Sindicatos, arenques y pollas de agua

La pinza ZP/sindicatos sabotean la cena que habían urdido para escenificar todo lo contrario. La versión del Gobierno es que la CEOE no se aviene a razones. Una vez más, el ZP más ladino nos recuerda la noticia falsa que sembró personalmente por los periódicos en la negra jornada del 11-M, o el ZP que comparó en el Congreso las informaciones no oficiales acerca del 11-M con el mito de que Elvis está vivo.

Zapatero se la ha jugado bien a la CEOE. Los ha ablandado con una cena antes de vacaciones. Pero en cuanto la CEOE ha expuesto su visión de la situación, Zapatero ha dado por terminado el diálogo, por considerar inaceptables los términos de la CEOE. Zapatero, fiel a sus principios y a sus actos, lejos queda ya la careta de tipo razonable que algunos quisimos ver, dijo que no se sentaría a negociar con quien pida flexibilizar el empleo. Y así lo ha hecho, voceando un despido libre con el que ZP bautiza la flexibilización del empleo.

También había dicho éste ZP que se comprometía a salir del diálogo social con una salida pactada. Esa promesa no la ha cumplido. Y ni siquiera ha sido porque los sindicatos y los empresarios no se hayan puesto de acuerdo. Es el propio Zapatero quien ha zanjado la historia con una zapatiesta y un decretazo tirando de chequera pública. Esto es así porque puede y porque sí, y la pelota es suya y aquí se hace lo que él diga. Y además le apoyan cuatro amiguetes suyos: CiU y secuaces, Izquierda Unida/Los Verdes (este /los verdes nos está costando un cojón de pato en luz, aparte de otros desmanes peores que vendrán en el futuro), el PP, amiguete en la sombra que por no sacrificar su poquito poder en las Vascongadas se ha abstenido de rechazar lo que la propia cúpula central tilda de disparate de consecuencias catastróficas. Y los sindicatos de izquierda, CCOO y UGT, que solían ser los reivindicativos, han pasado a observar la escena impertérritos y encantados. Ellos manejan la situación. Ellos proveen votos. Dame más funcionarios, te doy más votantes. Por eso, es el propio ZP el que ha hecho de matone. Los padrinos han pasado a ser otros.

Mi humilde opinión como ciudadano es la siguiente: en un caso como éste, es obligación de ZP sentar a las partes a dialogar. Si alguna de las partes se cierra en banda, es la obligación de ZP el tratar de llamar al orden a las partes, para poder salir de la reunión con una solución pactada. Él mismo se comprometió verbalmente, como si el puesto no se lo exigiera.

Si en el peor de los casos, alguno de los interlocutores rompe el acuerdo y se va sin negociar, ZP tendría alguna justificación pública para imponer un decreto (que no cualquier decreto) tirando de sus socios. Hasta aquí lo que tendría que ser.

En este caso, sin embargo, ha sido el propio ZP quien ha roto el diálogo, considerando inaceptables los términos de una de las partes. Lo ha hecho, además, escenificando una cena de carácter conciliador, una mesa de la que levantarse por ver ultrajadas sus convicciones sindicales, cuando su deber era el de callar y dejar hablar a las partes.

Dicho en llano, el árbitro es también socio declarado de uno de los dos equipos. De los sindicatos. Éste árbitro ZP suspende el partido minutos antes de terminar, y luego, en el acta, pone un tres a cero a favor del equipo local, los sindicatos, aduciendo, indignado, que la CEOE venía con la intención de marcar un diez a cero, si podía.

Por supuesto que todo es por los votos, y por eso en éste caso il matone ha sido Zapatero. Maniatado por los sindicatos, se ha convertido en el pitbull de UGT/CCOO, los nuevos dueños de la pelota, y que han presenciado la escena sin salpicarse ni los bajos de los pantalones. Es lógico. Es ZP quien les necesita (y les paga bien) para poder seguir con su política del catacroquer a corto o medio plazo. Son los sindicatos quienes controlan el empleo público, y en cuyas web puedes leer animaciones flash que rezan lemas como “todo derecho es sólo el primer paso para la obtención del siguiente”. En una sociedad cuyo funcionariado es uno de los más voluminosos del mundo, en peso y en proporción, Zapatero y los sindicatos han decretado un carísimo y tumoral aumento del empleo público, inutilizando a los empresarios en su deseo de emplear a la gente. La única alternativa al paro es, pues, el empleo público. Chupar de la teta del estado. Así necesita, cree y anhela ZP, el presidente rojo, a su país. Una sociedad arbitrada desde casa, un partido amañado desde el principio.

El plan de Zapatero puede surtir efecto, pues a más empleo público, tirando de chequera, más votos favorables. Ésto genera más paro en lo privado. Para cubrir ése margen de voto del parado, le alarga medio año el subsidio de desempleo, tirando de chequera. siempre que la chequera no se agote, parece un método infalible. Nada democrático, pero infalible. Sin embargo, la chequera se ha acabado hace tiempo, y ZP está jugando una peligrosa política de hechos consumados, pues para asegurar todo ese dineral, tendrá que asfixiarnos a impuestos más de lo que ya estamos, en espera de tiempos de bonanza, que llegarán, o no, dependiendo de lo que hagamos a partir de hoy. Por eso ésta reunión era tan importante. Porque hipoteca el futuro de España al albur de lo que quieran unos pocos.

Ante el flagrante sabotaje de la cena de marras, lo lógico será que las urnas se decanten por PP o UPyD. Para neutralizar ése fenómeno, ZP tendrá que radicalizar el mensaje, yencontrará a quién culpar de sabotaje. Y éste es el tipo que dice lo de Elvis y el 11-M. Miedo me da.

Pero a él no. Le da más miedo enfrentarse al NO de sus socios que al colapso de una nación. Y una vez más ha demostrado tener cintura al ser él quien dé vuelta a la mesa. Si no lo hubiera hecho, no hubiera quedado más remedio que negociar, y como CCOO había anunciado, cualquier flexibilización del empleo tendría como respuesta, textualmente, la huelga general. Y si los empresarios hubieran sido listos, se hubieran sumado a esa huelga general, y entre sindicatos y CEOE, ZP quedaría arrinconado. Por eso, también, la mesa se ha convocado en período vacacional. Éstas jugadas, cuanto menos se comenten, mejor.

