SOLIDARIOS DE SOFÁ

La cadena SER vuelve por donde solía. Parece que ahora la campaña de descrédito se la va a comer Monseñor Munilla, el obispo de San Sebastián. Ser invitó a Munilla, y de todo lo que dijo el clérigo, los redactores usaron lo que quisieron, como quisieron. Se ha iniciado desde la Ser la campaña de descrédito hacia un hombre cuyo pecado es no ser un nacionalista vasco.

Ya sabemos que al PSOE y a los progres en general, el nombramiento de Munilla les ha sentado al estómago tal que una chirla revenida. No podía ser de otro modo, pues Munilla no es un cura nacionalista, como su homo antecesor, y eso duele mucho porque no rema hacia delante.

Como excusa, protestan porque es un cura de valores antíguos. Y digo yo que un cura ha de tener valores antíguos. No sé, llámenme obtuso, pero me entra un escalofrío sólo de pensar en un obispo cortado con el patrón de Pedro Zerolo. Aunque, ahora que lo pienso, ellos, progres y chorlitos culirrojos en general, no quieren un cura-zerolo, ni siquiera un cura-aído. Les bastaba con un cura-Setién, y con eso se hubieran conformado. Y ahí se les ve el plumero, pues deberían, al haber vidas en juego, haber agradecido los progres de la calle y los culirrojos de los medios, el cambio, al menos. Antes teníamos a todo un pro-etarra en lo más alto de la curia vasca. Ahora, a un clérigo al uso. Muy carca para las huestes de Zetapé. Pero es que a las huestes de Zetapé se les queda carca el mismísimo Sid Vicious. Me revela, tanta protesta por el nombramiento, que preferían a Setién. Y en el fondo, es así.

La Ser dejó hablar a Munilla, pero para informaciones posteriores se quedó con una frase, gravemente descontextualizada, manipulando así la información, pues las declaraciones de Munilla eran de sentido contrario al que parecía, una vez cocinadas las palabras por la Ser.

La Ser reprodujo incansable ésta frase de Munilla:

“Hay tragedias peores que el terremoto de Haití”.

Por supuesto, el aluvión de críticas hacia Munilla, por insolidario e indiferente al dolor, no han parado.

Munilla ha escrito a los medios una carta aclaratoria en la que evidencia la burda manipulación de sus palabras. El redactor le preguntó cómo creer en Dios ante el sufrimiento de tantos inocentes. Munilla respondió que el mal que sufren los inocentes no tiene la última palabra, y en ése sentido, el mal ha de ser combatido en occidente para dejar de ser cómplices de la pobreza del tercer mundo.

Son palabras de altura. Para buenos entendedores. No para gente con la cabeza llena de paparruchas. El terremoto de Haití ha sido tan trágico por la falta de infraestructuras, provocada por la pobreza que les procuramos. La culpa no es tanto de Dios, o de la Pachamama, como de los que se echan el dinero al coleto, o sea, nosotros y nuestra sensación de solidaridad con nuestro culo bien calentito en el sofá solidario de Ikea, mirando el Sálvame en nuestros televisores solidarios y con un solidario aire acondicionado colgando sobre nuestras solidarias cabezas. Ya quería echar la Ser la culpa a Dios. Y la culpa la tenemos nosotros.

¿Nosotros? Veamos.

Los ciudadanos comunes no se sienten culpables porque haya gente más pobre que uno mismo. Cada uno se las compone como puede. Y más en éstos tiempos oscuros y descarrilados. Es muy legítimo sentirse mal por la pobreza, pero con eso no basta, señores. Aquí los solidarios de la ceja creían que bastaba con que Zapatero gobernara para acabar con los males del mundo. Y si no basta, es que la culpa es de otro. De Munilla, de Aznar, de Rajoy, de Esperanza Aguirre, de George Bush.

Sin embargo, sentirse mal por los demás (¡oh, noble sentimiento que nos engrandece!) debería convertir a cualquier solidario de sofá en todo un activista y freedom fighter. Y con toda la gente que dice ser  solidaria con el tercer mundo, la pobreza ya habría sido erradicada.

Solidarios de sofá. Indiferentes ante la pobreza frente a casa (cutre, fea y mejor tú que yo), pero enfáticos ante la miseria exótica y lejana. Versión místico-yeyé del sociata común, ya sabéis, comunista con mi dinero, capitoste con el suyo propio. Aquí exigen a otros que se partan el culo en las dictaduras bananeras, protestando desde el sofá en medio del despilfarro. Solidarios de sofá.

No, la culpa no es de Dios, en el que no creen. La culpa no es de la derecha. La culpa es de los solidarios de boquilla, de los solidarios de micrófono, de los solidarios de escaño. Los solidarios de sofá. ¿Qué hacéis ahí pasmados? ¡Está muriendo gente! Y vosotros, que sois tan puros y tan plurales, tolerantes y progresistas, que os tiembla la voz, titilante el lacrimal, con éstas noticias tan terribles, ¿que hacéis? Yo no soy solidario ni tengo por qué. Es responsabilidad vuestra, zetapines de chancleta y aire acondicionado, si no estáis allí dejándoos matar contra las dictaduras que esquilman a sus pueblos, en lugar de estar aquí lamentándoos por que no os conceden otro crédito. ¿No os dáis cuenta de que si hay tanta pobreza es precisamente porque los solidarios os habéis quedado en casita?

Cuánta tontería y cuánta paparrucha. Mucho jeta es lo que hay.

Por lo demás, los progres claman que ¡tanto oro en el Vaticano!, ¡se salvarían tantas vidas…! Snif, snif.

No saben, y si lo saben se lo callan, que es la iglesia la que más hace por los pobres. Las ayudas económicas que envían las democracias puntualmente a lugares siniestrados se las quedan los señores feudales de cada país. Es dinero perdido, pues, y de paso engorda y afianza la injusticia. Papel que limpia conciencias progres, suave, doble capa, y a tirar de la cadena. Son los misioneros los que se quedan allí a pringarse de sangre y de mugre, de lepra y de SIDA. Ni Zerolo, ni Zetapé, ni Aído, ni nadie a sus órdenes. Sólo los misioneros.

La iglesia es la gran ONG. Culirrojos sin fronteras, en cambio, son un negocio como cualquier otro. Otra forma del mismo socialismo infame de siempre.

Conocí hace tiempo a un grupo de aspirantes a cooperantes. Torpes, gandules, delicaditos y de gran pereza mental. Gracias a ellos acuñé la imagen mental del cooperante inoperante. Para todos ellos, todos progres, todos chancleteantes portadores de rasta-tatu-piercings, casualmente, la Iglesia era su gran bestia negra.

Y no es de extrañar. Una ONG sólo se forma si es viable económicamente, y para ello tiene que contar con donaciones y subvenciones. Si falta el dinero, ahí te quedas, mandingo. Aquí no hay negocio, yo me voy a Haití. Ahí está ahora el epicentro del dinero público. Y mañana Dios dirá.

Sin embargo, la Iglesia siempre tiene fondos, y las misiones se quedan de por vida allá donde hacen falta. Son la más dura competencia para quien quiera entrar en el negocio del altruismo, pues, aún reparando en gastos, su inversión va, por vocación, a fondo perdido. No abandonan. Y no hay ninguna empresa que pueda competir con eso. Es el monopolio de la solidaridad. De la VERDADERA solidaridad. Y es un monopolio perenne, porque carece, más allá de cuatro advenedizos, de verdaderos competidores.

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