiltrado, poniendo especial atención en el trabajo policial, ingrato, desesperante, minucioso, metódico, vocacional o perezoso, siempre ponzoñoso, siempre anticlimático, terriblemente mal pagado y nunca ortodoxo.


MCNULTY

Sin duda, un momentazo que no revelo. Esa expresión, descontextualizada, no dice mucho, pero es un verdadero poema si uno sabe qué está pasando, y que no contaré aquí. El teniente McNulty, alcoholizado, en eterno proceso de divorcio, promíscuo hasta la obsesión, autodestructivo, con un serio problema con la autoridad, y con una mente brillante, cuando logra centrarse en algo, es un espectáculo en sí mismo. Su principal problema es que sólo lleva una vida equilibrada cuando su trabajo es rutinario. Cuando el genio se pone a maquinar, empiezan las horas extras, el paso contínuo de resaca a borrachera, y una picaresca policial que una vez empieza, ya sólo sabe huir hacia adelante. Puede ser muy, muy cabrón, y absolutamente todos los personajes con los que tiene contacto le insultan en repetidas ocasiones. Pero no tiene mal fondo. Es sólo que su nombre es sinónimo de problemas. Cuando McNulty toma los mandos, nadie se aburre, y uno tiene el corazón en un puño. Otro problema muy de Jimmy McNulty es que no pierde ocasión de tocarle los cojones a sus superiores. Otro más, que cerca suyo suele haber siempre una botella de whisky irlandés Jameson's. Ese negro está un poco loco.

NO SHIT

Sin pelos en la lengua. The Wire es una serie fea, plagada de comentarios racistas y sexistas, de blasfemias, de hechos ominosos. La violencia se ceba primero en los más débiles. Vemos niños traficando desde pequeños. Otros no lo hacen. Pocos sobreviven. Vemos sicarios adolescentes. Alguno de ellos pasivamente psicopático. Alguna otra escalofriantemente profesional.

Felicia Pearson

 

Felicia Pearson es un ejemplo de personaje muy secundario pero cuyo carácter y presencia inflan hasta atraer la atención en pantalla de un modo automático. Felicia, adolescente marimacho que mata a la orden sin pestañear, rutinariamente, con naturalidad, sin coste emocional. Su presentación, que abre la cuarta temporada comprando una pistola de clavos y discutiendo de balística con el vendedor, quita el hipo. Bajo su aparente frialdad, todos los sicarios huyen de sus miedos, pero nunca lo exteriorizan, siquiera ante sí mismos. Felicia escalofría por la veracidad de su personaje insultantemente joven, de mirada arrogante que ya lo ha visto todo y nada le quita el hipo, y cuenta en pocas palabras la historia de los niños sin infancia, de los adultos de trece años. Sus frases, contadas con los dedos en la serie, suenan en la voz áspera y sabia de una vieja encerrada en el cuerpo de una niña.

GANGSTA RAP

En la banda de Marlo parece que den premio por ser el negro al que peor le quede la ropa.

Conoceremos a traficantes fríos, y también a traficantes que son verdaderas ollas a presión. Traficantes eficaces y traficantes chapuceros. A veces a la vez, nadie es completamente nada, ni permanece en el mismo sitio demasiado tiempo, aunque queda a veces corroborado que la estupidez pura existe, y no conoce límites. Todos ellos buscan lo mismo. Dinero, respeto, poder. Algunos lograrán tener las tres cosas al tiempo, pero nada dura nunca, y menos en Baltimore Oeste. Pocos, muy, muy pocos, llegan a viejos, y si lo hacen, es lejos de las esquinas, siendo muy, muy listos y teniendo mucha, mucha suerte.