Una vez más queda en evidencia el hecho de que ZP sólo es una marioneta manejada por cuatro capos. De ahí la improvisación y el espasmo al que nos tiene acostumbrados. Una marioneta orgullosa de sus amos. Un payaso con público paniaguado, público que ríe a la orden en espera de un cheque y un empleo público. Una otaria que ve premiadas sus piruetas aprendidas con votos en lugar de arenques.

Y en éstas, ZP vuela para irse de vacaciones a Doñana. Allí, rodeado de alondras, perdices, patos mandarines, flamencos rosas, garcetas, somormujos, cuclillos, alcaudones, rabilargos, pollas de agua, abejarucos, alcaudones, quebrantahuesos, buitres leonados, aguilillas, autillos, correlimos, abubillas, piquituertos y cigüeñas negras pasa sus vacaciones con la sensación del deber cumplido, rodeado de aves, es sólo otro pájaro en libertad. Hasta el halcón está en nómina.

HISTORIA COMPLETA DE RICHARD KUKLINSKI: (II) Primeros contratos

ATENCIÓN: VIOLENCIA EXTREMA EXPLÍCITA

HOGAR, DULCE HOGAR

Por el año 1956, Linda le dijo a Richard que esperaba un hijo suyo. Richard se puso como una fiera. Con el paso de las semanas, a pegarla en el estómago para que perdiera al niño. Richard, como su padre antes que él, fue en casa un hombre violento. Como Stanley, cuando bebía podía ser venenoso. Con una diferencia: Stanley siempre era violento y peligroso. Richard tenía días con Linda en que era el hombre más gentil del mundo, pero había otros en que se levantaba ya predispuesto a destrozar el mobiliario y agredir a su mujer. Y digo a su mujer porque, en el transcurso del embarazo, Linda consiguió convencer a Richard para que se casaran, aunque fuera por lo civil. Richard, a quien las cosas le gustaban bien hechas, aquello debió de parecerle un apaño, un matrimonio de tapadillo, y probablemente, culpaba a Linda por ello.

TERCER CONTRATO

El tercer contrato de la mafia, fue sacar de circulación a un tipo que vendía coches usados. Le había faltado al respeto a la señora de alguien de dentro. El contrato tenía dos condiciones: Richard tenía que aportar un trozo del cuerpo de la víctima. Y además, debía asegurarse de que la víctima sufriera.

Richard aceptó. Acechó a su víctima en su tienda y en su casa. Decidió que el lugar idóneo era el negocio de coches usados. Cuando llegó el momento, Richard salió a hablar con el tipo, se interesó por un coche. Lo probaron dando una vuelta. Luego, Richard detiene el coche en un lugar previamente escogido, se baja a mirar el motor. “Mire, vea esto”, dice, y el tipo se inclina sobre el motor. Richard le golpea, le inmoviliza y le mete al maletero, inconsciente. Richard conduce tranquilamente hasta una zona boscosa de difícil acceso. Allí, ata a la víctima de cara a un árbol, amordazado, y le enseña un hacha. El tipo quiere gritar, pero apenas emite sonidos por estar atado en una postura extraña. Cuando ve el hacha, se da cuenta de lo que va a ocurrir. Richard, de abajo arriba, destrozó a la víctima, que permaneció consciente hasta desangrarse. Cavó una fosa y enterró los restos. A modo de muestra, entregó la cabeza de la víctima, para regocijo del cliente, que pagó encantado. Otro cliente satisfecho.

COBRADOR

Después de esto, Richard pasó a ser cobrador para la familia. Se había ganado a pulso la fama de hombre duro. El Polaco, le llamaban en la calle. Todos pagaban cuando se presentaba El Polaco. Siempre. Un día, un cliente pagó sólo la mitad. Richard fue a verle a su despacho. “La otra mitad la traeré mañana”. Richard volvió al día siguiente. “Aún no la tengo”, dijo. Richard sacó una pistola. Y el tipo sacó el dinero. “¿Por qué te has arriesgado si tenías el dinero?” “Porque no quería pagar”, dijo el tipo. Richard levantó el arma y disparó. Después, cuando se lo contó al jefe, éste le felicitó. “El respeto es lo más importante”.

LA GRAN OPORTUNIDAD

Richard aceptaba también trabajos a particulares, además de los encargos que hacía para la familia. Pero trabajar para la familia le daba más garantías de seguridad, y también proporcionaba más trabajo. Un día le llegó su primer contrato mayor. Un importante miembro de la familia debía morir. Y además, tenía que sufrir. Un trabajo difícil, porque el tipo sospechaba lo que se le venía encima, y se había enrocado en su fortaleza rodeado de guardaespaldas. Richard nunca preguntaba a sus contratadores por el motivo del encargo. Si se lo contaban, bien. Si no, también. Por lo demás, tenía bastante claro que rara vez se encarga algo así contra nadie que no tuviera verdaderos tratos con la familia. Y ya se sabe lo que pasa cuando juegas con fuego. En esta ocasión, el contrato también incluía una cláusula de sufrimiento extra.

Richard planeó con cuidado la operación, tomándose varias semanas para ello. Observó que el tipo hacía escapadas de baja seguridad para ver a su chica, acompañado por su chófer, que naturalmente se quedaba en el coche el tiempo que durara la visita.

Durante una de esas visitas al nidito, Richard se acercó al chófer y le disparó en la sien, tapándolo luego con el sombrero, como si se hubiera quedado dormido. Después, esperó a su objetivo principal, al que dejó inconsciente. Lo metió en el maletero y condujo hasta un lugar desierto. Allí, le rompió todos los huesos de las piernas con un bate de beisbol. Luego, Richard lo mató de un golpe seco en la cabeza. Por encargo del contratista, introdujo por el ano del cadáver las tarjetas de crédito de la víctima. Tiró el cadáver al río Hudson, y nunca apareció. La familia, para reforzar su coartada, denunció la desaparición a la policía, pero no hizo falta, porque el cadáver nunca apareció. Richard acababa de convertirse en un hombre importante en su negocio.

