HISTORIA COMPLETA DE RICHARD KUKLINSKI: (V) El Hombre de Hielo

AÑOS SETENTA

Corren los años setenta. Richard, siempre elegante con sus trajes de colores chillones, continúa con su negocio del porno. Aún sin deber ya nada a la mafia, sigue ganando y perdiendo dinerales.

La vida familiar continúa como siempre. Richard puede ser un ángel del cielo, un hombre generoso y gentil, pero su humor puede girar en un segundo, convirtiéndose en un monstruo feroz. Tras sus arranques de ira, Richard goza de cierta calma, que le lleva a un estado de lucidez en el que habla sin cortapisas acerca de sí mismo. Y es con Merrick, su preferida, con quien se sincera Richard.

Si algún día me enfado tanto que tengo que acabar con todos vosotros, Merrick, a tí será a quien más me cueste matar. ¿Lo entiendes?

-Sí, papá.- Y claro que entendía, la pequeña Merrick.

Barbara sabía que Richard, celoso crónico y violento, guardaba resentimiento por el pequeño Dwayne. Pero tuvo éxito en su tarea de desviar las iras de Richard hacia sí misma.

Kuklinski detestaba a De Meo, deseaba matarlo con sus propias manos. De Meo era una imposición de la mafia, y Richard, en ése sentido, le respetó siempre porque De Meo era de la familia. Y Richard aún debía dinero a la mafia, de modo que no le quedaba más remedio que tragar por el momento.

De Meo le hizo un encargo importante. Rotherberg debía morir. Rotherberg era productor de películas porno. Su mercado se beneficiaba del hecho de que Rotherberg producía películas porno que entraban en lo delictivo: animales, menores, sexo extremo. Atrapado por la justicia, hizo un trato e informó a la policía. Y amenazaba con hablar más. De Meo y Rotherberg tenían relación pública, de modo que el trabajo tenía que hacerlo uno de fuera.

Richard acepta encantado, y lo planea en solitario. De Meo le ha facilitado todo tipo de informaciones sobre Rotherberg. Richard siempre busca la resolución más sencilla. Para ello, efectúa un seguimiento, buscando las pautas de la presa, y esperando una ocasión idónea. Acecha en su furgoneta de cristales tintados. Provisto de sandwiches de pavo y pan de centeno, gaseosa, una botella de plástico como orinal, música country y paciencia. Mucha paciencia. Y un 38 con silenciador.

Un día, se da la ocasión idónea. Rotherberg acompaña de compras a su mujer. Él espera fuera de la tienda, mientras ella hace sus compras. Richard acaricia su arma. Es el momento.

Pero entonces se presenta De Meo con su primo Dracula, y otro de sus hombres, frenando ruidosamente frente a la tienda. Encuentran a Richard, se plantan frente a su furgoneta. Richard , consternado, ve a Rothberg salir corriendo, asustado. La principal razón por la cual se encargó a Richard el trabajo era que Rotherberg conocía a De Meo. -Joder, habéis arruinado el trabajo.- Agarró su arma y siguió a Rothberg hasta un callejón. Sin testigos, le disparó dos veces, con silenciador. Indetectado, entró en la furgoneta y desapareció.

Estaba tan cabreado que hubiera matado a De Meo con sus propias manos. Para Richard, aquello había sido una chapuza. Entonces, de camino a casa, Richard tuvo un problema con otro conductor. Clásico rifirrafe entre conductores cabreados.

Aquel tipo cometió un error fatal. Levantó el dedo y dio por zanjada la disputa. Richard le siguió hasta un lugar discreto, y un semáforo les cerró el paso. Richard se bajó de la furgoneta, se acercó al coche del tipo, y le disparó un tiro en la cabeza. Richard condujo hasta su casa, se deshizo del revólver y cenó con su mujer y sus hijas, relajado.

Roy nunca pagó a Richard por la muerte de Rotherberg. Mucho mejor, le dijo a Richard que estaban en paz. Lo cual perdonó la deuda de 50.000 dólares que debía Richard a la mafia, ya todo intereses. Paradojas de la vida, lo que para Richard fue una chapuza, un borrón en su historial, para los Gambino había sido un gran golpe, salvó a muchos jefes de ir a la cárcel y de ahorrarse mucho dinero en el proceso. Richard, de paso, dejó de ser un primo, un idiota que les debe dinero, y pasó a ser un asociado. Como Rotherberg, antes de cagarla. Tipos que hacen tratos con la mafia, incluso entran en el organigrama, aunque nunca puedan pertenecer a los Gambino, por no ser italianos.