En la primera temporada, la escucha se centrará en la banda liderada más o menos ad hoc por Avon Barksdale y Stringer Bell, dos negros pasados de moda, anclados en los tiempos de Boyz’n da hood en plena crisis del nuevo milenio. Por mal que me caen, no les pongo foto. Avon es un listillo con dos cojones, mucha clase y toneladas de buena suerte, un nostálgico de la marginación, de las pistolas y las viejas bandas. Él atribuye su buena suerte al respeto que inspira, pero, aunque no les hemos visto crecer juntos,  que hayan llegado tan lejos tiene más que ver con la prudencia de su socio/colega/amigo Stringer Bell, que fué listo, se compró unos trajes de colores, se puso gafas y aprendió empresariales. Se conducen según el viejo código de las bandas, y representan la plenitud del éxito, dinero, respeto y poder, en juventud. Son guapos, están cachas y todas se los quieren tirar. Conocen a los raperos de moda. No son unos lumbreras, pero manejan el código, los modos y las maneras. No en vano, son los que están arriba, y han salido de la nada, de las calles, donde otros miembros cayeron ya junto a todos sus enemigos. Parece que ambos son los herederos finales de lo labrado por ellos y otros en los viejos tiempos, y al ser tan cool, cada uno a su manera, siempre corren el peligro de dormirse en los laureles en el eterno juego del gato, la rata, el ratón y el topillo. Ambos conocen bien su trabajo, pero trabajan mejor juntos que separados, y su buena gestión requiere que estén en sintonía. No me caen bien porque su estética y valores siempre me cayeron gordos, y ambos están tan trasnochadamente identificados consigo mismos y con todo aquel coñazo ideológico de Spike Lee, (Do the right thing, es una de las frases más repetidas en las calles de The Wire, cada vez que alguien quiere demostrar apoyo sin mojarse. Por supuesto, dan mucho juego a la serie, porque, de tan reales, lo que están viviendo, a lo que se están enfrentando Avon y Stringer es a su propia desmitificación. A la constatación de que el sueño gangsta es una mentira muy aburrida que por lo menos termina pronto, que me quiten lo bailao, cachipún. Tanta polla para esto. Tantos muertos para tan poca cosa. Qué puedo decir de un tipo que gana millones y se pone una media en la cabeza. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Eso es lo que son los escurridizos y supervivientes Avon y Stringer. Dos monas vestidas de armani, horrorosamente conjuntados. Dos echaos para alante con innegable oficio y mucha suerte. Muy peligrosos, Avon es muy celoso de la protección de su esquina preferente, y Stringer es bueno con los números, y ha leído. ¿Hasta dónde llegarán? Sólo digo que algunos de sus mejores soldados valen mucho más que ellos.

D’Angelo Barksdale tiene conciencia, sensibilidad e inteligencia. Prisionero de la historia de su familia, su madre es la primera en exigirle que sea un traficante a la altura de su tío Avon, pero D’Angelo es, o parece, o quiere ser, un buen tipo. Su trabajo es vender drogas duras a cualquiera que se las pida. Niños, madres yonquis con bebés, lo que sea. Paradojas de la vida. Su premio es estar con la chica más guapa de The Wire en una serie que no idealiza el sexo precisamente, más bien lo muestra como una necesidad fiseológica sucia, probablemente improcedente y que siempre trae problemas, pero a D’Angelo le están reservados algunos buenos momentos.

 

SIMBIOSIS

D’Angelo habla de simbiosis en el primer capítulo. The Wire habla de simbiosis, de la negociación contínua. De dos mundos, la droga y la administración, que se reconocen mútuamente su poder, en eterna pugna por ampliar la parcela de unos y otros. Que se dan carta de naturaleza. En The Wire, las cosas no son como deberían ser, sino como son. A veces da la impresión de que decidieron los destinos de los personajes con un dado.

THE POO-POOS

Nunca se ha visto más de cerca la corrupción, las negociaciones internas, la heroicidad siempre enterrada por los hechos. RIP meritocracia. Conoceremos policías vagos y policías trabajadores. Policías autodestructivos y policías pragmáticos. Casi todos ellos zafios, al borde del divorcio, alcoholizados, con sobrepeso, pillados por sus pecados. Cuanta mayor la implicación ética, mayor la disfunción emocional del agente. Todos a la caza de algo. Resolver un caso, martirizar a los mandos (McNulty, bendito cabrón), lograr un ascenso, conseguir horas extra, lograr la autorización del juez para activar una escucha, o salvar la pensión (¡Siempre la pensión!).