MULTA Y BARBECHO

Linda tuvo un segundo hijo de Richard. Richard seguía gastando rápidamente todo lo que ganaba. En aquella época, además, tuvo una mala racha en el billar, en el que se jugaba grandes sumas. También tuvo un problema con la familia, y se decidió que El Polaco tenía que apartarse un tiempo. Richard se buscó un trabajo honrado, de mozo de almacén, que aparte de asegurarle unos ingresos más bien exíguos, le servía de puesto vigía para sus propios chanchullos. Todo empezó por un problema doméstico. El administrador del edificio donde vivía Richard y su familia había pegado a los niños por armar alboroto. Richard encontró al tipo en un bar. El camarero era un policía conocido por todo el barrio. Richard agarró al administrador y le dio una gran paliza. Cuando Richard iba a salir por la puerta, el camarero sacó su placa. Richard le dio varios puñetazos en la cabeza, y se largó. La policía fue a hablar con la familia y Richard tuvo que pagar 3000 dólares para saldar la deuda. También se decidió prescindir de sus servicios un tiempo, por las apariencias.

PROPIEDAD PRIVADA

En aquellos días, Richard estaba prácticamente separado de Linda, pero la consideraba de su propiedad, lo mismo que a los niños, por quienes nunca mostró especial cariño. Un día, Joe, el hermano pequeño de Richard, llamó a este para decirle que había visto a Linda en un hotel con un tipo del barrio, un amiguete. Richard se presentó en aquella habitación y los encontró desnudos. Agarró al tipo y le dio la paliza de su vida, todos los huesos rotos. Richard incluso saltó desde la cama sobre el coleguilla varias veces. Le dejó un fémur sano. Los demás huesos del cuerpo se los rompió. Agarró después a Linda y le dijo “Si no fueras la madre de mis hijos, te mataría aquí mismo.” Acto seguido, se largó. Pero antes de irse,  y para que Linda no olvidara aquel episodio, Richard le cortó los pezones.

Apenas volvieron a tener relación, salvo la estrictamente necesaria para ocuparse de los niños.

VUELTA AL RUEDO

Los trabajos con la familia se retomaron indirectamente. Ahora Richard hacía trabajos para el encargado de la seguridad, un lugarteniente de la mafia de Jersey.

El primer contrato fue para matar a un cobrador que había estado robando la recaudación de las loterías clandestinas. Aquel desdichado aún no lo sabía, pero le había tocado el gordo.

Tenía que ser una muerte ejemplar, para evitar tentaciones. Lo siguió hasta una casa de comidas que el tipo frecuentaba, y esperó fuera. Cuando el tipo salió, llovía y no había nadie cerca. Richard salió del coche y le disparó varias veces a la cabeza, a bocajarro. El arma tenía silenciador, nadie advirtió nada. Richard volvió a su coche y se fué a cobrar su sobre.

El segundo contrato importante también tenía como víctima a uno de dentro. Richard no supo el motivo, símplemente aceptó. Siguió al tipo hasta su yate. Estaba acompañado. Richard esperó. Era de noche. La chica se fue en una monovolumen y el objetivo se quedó completamente solo. Richard entró en el yate y redujo al tipo. “Voy a hacerte un favor”, le dijo. “Te mataré rápidamente. Y le disparó en la frente, una vez.” Conocía de antes al tipo, y nunca le gustó a Richard. Pero aquella noche se sentía de buen humor, porque había recuperado el favor de la familia.

La alegría duró poco. El jefe del clan para el que trabajaba Richard murió asesinado de un tiro en la cabeza. Durante un largo período de tiempo, las guerras de sucesión se cobraron muchas vidas. Podía caer cualquiera. Richard se apartó. No quería aceptar trabajos de ninguna de las facciones que se disputaban el trono. Imprudente en las apuestas de juego, Richard hizo gala de su buen juicio a la hora de mantenerse fuera de las apuestas de sucesión, no fuera que apostara por caballo perdedor, y se convirtiera él mismo en objeto de algún contrato. Fueron malos tiempos, y Richard bebía contínuamente. Perdía el control de sus actos. Un día, un tipo le molestó en un bar, y lo mató allí mismo de una puñalada. Se fue de allí. La policía hizo preguntas, pero nadie quiso responderlas. Eso le salvó. Ni la suerte, ni la astucia. La ley del silencio.

EL CORTEJO DEL DEMONIO

Tras un período personal especialmente convulso, Richard intentó un proceso de regeneración. Aceptó un trabajo completamente legal en una imprenta. Allí conoció a Bárbara. Se interesó por ella, y eso no gustó al jefe. “Quédese el trabajo y métaselo por ése culo solemne”, le dijo Richard.

Richard, apuesto, fuerte, elegantísimo, siempre con sus trajes de colores, fue muy insistente en su cortejo a Bárbara. La chica era la hija única de un matrimonio italiano de clase media, y Richard tuvo que ser tenaz para conseguir una cita con ella. Por fin, un día lo logró, y salieron a ver una película un sábado. Bárbara lo pasó bien en aquella primera cita. A la mañana siguiente, Richard volvió a visitar a Bárbara, y el lunes también. Empezaron a salir. Semanas después, Richard la desvirgó, y al poco, Bárbara quedó embarazada. Se casaron. Richard había encontrado a la mujer de su vida. Bárbara acababa de casarse con el demonio.

 

ENLACE A ICEMAN III: LOS AÑOS \”HONRADOS\”

HISTORIA COMPLETA DE RICHARD KUKLINSKI: (I) Un asesino nato

ATENCIÓN: CONTENIDOS DE VIOLENCIA EXTREMA

El 23 de Marzo de 2006, EL MUNDO publicó la muerte de Richard Kuklinski, más prolífico asesino a sueldo de la historia. Años después, cayó en mis manos “El Hombre de Hielo”, su biografía. Leí el prólogo y ya no pude soltar el libro hasta llegar al final. Paso aquí a relatar la historia real de éste hombre. No es una historia apta para corazones sensibles o para estómagos impresionables. Es una historia plagada de violencia, tortura y asesinato.

Richard Kuklinski fue asesino a sueldo para la mafia durante dos décadas. Se especializó en gran variedad de procedimientos para matar, y su especialidad era la disposición del cadáver para que la policía no le relacionara con el crimen. Richard Kuklinski es uno de los hombres más peligrosos que han pisado éste planeta, del que tengamos noticia.

Pasamos a relatar su vida en nueve entradas. No ahorramos en detalles: avisado queda el lector curioso.

