ARTUR MAS CORRUPTO QUE SU PADRE

Desde luego, si una comunidad autónoma tiene el premio a la ignominia, al ridículo nacional y a la miseria moral y estética, esa es, sin duda, Cataluña.

¿Desayuno catalán? ¿Pan mojaucho en tomate de cámara frigorífica? ¿Obligatorio en los sitios de lujo? Pues que se lo unten bien por abajo, así les entrará mejor la ristra de butifarras que les va a meter la realidad por sus culos de lujo provinciano de nuevo rico quiero y no puedo, que es lo que es el independentismo catalán: un desayuno de lujo para políticos totalitarios y adinerados.

Pan mojaúcho en tomate, que por lo demás ni se llama así, ni es específico de Cataluña, ni es más que, como el gazpacho o el salmorejo, una comida típica de gente del campo, con poco acceso a los filetes, extremadamente alejada de la repugnante clase política catalana, representada a la perfección por Artur Mas (o Mastur Bas, según se mire).

Sí, hombre, Artur Mas, ese que tiene pinta de proxeneta, con sus trajes caros y su casposo corte de pelo. Sí, hombre, ese que tiene en Suiza 2.000.000 evadidos de España por su padre, delictivos, pero prescritos, figurando una copia de su DNI (español, claro, para los dineros no hay inmersión) en la cuenta, pero que dice se ha enterado por la prensa, que él no sabía. Ese Artur Mas. El propio nombre lo dice. Mas. Mas. Y todavía Mas.

Ha bastado la ausencia de alegría y de jolgorio al enterarse para evidenciar la bochornosa mentira. Político corrupto, aparte de corrupto y también de corrupto.

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Pero no acaba aquí la cosa. Ahora, cuatro independentistas armados con navajas y tijeras han asaltado un acto de Ciudadanos, amenazando, rompiendo y lanzando el mobiliario a los presentes. Una vez reventado el acto, y al grito de “¡Iros a España!” han escapado huyendo al metro. Tristes imitadores de becerro vasco zurdo.

La intolerancia no tiene patria, pero en Cataluña se está amasando un estado étnico totalitario con un estilo muy, muy propio, muy estelado y acentoso, lleno de políticos de lujo, de corrupción institucional y de amenazas por las calles, que corroboran aquello que dice Carlos Dávila: en España no cabe un tonto Mas. O casi.

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