De izquierda a derecha: el detective Prez, novato, polaco y enchufado, descubrirá sus dotes para la enseñanza. El sargento Cedric Daniels (yo le llamo Bola 8, para que le reconozcáis, y su recto y negro culo. Mcnulty, del que ya hemos hablado. El detective Lester Freamon, paciente y minucioso escucha, definido por su hobby, la réplica de muebles en miniatura. La Ayudante de Fiscal Ronda Pearlman, lista y eficaz, se tira al 33,3% de la foto. Apenas nada, al lado de McNulty, que se pasa por la rodilla al 70% del cast femenino, más multitud de otras figurantes. Y la detective Kima Greggs, excelente policía con eternos problemas de implicación doméstica. Kima es una poli fulltime, no lo puede evitar, aunque a veces lo quisiera.

También se dan hechos y momentos bellos. Siempre frágiles y efímeros, siempre proclives a ser aniquilados de un momento a otro, casi siempre fruto de algún rarísimo hecho fortuito positivo, siempre sospechosos de explotar en la cara del espectador, más por dolorosa rutina experimental que por paranoia de espectador curado de espanto. Por cada chispa de luz, seremos testigos de cientos de cosas terribles. Como dice la cita que abre uno de los últimos episodios, no tiene que ver con merecerlo. Pero sí, incluso en The Wire hay buenos momentos.

Mi preferido es éste. Kima, lleva a su hijo al alféizar de la ventana, para dar las buenas noches a todo el vecindario. Es verano, la calle está tranquila. Una enorme luna llena brilla en lo alto. Una cámara de policía destella en azul en un poste cercano.

-Buenas noches, Luna. -Susurra al oido del pequeño. -¡Vamos, repite conmigo!

-Buenas noches, Luna.

-Muy bien. Buenas noches, estrellas.

-Buenas noches, estrellas.

Pasa un coche de policía, con las sirenas.

-Buenas noches, polis. (usa la palabra poo-poo, que creo que es una broma americana con el ruido de la sirena y la palabra caca)

-Buenas noches, polis.

Ella ríe.

-Buenas noches, chulos.

-Buenas noches, chulos.

-Buenas noches, mulas. (los que llevan la mercancía)

-Buenas noches, mulas.

-Buenas noches, golfas.

-Buenas noches, golfas. (Hookers)

-Buenas noches, golfas.

-Buenas noches, estafadores.

-Buenas noches, estafadores.

-Buenas noches a todos. A cada uno de vosotros.

-Buenas noches a cada uno de vosotros.

Entra la batería del tema final de todos los capítulos de las cinco temporadas, y por una vez salimos ilesos.

Buenos, malos, difícil es de decir. Hay personajes que uno desea que se salven, y hay otros que uno desea que caigan, en términos emocionales, económicos, administrativos o puramente balísticos. Pero la empatía nunca se ajusta a lo maniqueo. Si Dios existe en The Wire, no tiene sucursal en Baltimore. Así, y aunque desde que descubrí la serie me he aislado de cualquier feedback wireiano, estoy seguro de que cada espectador encontrará su propio elenco de personajes preferidos y de personajes odiosos. No confundir con la ya cansina técnica de hacer que un personaje sea bueno o malo según las necesidades. Aquí la cámara es imparcial, tanto como le está vedado al público, que se ve obligado a querer tomar partido sin saber nunca del todo “de parte de quién” está la historia. Como digo, cada uno encontrará su propio sitio en el reparto. The Wire no juzga, pero te obliga a juzgar, en un alarde de imparcialidad narrativa vedada al espectador. No deja de ser curioso que en éste mosaico de la sociedad, los jueces sean los grandes ausentes. El juez es el espectador. Y como los jueces, el espectador tiene las manos atadas al contemplar la sangría, condenado a ser imparcial, a no tomar partido, a no intervenir.

