UNA ANÉCDOTA JUGOSA

Varios compañeros de trabajo hablábamos en corrillo esperando que diera la hora de entrar al trapo. Uno de ellos era de Bilbao. Siempre andaba exagerando su acento y voceando tópicos vascos. Podía resultar desde sipático hasta cargante. A veces se ponía así comentando las noticias, y entonces era cuando salía de su boca toda la retórica abertzale, así, en plan vascuence bruto, jijíjajá, camuflando su veneno en una broma de mal gusto. Cuando hacía eso, me revolvía las tripas, y eso lo disimulo bastante mal.

Aquella tarde, cuando ví que el vasco iba a tirar por ahí, saqué a colación que él en realidad ni siquiera sabía euskera. Un dato que yo no conocía de seguro, pero que ya daba por hecho.

El vasco reconoció que no hablaba euskera, pero usó su apellido para asegurarnos que era “vasco viejo”. Aún así, le picamos un poco por ello, jijíjajá, y rápidamente nos dijo algo así como tsu txakurra sara.

-¿Tsu chakurra sara?

Os he llamado perros.

-¿Y cómo se dice hijo de puta?- Dijo alguien, y el vasco respondió al punto.

Yo le pregunté que cómo se dice madero de mierda. Y él contestó al punto.

Entonces, le pregunté cómo se dice cerdo invasor, y también me contestó al punto.

Entonces le pregunté:

¿Y cómo se dice “te quiero“?

El vasco me miró, sin entender. Después, al ver mi sonrisa amarga, se puso colorado, clavó los ojos en el suelo y guardó silencio, incapaz de reconocer que esa frase, esa precisamente, no se la sabía.


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