11-M ¿DÓNDE ESTABAS TÚ?

Yo lo ví desde casa. Por un día, me había levantado pronto y me estaba tomando un café. Tenía en aquella época la costumbre de ver los desayunos informativos de la tele. Apunté con el mando y encendí el televisor.

La imagen apareció en la pantalla directamente. Los inconfundibles trenes de cercanías de Madrid, convertidos en amasijos humeantes. Miré en absoluto silencio las sucesivas oleadas de informaciones y contrainformaciones por un espacio de tiempo indeterminado. En cuanto oí ruido arriba, solté la noticia por la casa: “La ETA ha volado varios trenes de Atocha. Ha muerto un montón de gente”.

La jornada del 13-M la recuerdo como “La noche de los paraguas”. Fué un día plomizo, sin luz, y no paró de lloviznar. Un ejército de paraguas vagaban sin rumbo por las inmediaciones de la estación de Atocha. Altares improvisados, velas, paraguas, silencio. Me asomé, junto a una miríada de morbosos, sobre una tapia de la calle Téllez. Apenas se veía nada. Unos hierros entre la lluvia y la oscuridad. Pero ahí estaban. Una última mirada antes de que fueran desgüazados pocas horas después. ¡Qué poco sabíamos aún! ¡Y qué poco, menos aún, sabemos hoy!

En aquel momento, el pueblo español ya sabía que se estaba jugando algo muy gordo, pero tan de improviso, y en medio de semejante atentado, la sensación era de puro desconcierto. Lo único real parecía ser la cifra. Una, primero. Luego tres. Seis, quince, treintaicinco muertos. Cuarenta. Cincuenta. Ciento noventaidos muertos.

En casa de mi madre, recuerdo ver en la tele a Rubalcaba rompiendo la jornada de reflexión. También pude ver en las noticias las otras acciones del partido socialista, rodeando las sedes del PP. Ya me había llegado algo de lo que Gabilondo esparció durante días. Horas después, un exultante Zetapé era vitoreado presidente desde el balcón de Ferraz, radiante de alegría, en medio de cánticos, coreos políticos, una lluvia espesa de papelitos rojos, pancartas de PAZ y un alegre festejo, en mitad del desconcierto general. La ignominia, la traición y la mentira se habían apoderado de España. Y aún no está cerrada la herida.

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