PROHIBIDO TOSER

Y ya que nos ponemos, no me resisto a colgar ésta joya de Libertad Digital.

Ésta gente quiere legislarlo todo. Lo que hace un político incompetente cuando se encuentra un problema es poner una ley. Legislazo y tentetieso. Les mola prohibir. Se sienten jefes. Son los números uno.

Lo primero que he hecho al leer el titular es quedarme de piedra, con la tranquilidad que dio saber que estaría prohibido tirarme al río de tal guisa. Luego, al leer el interior, me entró la risa floja. Y después de la diversión perpleja, claro, llega el escalofrío.

Se supone que la prohibición de tirar piedras al río es para impedir la pesca irregular. Así que, para impedir la pesca irregular, prohíben tirar piedras al agua. Y digo yo: ¿no bastaría con impedir la pesca irregular? Porque digo yo que ya existirá una ley que prohíba la pesca irregular. Y por supuesto que existe, no les quepa duda.

El problema, o la excusa, es la falta de medios. Siempre faltan policías para vigilar a tanto caco. Así que, al no poder tener a una pareja de mossos por cada niño que tire piedras al río a ver si la piedra da saltitos como una rana, se prohibe tirar piedras, y a tomar por culo.

De nada servirá, pues ahora, los mossos que antes tenían que perseguir pescadores furtivos, ahora tienen que perseguir a todo aquel que tire piedras. Si antes no daban abasto, ahora mucho peor.

Que a nadie quepa duda que cuando la medida se revele un fracaso, se probarán nuevas estrategias, pero la prohibición continuará, y se le sumarán otras como por ejemplo: prohibido sintonizar esRadio cerca de los ríos, o prohibido hablar en español cerca de los ríos.

España sufre una sobredosis de leyes. Somos el segundo país del mundo en número de leyes. El primero es Italia. El país que menos leyes tiene es Alemania, modelo de eficacia. Pocas leyes, pero que se cumplen.

Con tanta sobrelegislación, toda prohibición está llena de recovecos, de interpretaciones. Y como consecuencia, se incumplen las leyes, y las prohibiciones no se respetan. La desigualdad crónica. La ley a medida del infractor. Todo vale. Caldo de cultivo para catástrofes previsibles.

Qué soltura tienen, los jodidos. Y con esas caras de gilipollas.

CHIVATAZO EN MALLORCA

Un asunto que se me quedó pendiente de comentar el año pasado fue éste que describió Libertad Digital:

El problema del que hablaba el joven enfermero se recoge en esta otra noticia.

Y parece que no fui el único a quien se le quedó pendiente el asunto. Don Arturo también lo recogió, un mes después de producirse la noticia, en éste artículo de muy recomendable lectura. Se llama CHIVATOS EJEMPLARES.

Queda aquí retratada nuevamente la tolerancia, de niveles cercanos a lo beatífico, de las izquierdas progre-nacionalistas. La ensaimada de los tolerantes con fronteras. Quieren un paisito en el que cualquier idioma vale, menos el español. Francés, alemán, mallorquín,…hasta el idioma de los pulpos, los salmonetes y los besuguillos, es más lícito que el español. Incluso la pancarta del lamentable acto contra el terrorismo que se improvisó éste verano en plena campaña terrorista en mallorca, estaba escrita en un idioma que no entiendo.

Me pregunto si no habrá alguna relación entre el comportamiento mafioso, de control lateral y anónimo, de la progresía, y la facilidad con la que parece moverse la ETA en Mallorca. Con lo peligroso que parece meterse en una isla a cometer un atentado. Con la seguridad añadida del Rey, que veranea allí. Parece claro que los más radicales independentistas mallorquines se toman muy en serio su ideario. Pero ni siquiera tan cerca tenemos que irnos para encontrarnos con gente normal, padres de familia, inocentes y solidarios estudiantes, amas de casa, que haría la vista gorda por un etarra (caridad cristiano-comunista), e incluso que pagarían por poder tomarse unas copas con un terrorista, brindar en bajito por la revolución que no pudo ser, con pose chunga de moriremos-con-las-botas-puestas. Los etarras son vistos con respeto desde las filas progre.

Sólo en los últimos tiempos me vengo dando cuenta, consternado, de cuántos enemigos ocultos tiene España.

LOS INMORTALES (paletos de ciudad)

Hablaba el otro día sobre los solidarios de sofá, y me acabo de encontrar un artículo de Don Arturo, muy reciente, que viene al caso. Haga click en el titular para leerlo.

Y enlazando el tema por otro lado, una vez leído el excelente artículo de Pérez-Reverte, quiero recordar una historia mucho más pequeñita, que me sucedió recientemente.