Richard Kuklinski nació en Jersey en 1935, en el seno de una familia de muy humilde. Vivían en un barrio marginal de viviendas protegidas. El ambiente familiar era rígido, violento y religioso. El padre, Stanley Kuklinski era hijo de inmigrantes polacos. Aquel hombre era un rudo guardafrenos, un hombre alcohólico, putero  y pendenciero, que sometía a golpes a su mujer y a sus hijos por costumbre.

Stanley y Annah Kuklinski
Stanley y Annah Kuklinski

La madre, Annah, era una mujer muy católica. De padres dublineses, creció en un internado religioso. Del que la sacó Stanley, para casarse. Pero la felicidad duró poco, si algo. Pronto empezaron los gritos. Stanley se volvía venenoso cuando bebía, y pronto comenzaron los episodios de violencia doméstica. Cuando nació Florian, el primogénito de tres varones, las palizas ya debían de ser habituales. Los más tempranos recuerdos de Richard ya incluían las agresiones de sus padres. Hannah aprendió que tratar de protegerlos era contraproducente, pues agravaba la ira del marido y la atraía hacia ella. A menudo, mientras Stanley apalizaba a sus hijos, Annah rezaba en alto, de rodillas contra la pared. Otras, ella misma participaba en las palizas, desviando la atención de su marido hacia sus hijos. También a solas les pegaba ella, usando todo tipo de objetos, cuando su marido no estaba.

Un día, cuando Richard tenía cinco años, Stanley llegó borracho a casa, como de costumbre. Mal encarado, empezó a gritar a su mujer e hijos, y pronto llegaron los golpes. Richard corrió a esconderse, pero Florian no logró escabullirse. Y aquella noche, en medio de la escena habitual de violencia doméstica extrema, a Stanley se le fue la mano y desnucó, de un puñetazo, a su hijo mayor.  En ese instante, los gritos y golpes se detuvieron, y sus padres planearon juntos la coartada, con su hijo mayor ahí tirado. Iban a encubrir la muerte, disfrazándola de accidente. Sentirían pena más adelante. La primera sensación de aquel fallido matrimonio fue el miedo.

A Richard le contaron que Florian había sido atropellado. Hubo funeral y duelo. Luego, la progresiva vuelta a la rutina. Los golpes y gritos cesaron por un tiempo, pero los rezos contínuos ocuparon su lugar. El ambiente volvió a ser opresivo, y como consecuencia, la violencia regresó gradualmente a la casa de los Kuklinski.

Richard era un niño introvertido. Estudiante difícil y con problemas para relacionarse, era blanco de los chulos del colegio. Como había aprendido que era mejor no pasar demasiado tiempo en casa, y tampoco tenía amigos, empezó a hacer una vida callejera y solitaria. Lo que no estaba exento de problemas, pues en el vecindario también había chicos malos que le pegaban y humillaban cuando sus caminos se cruzaban.

Richard se aficionó, en esas tardes solitarias y callejeras, a torturar animales sin dueño. Los abundandes gatos eran un blanco fácil. Richard solía estrangularlos para ver cómo morían mirándolos a los ojos. También los quemaba vivos en un incinerador de basura. Otras veces, ataba dos gatos por la cola y los colgaba de un tendedero para verlos pelear hasta la muerte. Los animales vagabundos llegaron a escasear en su barrio.

Lo pasaba mejor solo que acompañado. No se fiaba de nadie. En casa, además, las cosas empeoraban. Annah tuvo dos hijos más, Roberta y Joseph. La presión doméstica sobre Stanley era mayor, y por tanto se agudizaba la violencia. Un día, Stanley empezó a verse con otra, y gradualmente fue abandonando el hogar, lo que implicó una mejoría inmediata. Pero Annah tuvo que ponerse a trabajar por las noches, y eso trajo consigo sus propios problemas.

Richard se aficionó a los pequeños hurtos, primero para llenarse la panza, y luego, para llevar comida a casa. Annah rezaba, se lamentaba y les pegaba durante todo el tiempo que no estaba trabajando o durmiendo. Se ensañaba especialmente con Richard, reprochándole sus robos. Pero tuvo que claudicar, gradualmente, y aceptar los alimentos. La verdad es que tenía desatendidos a sus hijos, y toda ayuda venía bien. La violencia no cesó sobre él, ni sobre sus hermanos, pero Richard crecía, y su pericia como ratero se extendió a la de ladrón de coches. Aprendió a conducir en las calles, sin más compañía que la de su sombra.

Parte del fracaso escolar de Richard se debía a una indetectada dislexia que hacía al chico parecer tonto o retardado. Pero Richard aprendió a leer con interés cuando cayó en sus manos una revista de crímenes. En aquella época la crónica negra era un género muy popular, mucho más que ahora, y existían decenas de publicaciones que describían con todo detalle y soporte fotográfico crímenes e investigaciones. Éstas revistas de crímenes cautivaron a Richard, que devoraba cuanto ejemplar caía en sus manos. Ayudado por aquellas publicaciones, empezó a fantasear con matar a Stanley, y planeó e imagimó decenas de modos de hacerlo. Y luego, pasó de planear la muerte de Stanley a planear la muerte de cualquiera que le estuviera jodiendo la vida.

Había en el barrio un chico mayor que le tenía especialmente  marcado. Él y sus compinches le hacían la vida imposible cuando sus caminos se cruzaban. Le hacían y decían de todo, con una crueldad que llama la atención sobre la dureza del ambiente, y Richard aprendió a esquivarles. Vivía escondido en las calles, escondido de sus padres, con quienes pasaba el menor tiempo posible, y escondido de los chicos malos, a quienes esquivaba siempre que podía.

Muerte 1: Charley Lane

Con trece años, y después de un episodio particularmente doloroso de vejaciones verbales y físicas por parte de éstos matones de barrio, se hartó. Acechó al jefe de los matones, Charley Lane, un chico de dieciséis años, y cuando conoció sus rutinas, trazó un plan. Charley tenía a raya a Richard, le hacía de todo, y dirigía a otros contra él. Richard había fantaseado muchas veces con matarle. Con una barra de hierro oculta en el antebrazo, le esperó en el callejón tras la casa del tipo, de madrugada, hasta que éste volvió de sus pendencias nocturnas. Allí, sin testigos, Richard se le encaró y le provocó. El matón atacó a Richard, y cayó al suelo con la sien abierta de un golpe certero y brutal en la cabeza. Richard Kuklinski se había cobrado su primera sangre. Solía asegurar, cuando recordaba el episodio, que su intención era solamente dar a aquel chico una lección, pero lo cierto es que una vez empezó a golpearlo, ya no pudo parar hasta que se dio cuenta de que lo había matado. Richard ocultó el cadáver en las sombras y fue a por un coche. Condujo de vuelta y transportó el cuerpo en el maletero hasta unas marismas. Allí le arrancó los dientes con un martillo y le cortó los dedos con un hacha. Tiró el cuerpo a un estanque helado. Condujo de vuelta tirando los dedos y dientes a la cuneta. También se deshizo de las herramientas. Abandonó el coche en un aparcamiento y caminó varias millas hasta casa. Se fue a acostar con la mejor sensación de su vida. De ser víctima, había pasado a ser verdugo, y le gustó.