Richard ya era una leyenda entre los profesionales. Empezó tras el asunto Rotherberg, la leyenda entre los jefes. Richard era un fantasma. Si le veías la cara, ya no veías nada más. Nunca había testigos, y si actuaba en público, nadie parecía haber reparado en él. Y sobre todo, Kuklinski nunca fallaba.

Hubo muchos encargos después de aquel. Algunos encargos le gustaban más que otros, pero siempre sintió predilección por matar a violadores, especialmente, a violadores de niños.

A Richard le cayó otro trabajo importante. Un tipo de la Familia, en Los Ángeles. Estaba pasando información a los federales. Si lo mataba, Richard volvería a salvar a muchos de ir a la cárcel. Se desplazó a Los Ángeles y acechó al tipo. Encontró un lugar discreto donde esperarle, y allí aparcó su furgoneta, con la ventanilla entornada. El tipo pasó frente a Richard, que disparó sólo una vez. El tipo cayó muerto. Richard condujo de vuelta a casa.

Kuklinski estaba abierto a sugerencias, y el cliente podía pedir extras, por un precio. Que sufra, métele tal objeto por tal orificio, o bien que su familia no pudiera tener el ataud abierto en el funeral. También se reservaba el derecho de aceptar trabajos. Así, nunca aceptó matar a una mujer, o a niños. Culpables o inocentes, eso no le importaba. Y a veces lo hacía más divertido.

Como ejemplo, el caso del cubano. A Richard le fue encargada la muerte de un cubano. Había violado a la hija de catorce años de un amigo de la Familia. El encargo exigía que el tipo tenía que sufrir.

Dicho y hecho. Richard viajó a Miami y acechó a su víctima. Usó el procedimiento de la rueda pinchada para hacerse con el tipo. Lo llevó a las afueras y lo ató a un árbol. Lo desnudó y le arrancó los testículos con sus manos. Luego, le cortó el pene y se lo enseñó. Después, le fue cortando en filetes, y finalmente, lo abrió en canal y las tripas cayeron al suelo. Se deshizo de los restos tirándolos al canal, para que fueran pasto de los tiburones.

Volviendo a casa, tres tipos en un coche asaltaron a Richard Kuklinski. Richard los mandó a la porra y les dijo que se fueran a casa. Ellos persistieron, se pusieron desagradables. Richard se detuvo, desafiante, y los mató a los tres, a tiros. Siguió camino hasta casa, a tiempo de cenar con la familia.

En otra ocasión, un Hombre Hecho de la familia cortejó indebidamente a una chica muy joven, cuyo padre era un hombre muy importante en La Familia. Le fue encargado a Richard.

Richard le secuestró, y se lo llevó lejos, a una cueva infestada de enormes ratas, que Richard había encontrado por casualidad, de cacería.

Le ató en la completa oscuridad, y esperó a las ratas, que devoraron al tipo mientras Richard tomaba instantáneas con su polaroid. El cliente miró las fotos con una sonrisa de oreja a oreja, y pagó 10.000 más de lo acordado.

A otro, un oriental, lo tiró por un balcón. A otro lo torturó a tiros y cuchilladas. A otro lo mató a golpes. Debían mucho dinero.

Hubo un caso especial. Un sindicalista que amenazaba con tirar de la manta. El requisito indispensable era que el cadáver jamás aparecería. A Richard le fue asignado un equipo. Entre los cuatro redujeron al tipo, lo metieron en el coche y Richard le apuñaló en la nuca desde el asiento de atrás. Quemaron el cadáver en un bidón, y enterraron el bidón en un desguace. Tiempo después, desenterraron el bidón y lo metieron en una furgoneta que, a su vez, fue reducida, en un desguace, a un cubo de chatarra que terminó siendo vendido a Japón para hacer Toyotas. Así, según Richard Kuklinski, terminó el cadáver del mismísimo Jimmy Hoffa.

Richard también aplicaba su experiencia a sus propios intereses. Un tipo le debía mucho dinero, y se negaba a pagar. Richard viajó hasta el sex-shop del tipo, y provisto de dos granadas de mano ocultas, entró por la puerta, saludó y hablaron de dinero. El tipo no fue muy cortés. Richard lanzó las dos granadas de mano detrás del mostrador y salió del local ajustándose la chaqueta. El sex-shop y su dueño volaron en pedazos.

Richard nunca era relacionado por la policía. Se deshacía del arma, llevaba guantes, el cadáver desaparecía, o aparecía lejos de Richard, variaba contínuamente de modus operandi. Eso, su frialdad, su método, y la suerte, le mantuvieron indetectado para la policía por dos décadas.

ENLACE A ICEMAN VI: LA DOSIS EXACTA DE ASESINATO

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