Hace muy poquito, el 10 de Enero, en plena nevada con ventisca, no se me ocurrió otra cosa que ir a echar gasolina. Para ganarle tiempo al madrugón. La gasolinera está muy cerca de casa, a medio kilómetro largo. Con el suelo nevado y visibilidad cero, arranqué el motor de mi cochecito cubierto con un palmo de nieve y, sin salir de la primera marcha, emprendí el camino a la estación de servicio.

No había nadie. Como si el manto blanco hubiera sepultado a las personas. Y en esto, veo un coche a cincuenta kilómetros por hora. En una situación así, es como decir que venía un coche como una bala. Lo peor es que se me acercaba por la derecha, directo hacia mí. Si hubiera ido a diez km/h, como yo, me hubiera visto venir, no nos habríamos encontrado, o yo mismo podría haberme detenido para que pasase su señoría del coche grande, o incluso el tipo habría respetado el STOP que le obligaba a respetar mi paso.

Pero el tipo no iba a diez, sino a cincuenta, y me había puesto en la trayectoria de una bala mucho más grande que yo. Supe que me iba a embestir un segundo antes, contraje el cuerpo y agarré fuerte el volante. Acelerar sólo habría empeorado las cosas. Me embistió por la derecha, y me desplazó al carril contrario.

No parecía mal tipo. Sólo repetía: “Yo he pisado el freno, pero no ha parado”. “Claro, porque iba usted demasiado rápido”, le respondía yo cada vez. Al final lo dejó estar. No parecía mal tipo. Tampoco me enfadé demasiado con él, el alivio me invadió cuando comprobé que sólo tenía daños de chapa, y que podría ir a trabajar en coche la semana siguiente.

Aunque, bueno, sí me enfadé con el tipo. No lo mostré, no me pareció muy práctico ponerme a clamar contra la picaresca del conductor en mitad de una ventisca. Y además, estaba tan cabreado conmigo mismo como con el otro tipo. ¿Por qué? Porque ambos pecamos de la misma necedad. La necedad de pensar que uno depende de sí mismo. De pensar que con un coche a todo riesgo, nada malo nos puede pasar. De pensar que un stop tiene una especie de airbag que te salva in extremis si alguien se lo salta y uno se cruza en la trayectoria de un autobús de tres plantas. De pensar que es lógico arriesgarse a cruzarse con un conductor irresponsable, por sólo quince minutos más de sueño.

Por mucho que pienso que era él quien iba descontrolado. Es así. Si no le llego a parar yo con mi coche, se cae en una acequia o peor, embiste contra el muro de un vecino del barrio. Peor aún, si el tipo se hubiera visto en dirección a unos chavales jugando con la nieve, se los hubiera comido sin remisión, viéndolos venir a cincuenta por hora.

Del mismo modo, si en vez de a cincuenta, me embiste a cien, me podía haber matado. Si en vez de un coche grande, me topo con un camionero confiado, no les quiero contar. Por quince minutos de sueño.

Cuarenta, cincuenta por hora. Imagino que el razonamiento es el siguiente: si normalmente, por una vía de 50 km/h voy a ochenta, pues entonces, si hay nieve, rebajo la velocidad de crucero a cincuenta. La falta de contacto con la realidad, y con el asfalto, es tota, en una nevada semejante. 50 km/h, una velocidad de viejecita para el conductor madrileño medio, te convierten en una bala, en mitad de una ventisca. Si en vez de un pobre Seat Ibiza el tipo se hubiera encontrado un acantilado, se marca el Thelma y Louise del momento, con los reyes en el maletero, sin descambiar.

Pero yo también pequé del mismo modo. ¿Cuándo? En el mismo momento en el que cogí el coche con semejante ventisca, con tan pobre motivo. Me comporté como si, al haber menos conductores, se redujese el peligro. A poco que lo hubiera pensado, me hubiera dado cuenta de que las probabilidades de tener un accidente por culpa de mi torpeza (la nieve pone a prueba la destreza de uno), o las de toparme con un conductor borracho, irresponsable, torpe o simplemente estúpido, eran mucho más altas ése día que cualquier otro día.

Por eso el tipo, un hombre educado y amable de unos cincuenta años, salía del coche repitiendo una y otra vez yo he pisado el freno, pero el coche no ha parado sin terminar de entender qué había podido fallar. Dando por supuesto que él, con nieve o sin ella, tiene derecho a ir a cierta velocidad.

Estúpidos humanos, paletos de ciudad. Pensamos que la sensación de bienestar asegura que a uno nunca le va a pasar nada. ¿Cómo me va a pasar? Si voy ahí mismo. Mira, ni me pongo el cinturón, porque entre que me lo pongo y me lo quito, ya he llegado. ¿Qué me va a pasar? Si voy yo sólo, ¿qué me puede ocurrir? ¿Cómo me va a pasar nada con éste cochazo? Si soy un conductor de puta madre. Con unas ruedas de dos mil euros y un motor de inyección. Con un seguro de puta madre, y además el coche no consume ná,  ¿cómo me va a pasar…?

Y pasa. Vaya si pasa.