HISTORIA DE RICHARD KUKLINSKI: (VIII) Arena en el engranaje

En los últimos setenta y primeros ochenta, empiezan a manifestarse fallos en el mecanismo de relojería que mantiene a Richard alejado de todas las investigaciones policiales. Como él mismo vaticinaba, De Meo no podía durar, un asesino tan sanguinario e impulsivo sólo podía atraer la desgracia. Sin embargo, no toda la culpa era de De Meo. Richard, a pesar de haber en un entrado de paranoia contínua que le hacía variar contínuamente sus rutas, a menudo efectuando giros inesperados y aleatorios mientras conducía, tratando de despistar y desconcertar a cualquiera que le estuviera siguiendo, un día cometió un error de bulto al ocultar un cadáver.

Tenía que cobrar a un tipo, Malliband, que siempre se las arreglaba para enternecer a los cobradores. Al final, quedó claro: no quería pagar. Incluso amenazó a Richard. -¿No querrás que le pase algo a tus hijitas, eh, Richard? El cual, sin pensarlo más, le disparó cinco veces. Ocultó su cadáver en un bidón, sin quemarlo. El bidón fue a parar a un pozo, pero la tapa se rompió al caer, y el bidón comenzó a sangrar. Cuando, al poco, el dueño del desgüace descubrió el cadáver, la policía se presentó en la oficina de Richard. No lograron relacionarle con el homicidio, pero había estado a punto. Nunca habían llegado tan cerca.

Tiempo después, Phil Solimene debía dinero a su cuñado Percy House, y éste le apretaba las tuercas sacándole información. House trabajaba para Richard como ladron de casas de lujo. Solimene contó lo de Richard y el desdichado Malliband, y otros secretos. Corrió la voz y mucha, mucha gente, estuvo al corriente de aquella muerte en particular.

Sí tuvo De Meo mayor incidencia en la siguiente falla en la gestión de riesgos de Kuklinski. Había un tipo, Peter Calabro. Un tipo despiadado, que había tenido tratos de sangre con el propio De Meo. Calabro entró en tiranteces con Gravano, un Capitán de los Gambino, y decretó su muerte. De Meo también decidió la muerte de Calabro, y ofreció A Richard para que hiciera el trabajo, cuya logística proporcionó Gravano. Richard esperó a Calabro con la furgoneta cruzada en la carretera, agazapado tras el capó. Cuando Calabro llegó, redujo la velocidad, y Richard le disparó en la cabeza, a bocajarro, con una escopeta de postas de dos cañones. Calabro murió en el acto. Richard lo dejó allí, los hombres de De Meo se ocuparían del cadáver. Richard no lo sabía aún, porque Gravano, entre toda la información que facilitó a Richard, olvidó incluir un dato fundamental: Calabro era un corrupto. Un policía corrupto. Un policía.

El asunto Masgay tampoco resultó muy beneficioso, a largo plazo. Masgay era cliente de Richard y Solimene. No quería pagar una partida de cintas vírgenes. Concertó una cita entre Masgay y Solimene en el almacén de éste, y Richard mató a Masgay de dos tiros en la cabeza. Ocultaron el cuerpo, concienzudamente ésta vez, pero Solimene también se chivó de ésta muerte cuando habló del asunto Malliband a terceros, y el rumor que relacionaba a Kuklinski y varios cadáveres con nombre y apellido salió a la luz.

Richard sentía que perdía el control de su seguridad. Demasiada gente estaba al corriente de sus andanzas. Descargaba la rabia que ésto le producía matando a golpes, con sus propias manos y empleándose a fondo, a sus víctimas. Mató de ésta manera a no menos de diez tipos, muertes todas aprobadas por la Familia, usándolos como sacos de boxeo. Matar con sus manos le proporcionaba una poderosa sensación de control.