Ante la frustración de no poder hacer nada ante la amenaza que se va extendiendo como una nube que anuncia tormenta, el espectador buscará compulsivamente (aviso a navegantes) hacerse con el siguiente capítulo, aunque eso suponga salir a buscar por las esquinas de los bajos fondos a buscar:

-Eh, negro, ¿tienes la tercera temporada de The Wire?

-Sí, tío, pero te va a costar mas caro. Esta nueva mierda es aún mejor.

-Lo que sea, colega.

-Dame la pasta, negro. Ve allí y ese negro te traerá la mierda, ¿vale? Venga, piérdete, puto yonqui.

Cuenta la pasta, escupe por el colmillo y sigue a lo suyo.

 

Por cierto, el reparto incluye muchos verdaderos policías y pandilleros actuando y asesorando. Por ello, la parla es endiabladamente rica y vistosa, aún con el predominio del obsesivo “negro, esta mierda es guay, te lo digo, negro, ese negro está acabado”. El inglés son muchos idiomas, con acentos caribeños, británicos, irlandeses, italianos, griegos, rusos y africanos. Buen doblaje al español, con forma casi documental, como en The Shield, pero lo variopinto del mosaico hace imprescindible verla en versión original.

 

SOCIOLOGÍA MADMAXISTA

Las sociedades, sobre todo las urbanas, buscan ante todo permanecer, y tienden a asemejarse. Con raras excepciones, como Corea del Norte o la mutación catalana, todo vecino tiende a parecerse a su vecino. Y en ese sentido, el ámbito de alcance de ésta serie es, como digo, global. Todo urbanita reconocerá lugares comunes que antes no lo eran tanto, y que sólo tienen visos de ir a peor en el futuro. Creciente inseguridad. Paro galopante. Educación deficiente. Crisis. Falta de horizonte. Sociedad civil desnortada, dispersa. Lo digo porque la primera temporada tiene ya once años, lo que la coloca en la vanguardia del boom de las series. Eso explica por qué pasó desapercibida en España. Entonces resultaba extraña, confusa, roñosa y agria. Sin embargo, a día de hoy, The Wire es perfectamente vigente, y podría estar hablando de Madrid hoy, con un alcalde obsesionado por su imagen y por cocinar cifras y con un déficit de 42 millones de dólares.

Conservador y populista, en privado admite, con sus propias palabras, que electoralmente hablando, casi vive de ser negro. Mentiroso frío, durísimo negociador y hábil político de masas, el alcalde Clarence Royce hace de la demagogia una rutina y abusa de su poder tanto como se lo puede permitir. Y a veces, más allá, como Buzz Lightyear y Gallardón.

 

Resulta de particular interés para el amante de la novela policiaca, criminal y de conspiración la profusión de detalles forenses, tecnológicos y administrativos. De hecho, en The Wire vemos cómo aprende un adocenado departamento de policía a adaptarse a los tiempos del teléfono móvil, la informática y los GPS. E inevitablemente, veremos a los narcos anticiparse y adaptarse, siempre un paso por delante, pues carecen de limitaciones, aunque tengan sus propios códigos. Todo va de eso, de diferentes códigos que tratan de descifrarse unos a otros constantemente y rara vez lo consiguen, en una partida de ajedrez que nunca termina porque a medida que caen las fichas, surgen otras nuevas, ¡plop!¡plop! ¡plop!, en un cuento oscuro de nunca acabar. 

 

Ajedrez los lunes al sol.
Si Lester está a la escucha, te puedes dar por jodido, negro.

 

Vemos una administración totalmente penetrada por las políticas de discriminación positiva. La frase “demasiado blanco para el puesto” se multiplica cuanto más alto sea el puesto. Somos testigos de contínuas negociaciones de trastienda. Vemos a alcaldes y concejales distraídos en sus juegos del poder, vemos a abogados de traficantes, a menudo hinchados de implicación con la causa de sus clientes, asambleas ciudadanas, somos testigos de campañas políticas en sus momentos más inconfesables, y somos testigos de las consecuencias dramáticas de los gestos más intrascendentes y aleatorios de una reunión de despacho, y también uno o dos policías idealistas que no se resignan a no hacer nada por cambiar las cosas, lo que ocasiona frecuentes encontronazos contra los mandos, y peor aún, contra la realidad.