ADOLESCENCIA

Pasaron muchos meses y la policía no se presentó. La vida de Richard dio un vuelco. Tras su primer crimen, se prometió que nadie le volvería a joder. Uno por uno, siguió a los chicos que le hacían la vida imposible, y los sometió a graves palizas, que pronto aprendieron a esquivarle a él. Con un grueso garrote, recorría metódicamente las calles buscando a todo aquel que le hubiera hecho algo en el pasado, para ajustar cuentas.

Richard pasó a frecuentar los billares de la zona. Le gustaba el billar y aprendió a jugar bien. Jugaba por dinero y solía ganar. Si alguien le faltaba al respeto, lo atacaba con el taco o con sus manazas. Se enzarzó en muchas peleas, que ganaba siempre. Un día se enzarzó con tres tipos que lo echaron del bar. Richard siguió al primero y lo apuñaló por la espalda. Luego, siguió al segundo y repitió la operación. No murieron. El tercero se fue de la ciudad y nunca volvió. Richard se creó una fama de tipo duro en la zona, y reunió a su propia pandilla, las Rosas Nacientes, con la que daba golpes a pequeña escala. Richard compró su primera pistola, un revólver del 38.

Richard se fue convirtiendo en un hombre ágil y corpulento. A Richard le gustaba ir elegante, y, aunque tímido, las mujeres solían abordarle. Una de ellas, Linda, se lo llevó a vivir con ella cuando Richard sólo tenía dieciséis años.

Muerte 2: Doyle

Doyle era un secreta del barrio. Un día, Doyle perdió al billar contra Richard y, queriendo provocarle, se burló de él delante de todo el mundo. Richard se fue del bar y esperó. Doyle salió después y fue a su coche. Se quedó allí, dormido con un cigarrillo. Todo un golpe de suerte. Richard compró gasolina en una estación cercana y la vertió al interior del vehículo. Lanzó una cerilla al interior y se quedó por allí para oír los gritos de Doyle. Volvió a casa con una gran sonrisa en los labios.

Por aquellos días, Stanley volvió a pegar a Annah durante una visita. Cuando Richard se enteró, fue directamente a por su padre. Lo agarró y le puso el 38 en la sien. “Si vuelves a acercarte a mi familia, te mato y te tiro al río”. Stanley nunca volvió a molestarles. Richard no lo había hecho por su madre, a quien despreciaba profundamente. Lo había hecho por sí mismo. Se arrepintió durante toda su vida por no haber apretado el gatillo aquel día.

No sentía mayor estima por su madre. Después de tanto rezo y tanta moralina y el sexo es malo y todo lo demás, un día fue a visitarla y se la encontró practicando el sexo con un vecino, un hombre casado. Quiso matarla allí mismo. Esa mujer le había pegado con saña y dedicación para inculcarle una férrea moralidad católica, y ahí estaba, abierta de piernas mientras el culo gordo y peludo del vecino embestía una y otra vez. Pero se dio la vuelta y se largó en silencio.

MAFIA

Gracias a la astucia de Richard, los golpes de las Rosas Nacientes tenían éxito, y se hicieron más ambiciosos. Robos en almacenes, atracos a droguerías y licorerías. No tardaron en llamar la atención de la mafia, que les encargó un asesinato. Había que matar a un tipo que no pagaba.

Muerte 3

Richard planeó el golpe. Siguieron al tipo en un coche. Llegado el momento, el encargado de realizar el disparo no tuvo valor para apretar el gatillo. Richard le arrebató el arma, se bajó del coche, se acercó al tipo, le disparó una vez en la sien y volvió al volante. Condujo hasta dejar a los otros chicos en su casa. Ellos mismos quedaron impresionados con la frialdad de Richard. “¡Mírale, fresco como una puta lechuga!” “Tío, estás hecho auténticamente de hielo”. Así le pusieron el sobrenombre de ICEMAN, el hombre de hielo.

Éste trabajo catapultó a los Rosas Nacientes, que , tutelados por la mafia italiana de Jersey, llegaron a dar un golpe de dos millones de dólares. Richard se aficionó al juego, y entró en una dinámica que ya no abandonaría nunca: ganar y perder enormes sumas de dinero en un abrir y cerrar de ojos. También inauguró otra dinámica: repartir violencia doméstica. Richard era, como lo fueron sus padres, una bomba de relojería. Podía estallar en cualquier momento. Linda se quedó embarazada y convenció a Richard, a regañadientes, para que se casara con ella.

Muertes 4, 5.

Dos miembros de las Rosas Nacientes dieron un paso en falso: asaltaron una partida de poker de la mafia. Un hombre de familia se puso en contacto con Richard. Le dijo que o mataba él a sus dos compañeros, o moriría toda la banda. Richard tuvo que aceptar. Tomó un revólver y visitó a sus dos compañeros por separado. Los mató por la espalda, de un tiro rápido en la cabeza. Desde ese momento, Richard pasó a ser un hitman de la mafia italiana de Jersey. La banda de las Rosas Nacientes quedó disuelta.

Muertes 6, 7, 8, 9, 10,…

Richard volvió a ir solo. Por esa época, solía dar largos paseos por Manhattan. En uno de esos paseos, un indigente lo abordó y se puso pesado. Richard Kuklinski lo apuñaló en la nuca y lo dejó allí mismo. Y se aficionó a esos paseos. Y a las presas anónimas que esos paseos le proporcionaban. Incluso él perdió la cuenta. Sabía, por sus revistas de crímenes, que la policía de Manhattan jamás se pondría en contacto con la de Jersey, en el supuesto de que intentaran resolver la ola de crímenes. Pensaron que eran reyertas entre indigentes, y Richard perfeccionó su arte. No le gustaba la sangre, prefería las muertes rápidas y silenciosas. Disparos sorpresivos con armas pequeñas, estrangulación, un puñal en la oreja, o en la nuca y hacia arriba, un pinchazo al corazón o en el ojo, provocaban la muerte instantáneamente.Un día ahorcó a un tipo con una cuerda. “Yo mismo hice de árbol”, contó. Richard ya se había convertido en un gigante de dos metros. Matar le hacía sentir bien.