Por aquellos días, el detective Pat Kane investigaba una red de asaltantes especializados en casas de lujo, una banda que llevaba un tal Percy House, cuñado de un tal Phil Solimene, y a las órdenes de un tal Richard, el Grandullón. Y sus pesquisas le llevaron hasta la indiscreción de Solimene. Kane andaba, pues, tras la pista de Percy House y un tal Richard, el Grandullón. Cuando se detuvo a House, éste no quiso hablar. Temía demasiado a Richard. Sin embargo, Kane encontró a una mujer, amante de House, que sí habló. Aquella mujer les dijo el nombre de Richard. Dio detalles de la muerte de uno de los miembros de la banda de asaltantes. Richard los había matado para que no hablaran, y House tenía suerte de estar en la cárcel. Kane encontró uno de los cadáveres, tal y como lo había dicho la mujer. El detective ya tenía nombre, cara y dirección para El Grandullón, su gran x: se llamaba Richard Kuklinski. Kane se dio cuenta de que no estaba ante un caso de robo con asalto, sino ante algo más grande. Su olfato no le engañó.

Richard, sin saber exactamente lo que se estaba cociendo, podía también oler a la policía en el ambiente, y cambió de lugar el cadáver de Masgay, pero alguien lo volvió a encontrar por casualidad, y Kane empezó a tirar del hilo: cintas vírgenes, almacén de Solimene, Richard Kuklinski.

Richard, por entonces, llevaba negocios de compraventa de armas y drogas por todo el país, y no bajaba el ritmo de cadáveres que dejaba tras de sí. Aquellos primeros 80 fueron muy violentos, las bandas mataban a cualquiera por cualquier motivo, si alguno.

Pronge, el heladero de Mister Softee, también empezó a inquietar a Richard. Encargó a Kuklinski la muerte de la señora Pronge, y de su propio hijo. Richard se negó por una cuestión de principios, pero se quedó inquieto por los derroteros que tomaba su amigo. Otro día, Pronge le confió a Richard que le habían encargado la muerte de una familia, y que planeaba matarlos envenenando el embalse que regaba sus tierras. Lo que hubiera matado a varios cientos de personas. Richard ya no se fiaba de Pronge. Un día le hizo una visita sorpresa. Pronge trabajaba en su carrito de Mister Softee. Allí mismo, Richard le disparó cuatro veces por la espalda, con silenciador. Salió de allí y nunca volvió.

A Hoffman, el farmacéutico, también lo mató por aquellos días. Richard ya no se fiaba de él. Le convenció de hacer negocios en el garaje de Richard, y allí le disparó en el cuello. El arma se encasquilló para un segundo tiro, y Richard tuvo que pelear con Hoffman a vida o muerte. Acabó empapado de sangre, y tuvo que darle otro golpe letal en la cabeza para rematarlo. Lo selló en un bidón y lo dejó en un descampado, a la vista de cualquiera. Un día, el bidón desapareció, y nunca más nadie preguntó por él.

Roy De Meo había caído en desgracia. Era una sombra de lo que fue. La cocaína y la paranoia se lo habían merendado. La última vez que él y Richard se entrevistaron a solas, Roy se puso a contarle sus penas, todos están en contra mía, estoy en el punto de mira. Richard comprendió que Roy de Meo tenía los días contados, y que era cuestión de semanas que alguien lo quitara de enmedio. La única razón por la que Roy no tenía más enemigos era porque mataba a todo el mundo. Sus amigos estaban muertos, o con otros capitanes. Richard supo que nadie haría muchas preguntas si aparecía muerto y que, si lo dejaba escapar, nunca consumaría su vieja venganza. Aquí te pillo, aquí te mato, que se dice coloquialmente. Le disparó en el coche cuatro o cinco veces, a quemarropa, y lo remató a golpes de pistola. Un viejo sueño. Lo metió en el maletero, y ahí dejó Richard a De Meo. Y nadie preguntó por él.