Colvin no se resigna, y desarrolla su propio proyecto. Por ello será ridiculizado por sus superiores, por los vecinos y por los traficantes. Pero el tipo es persistente, y demuestra que las cosas siempre pueden mejorar, si el cargo electo está dispuesto a pagar el precio político. ¿Logrará sacar adelante a uno de esos negros de las calles, aunque sólo sea a uno? Negro, no apuestes tu camisa en esa mierda, colega.

Sobre todo, siempre vemos a gente. Gente buena, gente mala, pero nunca gente totalmente buena o gente totalmente mala, e incluso conocemos a algunos personajes de violenta dualidad, capaces de grandes actos y también de actos miserables, y también de actos que son a la vez actos de gran nobleza y de gran vileza al mismo tiempo. Seres capaces de la mayor ternura y abnegación, y de la furia más despiadada. Como Omar.

OMAR

El Caballero Oscuro. Omar, sicario por cuenta propia, a diferencia de los otros, no huye de sus miedos, sino que se enfrenta a ellos obsesivamente. Omar es un hombre valiente, y una figura trágica.

 

Omar tiene alma de cowboy. Se dedica a robar a traficantes. Es muy inteligente y creativo a la hora de elaborar los planes. Pero esa es solo su fuente de ingresos. Omar busca venganza. El rasgo físico que mejor le define es la cicatriz que cruza su cara de arriba abajo, de lado a lado. Y por cierto, la del actor, porque no es trabajo de maquillaje.

Es una leyenda viva, hasta los más altos narcos le tienen miedo o aprenden a tenérselo por las malas. Cuando los niños le ven llegar como una aparición con su escopeta, gritan “Omar’s coming!” y corren a esconderse, porque saben que va a haber tiros.

Omar es una paradoja, porque siendo un asesino de la peor estofa, el público empatiza con su dolor, con su condición (un marica entre traficantes, imperdonable), con su ingenio y con su código, pues es el único asesino que dirige su fuerza brutal contra los poderosos y no contra los débiles. Omar se rige por la ley del Talión, y no comparte su código con nadie más que con sus victimario. Sólo mata por mandato de su código, o por ayudar a un amigo, y nunca mata a inocentes. Y es que muy pocos lo son en The WIre, y nunca por mucho tiempo. Tal vez sea por eso que nunca llega a convertirse en objeto central de ninguna investigación seria, porque saca más traficantes de las calles, y a escopetazos nada menos, a un ritmo mucho mayor que la policía. Imagínense, un negro armado con una escopeta, suelto por los barrios bajos dejando su firma en un reguero de cadáveres, y nadie quiere detenerlo en serio. Hasta los policías bromean con esa idea cuando levantan los cadáveres de Omar: “Hace nuestro trabajo. Deberíamos ponerlo en nómina. Jo, jo, jo!” Chistes calcados de Batman, por cierto. Y es que Omar, sí, tío, voy a decirlo claro, parece salido de la imaginación de Frank Miller, una especie de Bruce Wayne negro, desposeído, salido del armario y en Baltimore nada menos, lo más parecido a Sin City que pudieron encontrar.

Sumamente carismático, Omar no quiere gustar a nadie, es leal siempre, habla de sí mismo en tercera persona, ofrece escenas de acción al estilo del cine de Eastwood (Omar tiene alma de cowboy) y su presencia en pantalla, o su sola mención, augura emociones fuertes. Omar es el personaje menos “realista” a priori, y la naturaleza de su personaje, misterioso y espectral, recuerda vagamente la figura de Batman, (no en vano, un niño que lleva puesta una máscara de Batman le ve llegar una noche a través de los ojos de la careta. ¡Es Omar, es Omar!). Justiciero a su manera, autoalimentado por la culpa y la venganza, negro, nocturno y trágico. Claramente, un personaje ficticio, ¿verdad? Cuál es mi sorpresa al comprobar que está basado, como todos los demás personajes y situaciones de la serie, en alguien real del lumpen de Baltimore.