Si me jodes, te mato...¡te mato!
Si me jodes, te mato...¡te mato!

ENLACE A ICEMAN II: PRIMEROS CONTRATOS

LA “SOLUCIÓN” DE ZAPATERO

El aborto es la inducción de la muerte. Aún cuando está despenalizado, acogiéndose a alguno de los supuestos que la ley actual establece, sigue siendo lo mismo. La inducción de la muerte.

Se aborta por muchos motivos. Por necesidad (puedo morir si lo tengo), por conveniencia (no tengo recursos, no esperaba éste bebé, incluso es fruto de una violación), por normalidad (malformaciones del feto), por miedo, etcétera. La ley actual despenaliza el aborto en tres supuestos. El consenso social, pues, otorga legitimidad legal a la despenalización del aborto en el marco de esos tres supuestos. No entraré a discutirlos, sino a remarcar los términos. Despenalización. Aborto. Legitimidad legal.

La nueva ley quiere ampliar esos supuestos, y además, autorizar a adolescentes de 16 años para abortar sin el conocimiento siquiera de sus padres. De la misma manera, no voy a entrar a discutir el contenido de la ampliación. Que respetaría a regañadientes si tuviera un consenso social que no tiene.

La actual ley del aborto fue una ley demandada por el pueblo. Discutida. Y al final, aceptada en unos términos fruto de la confrontación de ideas y principios de todas las partes.

En cambio, ésta nueva reforma no responde a ningún clamor popular, sino a un rotundo fracaso de la política de educación sexual de éste gobierno. Zapatero ha disparado los embarazos en menores españoles, y también ha disparado el contagio de SIDA y otras enfermedades entre menores españoles. Éste fracaso ha precipitado la presentación de la reforma a la ley del aborto, disfrazada de alegría y de derechos humanos.

Así, cuando se anunció la reforma, salió Zerolo con su escalofriante sonrisa al Paseo del Prado a bordo de una carroza con globitos, ante la estupefacción de los pocos transeúntes que tenían tiempo de girar la cabeza para ver a Zerolo y su extraña comitiva de payasos y malabaristas, celebrando la noticia como “un paso agigantado hacia la igualdad de la mujer”. El cuadro, siniestro. Sorprendente no. Pero siniestro.

Y entonces me entra el miedo. ¿No estarán éstos díscolos socialistas desplazando el baremo de lo ético en favor de lo meramente legal? La propia ministra afirmó que el aborto es un derecho. Y el aborto no es ningún derecho. Hay ciertos supuestos que descargan legalmente a la gestante y al médico. Pero, como ya dije antes, el hecho es el mismo. La administración de la muerte. Pero el aborto no es un derecho.

Hace poco escuché una conversación en la que se afirmaba que el aborto es legal. Y no es así. El aborto no es legal. Está despenalizado en ciertas circunstancias. Pero no es legal. El aborto es ilegal. Y mucho menos, un derecho. ¿Cómo va a ser un derecho? ¿Un derecho de quién?

Y por supuesto, nunca es motivo de alegría. O de celebración.

Pongamos un ejemplo. El homicidio es ilegal. Es verdad, hay ciertos supuestos que despenalizan un homicidio. La defensa propia, por ejemplo. Pero eso no nos habilita para decir que el homicidio sea legal, o un derecho. Habría que ser muy zote, muy irresponsable, para afirmar algo así. ¡Y menos aún para festejarlo! 

Imaginemos, exagerando y no equiparando, que se anuncia un proyecto de reforma que suprime la celebración de todo juicio celebrado por un homicidio en defensa propia. Sí, ya sé que lo del aborto es un cambio más sutil con respecto a la ley actual. Pero, ¿Se imaginan a algún político digno de ésa profesión de carrozas por Madrid, con globitos y pasacalles, alegría-alegría, porque se da un paso agigantado hacia los derechos humanos? ¿Serpentina y confeti? Por supuesto que no. Aún en tan disparatado extremo, sería una ley para tratar tragedias. Y las tragedias no deberían ir con confeti. Si sacas el matasuegras por tan siniestro motivo escandalizas a tus contrarios, corrompes a tus afines, confundes a los desinformados. Haciéndoles dar por sentado que el aborto es un ejercicio de libertad y de alegría, puedes hacer correr varios metros el baremo de lo que está bien y de lo que está mal. Si es legal, entonces es bueno, un derecho que celebrar, incluso, con un fiestón. Sube la música, coleguita.

Pero no es así. Aunque sea legal algún supuesto. Aunque se despenalizara completamente, seguiría siendo lo mismo, el mismo acto, al final: la muerte de un ser humano, por circunstancias ajenas a sus derechos. El hecho de que sea legal no mejora el resultado final. No lo hace festejable.

Aunque se ampliara la ley del aborto hasta los niños de tres años, o de quince años, el hecho de que fuera legal no lo haría festejable, mucho menos justificable, más allá de la legalidad. Y más allá de la legalidad hay mucho. La legalidad es al ciudadano lo que las uñas al cuerpo humano. Aunque un gobierno quiera negarlo. Aunque mañana se despenalizara el asesinato por envidia, eso no lo convertiría en algo bueno. De tal manera, legal no es igual a bueno. Y puede ser todo lo contrario.

Claro, házselo entender a un presidente que llama “accidentes” a los homicidios por rivalidad política.

Pero repito, disfrazada de ideología, ésta reforma es un tapón a las vergüenzas de la ineficacia social de Zapatero, que siembra el SIDA y la tragedia con su “no pasa nada” al poco y mal instruido jovenzuelo español medio. Y además, si la anterior ley provocó una confrontación que llevó al consenso, fortaleciendo a González, ésta es una reforma de aritmética electoral, de sudokus y tetris. Causará confrontación en la calle. Las voces más contundentes en contra de la reforma han salido de las filas del propio PSOE. Y ésta ley erosionará al gobierno, que ha tenido que inventar un modelo autonómico que favorece a sus socios electorales, pero que no responde a ningún clamor popular. Para gobernar a muchos, necesita a muy pocos y muy poco solidarios. Pero suficientes. Esos pocos votos, de grupos que buscan a la larga un asunto muy lejano al aborto, la escisión de España, deciden sobre la vida y la muerte de millones de seres humanos que aún no han nacido.