Con House entre rejas y Pronge, Hoffman y De Meo muertos, Richard se quedaba sin opciones. Por otro lado, el detective Kane ya estaba tras la pista de Richard, y sólo estaba esperando a que éste cometiera un error. Richard era muy precavido, y por tanto, era muy difícil someterle a un seguimiento. Los policías siempre terminaban por perderle la pista. Pero era una cuestión de tiempo y perseverancia. Kane comprendió que sólo podría llegar a Richard a través de Solimene.

Richard, por aquellos días, andaba metido en tráfico de divisas, compraventa de krugerands. Voló algunas veces a Zurich, y una vez, incluso a Nigeria. Su socio en ésto era un tal John Spasudo. Era un negocio lucrativo, y permitía a Richard quitarse de enmedio casi todo el tiempo, lo que ralentizó la investigación de Kane.

El tal Spasudo no era santo de la devoción de Richard, que lo tenía por algún tipo de degenerado sexual. El tipo ofrecía sexualmente a su mujer, y también a su amante, lo que incomodaba a Richard. El colmo llegó para Kuklinski cuando Spasudo presentó a Richard a otro tipo, uno que tenía muchos niños pequeños secuestrados en el sótano para disfrute de cualquiera. Incluso le ofrecieron uno a Richard, que declinó fríamente. Cuando Richard vio aquello, supo que mataría al tipo, pero antes tuvo que volver a Zúrich.

Spasudo le encargó otro lucrativo viaje a Zurich. Allí mató a un abogado árabe que pedía más dinero. Lo hizo con su spray de cianuro. De vuelta en casa, se pasó por “la guardería” del amigo de Spasudo. Allí estaba el tipo, con dos tipos de feo aspecto. Richard los mató a los tres, y liberó después a los niños. Ésta escena recuerda un poco a Taxi Driver.

También sorprendió a Spasudo acostado con una niña, un día al visitarle por sorpresa. Richard sabía que no podía matarle sin más, porque demasiada gente los relacionaría inmediatamente, pero juró matar a su degenerado socio. Además, era su única salida laboral seria. Mientras, iba y venía de Europa (Zurich, Luxemburgo…) primero comprando y vendiendo dinero, llegando más tarde a rechazar incluso una venta de diamantes de contrabando. Sabía moverse por Europa, se las arreglaba bien. Su contacto allí era Remi, un abogado corrupto hasta las trancas, y trabajaban bien juntos.

En casa le esperaba otra cara nueva. Un tal Dominick Provanzano, viejo amigo de Phil Solimene. Éste Provanzano era un maleante estrafalario, dandi grasiento, con peluquín falsísimo y bigotillo. Éste Provanzano conseguía cosas raras, pedidos especiales. Phil respondía por él. Provanzano empezó por pasarse por la tienda, el local de Phil, dejándose caer de cuando en cuando, convirtiéndose en parroquia habitual, con el tiempo. Su “gancho” era el propio Phil. Su controlador, Pat Kane. Dominick Provanzano era el alias de Dominick Polifrone, agente infiltrado. Su objetivo prioritario era propiciar la detención de Richard Kuklinski haciéndose pasar por un maleante de bajos vuelos. Y estaba haciendo un trabajo realmente bueno.

Richard, por aquella época, ya vivía en la contínua sensación de que en cualquier momento, un grupo de federales le daría el alto saliendo de todas partes. Intuía, además de sospechar, que Solimene no era seguro ya, y aunque mantenían contacto telefónico, Richard dejó de pasarse por la tienda. La imaginaba llena de micrófonos, probablemente. Sabía que todo podía terminar en un segundo, y no se fiaba de nadie. Hasta el novio de su hija Merrick sabía demasiado acerca de sus actividades. Richard barajaba contínuamente si matar al chico, pero como él y Barbara lo apreciaban, nunca llegó a dar el paso. Se podía decir, sin temor a equivocarse, que Richard tenía planes para todos.

ENLACE A ICEMAN IX: EL ÚLTIMO VALS

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Éste final de capítulo me recuerda al final de uno de los nuestros, con Henry Hill en horas previas a ser detenido, y un helicóptero sobrevolando su cabeza.

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