 

"Omar escucha". Este negro sabe actuar.

A su pesar, pero formando parte de su propia puesta en escena de modo consciente, Omar es una inspiración para los niños, pequeños aprendices de gangster. En varias ocasiones, veremos a niños peleandose por ser Omar en el reparto de roles, disfrazados como una miniatura exacta de él y su banda de ladrones. Y cuando se deja ver a la luz, siempre son los niños los que le anuncian.

Libre, rápido y mortal, siempre se lleva la bolsa de las mafias. En varias ocasiones serán los niños los portavoces que cuenten a los matones las hazañas de Omar. Sin embargo, nadie sabe nunca toda su historia, o cuáles son sus motivos. Su único amigo en el mundo es ciego, nunca le ha visto la cara. Pero ha visto su alma. Omar no tiene rostro, y todos le temen. Y, como si los propios guionistas tuvieran problemas para dar con él, cuando Omar desaparece, no le vemos, sólo aparece en aparente aleatoriedad, siempre por sorpresa, en el momento menos pensado, y el público pronto aprende a temblar con sus apariciones. Es un ser atormentado, un poltergheist de barrio bajo. Un bug del sistema, un efecto inesperado del darwinismo gangsta, que como una pieza que no encaja en el mecanismo, rompe todos los engranajes y sólo deja destrucción a su paso. Omar reparte justicia ciega, como un profeta del Antíguo Testamento. Lleva la tragedia grabada en su destino desde el primer minuto, y aunque a veces parezca invulnerable, Omar, pobre desgraciado, no es más que un ser humano. Ojalá encuentre la paz. Aunque no la merezca ni valga para ella. No tiene nada que ver con merecerlo, ¿no?

También hay en The Wire personajes de enorme inteligencia capaces de las mayores meteduras de pata, y tipos estúpidos con verdaderos momentos de lucidez. Seres cínicos, y otros, prisioneros de su código ético, como el propio Omar, o D’Angelo Barksdale, sobrino con conciencia del clan Barksdale.

Hay otros personajes duales más malvados, como Proposition Joe, el relojero, mortífero “si procede”, pero pragmático y reflexivo.

La gestión de Prop Joe augura planes cuidadosos y aplica una violencia dosificada con perversa sabiduría. Con Joe nunca hay muchos cadáveres, su negocio es la discreción. En el áspero universo de The Wire, uno llega a apreciar sus apariciones por eso mismo, porque minimiza las bajas a la vez que las asegura. Sin embargo, además de hábil estratega, es un asesino cruel y despiadado que puede ordenar muertes y torturas terriblemente injustas, sin pestañear, sólo por negocios. Pero no sin haberlo meditado, eso seguro. En un momento de la serie, se presenta a un personaje con la siguiente frase, quedamente recitada: “Hola, mi nombre es Proposition Joe, y si me tocas los huevos me cargo a tu familia”. Joe es así, perro ladrador, poco mordedor, pero cuando muerde, lo hace a lo bestia y no tira faroles. Su negocio-tapadera, su profesión inicial, es la de relojero. Los careos de Proposition Joe son espectaculares, ese tipo es precisión, y no mueve un músculo de más.

 

Proposition Joe es el perfecto ejemplo de demonio con rostro amable.

Somos testigos de hechos fortuitos, casi siempre desafortunados. Escándalos que se entierran, escándalos que se destapan, ejecuciones, escuchas, ventas, sobornos, titulares falsos, prevaricación endémica, traficantes traje y corbata, policías en el arroyo. Y yonquis. Yonquis por todos lados, que fluyen desde todas las arterias de la ciudad y viajan al oeste a por su dosis.