Pero el clamor popular, del que repito adolece ésta reforma, tampoco da legitimidad ética a ninguna ley. Recordamos la alemania nazi, donde al exterminio consensuado tácitamente por la sociedad, se le ponían nombres bien aceptables a cosas que no lo eran tanto.

Así, una deportación masiva era administrativamente una “reubicación”, un exterminio era  una “desinfección”, y el genocidio, una “solución”.

Y así, el aborto es, según la nomenklatura de Zapatero, un “IVE (Interrupción Voluntaria del Embarazo)”. Ya se populariza la expresión “ha tenido un IVE”, como si un embarazo fuera un resfriado.

Imaginamos a los organismos internacionales recibiendo documentación de la alemania nazi. Sobre el papel, un exterminio sólo era una “desinfección”. Han sido desalojados unos barracones para desinfectar. Casi huele a limpio, el documento, si bien presentado. Pero ése papel es una broma macabra, y un mecanismo de manipulación de masas.

Vuelvo al ejemplo dado anteriormente, imaginando que se propusiera la supresión de todo juicio por homicidio en defensa propia. Brutal, ¿no? Si teme por su vida o cree que su vida puede deteriorarse por una posible agresión, mate usted al agresor o posible agresor y váyase a casa. No llame ni a la policía, o llámela usted, si quiere, pero a posteriori. No se corte. Usted duerma tranquilo, que esto no sólo es legal, sino que además es bueno. Es su derecho, ciudadano.Y si luego de haber dormido, quiere usted llamar a la policía, es usted libre. La policía no tiene autoridad en éstos casos, y no toleraremos sus interferencias.

Con semejante discurso, se confundiría a la gente, y se daría pávulo a que muchos administraran su personaly particular “defensa propia”, haciéndola extensiva a cualquier atisbo de amenaza, disparando el número de víctimas de homicidio legal por defensa propia. Celebrando con carrozas y confeti el homicidio en defensa propia, lo desestigmatizas de su verdadero peso real: la muerte de un ser humano.

Y ésto es lo que propone Zapatero en cuanto a aborto. Ya la propia palabra “aborto” es un eufemismo, o lo fue en su momento. Y es la responsabilidad de los ciudadanos, abortistas o no, la que ha conferido a la palabra “aborto” las connotaciones negativas que toda muerte de un ser humano, despenalizada o no su ejecución, ha de tener.

Yo tengo 35 años. He conocido casos de abortos entre menores, y también de embarazos no deseados que han salido felizmente adelante como todos los demás. Pero siempre ha sido un palo, una tragedia. Incluso en la más decidida a abortar de las que conocí, en todas, tarde o temprano, el aborto dejó una huella imborrable en su personalidad. Huellas de sufrimiento, o de madurez, y casi siempre de ambas cosas. Ésta madurez vino conferida por lo real de las consecuencias de los actos de uno, tangibles o no. Y éste sufrimiento, incluso apoyadas emocionalmente por su entorno, fue completamente normal, como lo es el duelo por un ser querido. Fue saludable, incluso, pues alecciona acerca de las consecuencias de los actos. Y eso también es madurar. Recibir las duras lecciones de la vida en carne propia y no ajena alecciona tanto más.

En cualquier caso, el referente ético siempre identificaba aborto con muerte injusta. Apoyo emocional a un amigo, hermano, hijo, primo o sobrino. Pero con ése referente ético. Y así debe ser, en mi humilde opinión. Eso es lo que me asusta de la cabalgata surrealista del escalofriante Zerolo, y las nomenclaturas ministeriales. Que desplacen el referente moral, y lo reemplacen por su eterno viva la virgen, o la no virgen, también en éste tema tan delicado.

Zapatero propone una tercera vía. La vía rápida. La de deshacerse del feto sin que cambie nada. Sin traumas. Sin asesoramiento emocional. Sin broncas familiares. Tirando de la cisterna, como deshaciéndonos del alijo de marihuana para que no te pillen tus padres.

Sin deberes. Todo derechos.

Ningún deber. Ni el de la reflexión, siquiera. Sin someter a juicio familiar la vida de un indefenso inoportuno a quien los actos irreflexivos o directamente irresponsables de su madre han traído a la vida. Sin obligar a la adolescente, finalmente, a la reflexión y al juicio de quien está a su cargo. Privando a la adolescente de argumentos más sabios que los suyos, privando a la adolescente de lecciones impagables, necesarias para asimilar los hechos que ocurren en su propia vida, y en la de alguien que aún no puede defenderse, no lo olvidemos.

Zapatero priva de todo eso, y lo hace tentando a la adolescente a tomar la salida rápida, y con prisa. Ahora o nunca. Mañana será tarde.

Zapatero siempre transfiere el problema, no arregla nada. Garoña, que se la coma el próximo. La quiebra, que se la coma el contribuyente. El aborto, que se lo coma el feto. Ese sí que no protesta.

Zapatero propone que adolescentes de dieciséis años puedan abortar sin el conocimiento de sus padres. Así, éstas adolescentes se pueden ahorrar la posibilidad de que la convenzan, y guardar el secreto para siempre. Llamándole “derecho” a la  muerte de un ser humano indefenso y que depende de la madre, y confiriéndole a éste aborto la virtud de liberar a la mujer, se estigmatiza a la menor embarazada que quiera tenerlo, o a la que quiere abortar pero siente terribles reparos morales, relegándolas al grupo de mujeres que eligen modelos antíguos y rancios, mujeres que renuncian a sus derechos y a su libertad. Frenos para el progreso.

Se alega que siempre se evalúa psicológicamente a la paciente. Pero ya me conozco cómo funcionan éstas cosas: “Aquí tú tranquila. No comemos el coco a nadie, y todo queda en casa”, dice una enfermera, sin saber que está siendo grabada, a una paciente en una clínica abortista.