AL FINAL DEL WALK ON THE WILD SIDE

The dickensian aspect

 

Bubs merece mención aparte. Es el personaje que marca la diferencia en una serie. Lo nunca visto. La vida, no bullshit, de un yonqui indigente cuarentón, simpático y lenguaraz heroinómano. Trabaja de buhonero de los barrios marginales. Con su carro de supermercado lleno de chatarra, revende camisetas, teléfonos y cualquier cosa. Hará excelentes trabajos verdaderamente arriesgados como soplón ocasional por los que el departamento puede recibir cientos de miles de dólares de subvención, y él sólo ve diez, quince pavos, dependiendo de cómo los negocie con su controlador policial.

Bubs decepcionará al público, se decepcionará a sí mismo, caerá, volverá a levantarse, volverá a caer y levantarse, y nos mostrará por el camino el infierno, donde no hay electricidad, donde hay carros tirados por burros, donde se hacen mamadas en plena acera a un dolar, y las madres regañan a los hijos que no quieren ser traficantes. Bubs, el viejo y bueno de Bubsy, vivirá mil aventuras, y aunque su actitud positiva y su altruismo natural le harán merecedor de toda nuestra simpatía, lo normal será verle recibir palos, palos morales, económicos, anímicos y por supuesto, físicos. Bubs es inteligente, pero es también un indigente adicto a la heroína, un hombre bueno, débil y muy vulnerable que a pesar de vivir en la calle nunca llega a perder la lucidez lo suficiente como para perder de vista un lejano pero posible respeto por el alma humana. Un personaje para los anales de la ficción. De todos los personajes, es de Bubs por quien más temí siempre, porque The Wire no hace concesiones con los personajes débiles, y lleva las cosas hasta sus últimas consecuencias. No es inocente, pero es bueno e inofensivo, y beneficioso para su entorno inmediato. Lleva la redención en su destino. ¿La logrará, o caerá en el camino? Pobre y bueno de Bubs, víctima de sí mismo más que de ningún otro.

Una especie de secuela de Zipi y Zape. Zipi se quedó por el camino, y Zape nunca aprendió.

 

CONSECUENCIAS

De eso va la serie. Somos testigos de excepción de los actos y sus consecuencias, que se traducen en otros actos que tienen a su vez sus consecuencias. No bullshit, nigger. Sin sacarina. Podemos ver cómo un personaje de varias temporadas muere, paf, así, fin de la historia, a otra cosa. El mundo no se detiene. Sin tremendismos. Sin exagerar. ¿Para qué?

Eh, tío, ¿quién será ese negro? No se le ve la jeta.

 

De hecho, nos sorprenderemos a nosotros mismos apiadándonos de algunos de los seres más nefastos en sus últimos momentos. Pero la rueda siempre gira, ninguna historia llega a un callejón sin salida. La realidad es un reloj que nunca se detiene, y aunque a veces sus agujas no se muevan, los engranajes siempre, siempre continúan girando. Nadie se queda quieto. Todo se mueve. Proposition Joe se encarga.

The Wire está hecha de detalles. Es un trabajo realmente inspirado, y mantiene la misma calidad, tono y reparto, con permiso de los geniales, minuciosos e inclementes guionistas de gatillo fácil, durante sus cinco temporadas. Si te embarcas en su visionado prepárate para ver quince pasos atrás por cada paso adelante. Una de arena y quince de cal, de la de tapar cadáveres. Pero siempre, siempre, por asquerosamente reconocible que sea la realidad en The Wire, su perfecta maquinaria llena y vacía a un tiempo al espectador. The Wire vacía las espectativas del público, pero lo llena de sentimientos, desherrumbra el engranaje mental más atorado por el desuso, y te enfrenta a tu propia realidad sin posibilidad de escape, pero eso sí, espectacularmente fotografiado.

Way down in the hole

 

Su mecánica de aparente lentitud y realismo esclavizante que impide los arranques frenéticos y los clímax perfectos, evita a la vez cualquier viso de maniqueismo, y proporciona al producto la solidez de una trama que avanza por inercia propia, impulsada por el imparable peso específico que el guión va ganando por acumulación de buen y buen y buen hacer. Sí señor, la cruel The Wire es autoayuda de primer orden, es crónica social de primera mano, es Sun-Tzu, es verdad, y es además gran, gran cine en amargas y adictivas dosis de cincuenta minutos.

Voy a atreverme a blasfemar unas frases que resuman todo ese trabajo, lo que parecen decir los narradores, o por lo menos lo que me ha parecido escuchar. Por jodidas que estén las cosas, siempre proclives a empeorar, nadie te promete que lo vayas a conseguir, pero siempre, siempre se puede intentar. Siempre se pierde algo, y todo depende de lo que estés dispuesto a sacrificar, de la voluntad que le eches, y por supuesto, de la suerte. Nadie dijo que fuera fácil, y como ya se ha dicho aquí, no tiene nada que ver con merecerlo. Y, negro, aunque seas un cabrón, procura no ser un puto cabrón. (Bueno, eso último lo añado yo)

————–

DETALLITOS

Una de las características más llamativas es ver cómo cada capítulo tiene su propia cabecera, hecha de recortes de escenas que ya hemos visto o que aún estamos por ver. Sólo dos planos se mantienen en todas las cabeceras de las cinco temporadas. Uno es un chico negro encapuchado tirando una piedra a la cámara. El otro, un reguero de sangre que refleja las luces de sirena azul sobre el asfalto. Todos los demás planos son transitorios. En The Wire todo es negociable.

La canción Way Down in the Hole tiene una versión por temporada, siendo mi preferida la de Tom Waits, claro, la de la segunda temporada.

No llega a ser a versión por capítulo como los cansinos de Weeds (¿por qué temporada irán, por la doce?) ni falta que le hace. 

Curioso que saque a colación la serie Weeds, paradigma del tratamiento ideológico, frívolo e intrascendente de las drogas, prueba fehaciente de que se puede ser a la vez fátuo, estúpido, irrelevante y a pesar de todo, entretenidillo. Volvamos, para terminar, hablando de series de verdad.

Otra de las características de The Wire es el gusto por el paisajismo urbano feo, portuario y herrumbroso. A lo largo de sus cinco temporadas, la calidad fotográfica de la segunda unidad quita el aliento durante las cinco temporadas (especialmente la segunda) ofreciendo planos antológicos, naturalezas muertas de regusto apocalíptico que ilustran la decadencia, la mugre y el abandono de una sociedad que no sabemos si está en proceso de construcción o de demolición. He conservado en mi disco duro algunos de esos paisajes. No los tengo todos, sólo algunos. Si hubiera capturado cada paisaje increíble, mi tecla F9 no estaría ya entre nosotros. Os dejo una muestra de esos paisajes, aunque sólo sea por la paradoja de destacar naturalezas muertas en una serie que describe con obsesiva eficacia el fenómeno del homo-sapiens-urbanita.

The Wire. No te la pierdas. Garantizada. Ya me lo dirás, negro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y acabo de encontrar un link del bloguero Moltisanti que se ha currado la lista de frases iniciales. Al final de cada cabecera, siempre leemos una frase que algún personaje va a decir durante el capítulo correspondiente. Me permito colgar el enlace aquí por su interés innegable.

 

Pincha en la frase para ver el resto desde Carrusel de Series

IMDB posee un enlace con algunas otras frases y diálogos memorables. Pincha aquí. Antológico.

Para terminar, ahora sí de verdad, diré que de la maravillosa Ratatouille, como de un artículo de Javier Marías, saqué que criticar y destruir el arte es fácil y cobarde, y que es un acto valeroso manifestar las filias de uno con tanta rotundidad, porque hipoteca el prestigio de su propio criterio a la vista de todos. En ese sentido, con The Wire, eso no pasa, porque es demasiado buena y se defiende sola, y cuando uno la ve, quiere ser el primero en recomendarla. En este caso me siento el penúltimo en llegar, pero como es una serie desconocida, pues he pensado en tí, porque eres el que aún no la ha visto, you fuckin’ nigga’ mothefucka, hah?

And dont you ever turn your back to fuckin’ Marlo, ok, negro?

Fuckin' Marlo

 


 

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