Claramente, ahí no se come el coco a nadie. Se les rompe a algunos, eso sí, pero esos no protestan. Los fetos se defienden en silencio porque aún no saben llorar. “Estoy reventado. Hoy he hecho x rompecocos”, dice un médico al final de su jornada, también sin saber que estaba siendo grabado.

Fíjense la distancia dialéctica entre aborto, IVE y rompecocos. Es la distancia exacta entre lo trágico, lo fríamente administrativo y lo puramente anecdótico e irreflexivo, sin más consecuencia que el cansancio de un médico y el dinero obtenido a cambio. Y se dará en muchos casos la terna completa.

Imaginamos a Miriam, dieciséis años. Se queda embarazada. Nadie lo sabe. Tiene tres amigas que se quedaron embarazadas también a esa edad.

Una se lo dijo a sus padres, y ellos la convencieron de tenerlo. Todo el día trabaja y cuida a su hijo. Le quiere mucho, pero tiene muchas peocupaciones y ya no es la de siempre. Ahora es una mamá.

Otra se lo dijo a sus padres. La cayó un broncón, hubo llantos, y abortó. Pasó un tiempo mal, o triste, o arrepentida, o culpable por no sentir nada malo o por sentirse aliviada de haberse librado de toda esa responsabilidad, o culpable a secas, o un cóctel de todo ello. Entre todos la sacamos adelante. Hoy sigue con su vida, es una chica alegre. Ya no es exactamente la misma, es más madura. Pero pasó un malísimo trago y provocó conflictos en su familia.

Otra no se lo dijo a nadie, abortó y se fue de rositas. Nunca lo contó a nadie. Nunca habla de ello. Como si no hubiera ocurrido.

Y ahora, Miriam, tiene que elegir. Con dieciséis años, una formación media limitadita, y un intelecto adolescente, no sabe si quiere tener al niño, o si no lo quiere. No sabe cómo se lo van a tomar sus padres. Probablemente mal, pero ¿quién sabe? ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? ¿Qué hacer?

No sé qué opción tomará Miriam. Y no sé si se arrepentirá en el futuro. Pero sé que su inmaduro juicio se verá nublado contínuamente por la tentación de tomar la impune, anónima y nocturna “solución” de Zapatero.

 Para el feto, siempre un aborto. Para el estado, un IVE. Para la madre, una anécdota sin más consecuencia que un recuerdo extraño y vago. Un rompecocos.

11-M EL TESTIGO LAVANDERA

lavanperro

Año 2001. Una noche tranquila en el club Horóscopo, un prostíbulo de Gijón. El portero se llama Francisco José Lavandera. Es un tipo peculiar, éste Lavandera. Muchos años antes, Lavandera había sido minero y trabajado en la construcción. Un día se enroló en el ejército, y llegó a ser soldado de un cuerpo de élite. Después se pasó al sector privado, y participó como mercenario en varias guerras africanas. Lavandera es un tipo duro que ha visto de todo. Cuando volvió a España, se dedicó a la seguridad. Y así dio con sus huesos en el Horóscopo. Un trabajo sencillo para un hombre como él.

El Horóscopo servía, como tantos otros, de punto de encuentro y esparcimiento para diferentes personajes de la noche Gijonesa: clientes anónimos, traficantes, proxenetas, confidentes, policías corruptos… El local contaba con el favor de algún mando policial. Si iba a haber redada, se avisaba al club para que retirara la droga y las chicas menores de edad.

Una de aquellas menores se llamaba Elisángela Barbosa Guimaraes, era brasileña y era explotada sexualmente en el local. Lavandera se enamoró de ella y la llevó a vivir con él. Se querían. Ella continuó trabajando en el local, pero en condición de bailarina y auxiliar del local. No volvió a ejercer la prostitución. Se casaron e iniciaron una vida, y pronto tuvieron un hijo. Lavandera ya tenía otros dos de una relación anterior.

A Lavandera le gustaba cuidar animales. Criaba una pitón amarilla con la que Elisángela bailaba, emulando el número de Abierto hasta el Amanecer. También recogía animales del bosque, crías abandonadas o extraviadas. Las llevaba a una parcela que tenía en el campo, y allí las rehabilitaba. Su proyecto era hacer una especie de zoológico para los niños de la zona.

Aquella noche tranquila de julio de 2001 lo cambió todo. Se dejó caer por el Horóscopo un conocido de la parroquia, un traficante local llamado Antonio Toro. Un tipo frío, como Lavandera. Ningún camorrista. Como era una noche tranquila, Toro invitó a Lavandera a una copa. Y sin muchos rodeos, pasó a la cuestión. Toro tenía a su disposición gran cantidad de dinamita para vender, y preguntó a Lavandera si conocía a alguien a quien le pudieran interesar. Lavandera no hizo mucho caso, bromeó incluso. No se tomó muy en serio la proposición de Toro. Y ahí quedó la cosa. Toro se fue, y Lavandera continuó con su vida, ajeno a lo que se le había venido encima.

Una semana después, Lavandera conducía su coche cuando Toro le adelantó. Se saludaron y pararon. Toro abrió el maletero de su coche. En él había cincuenta kilos de dinamita. Una vez se cercioró de que Lavandera le tomaba en serio, pasó a hacerle una proposición. “Tenemos que colocar 1000 kilos de éstos a la semana. Éstos son, precisamente, para ETA. Necesitamos a alguien de confianza que les lleve las mercancías a Francia. Hay mucha pasta. Además, ETA me ha pedido más cosas. Pagarán lo que sea por que alguien les enseñe a hacer bombas con teléfonos móviles. También necesitan un asesino a sueldo para encargarse de alguien. Ah, y con la policía estamos cubiertos. Te puedes forrar. ¿Estás con nosotros?”

Lavandera contestó con evasivas. Prometió pensarlo, se despidió de Toro y se dirigió directamente a la comisaría de Gijón. El agente encargado de las denuncias, y después sus superiores, le tomaron declaración. Después le ofrecieron la posibilidad de poner una denuncia, a lo que Lavandera se negó por miedo a las represalias. Le pareció que aquellos policías no le tomaban muy en serio.

Unos días después, Lavandera cubre su puesto como portero del Horóscopo, cuando un electricista del local le dice que cómo se le ocurre chivarse a la policía. ¿Cómo? Pregunta Lavandera, y el electricista le cuenta. Al parecer, había estado el fin de semana de cena con varios personajes poco recomendables, uno de los cuales era inspector de policía en Gijón. Y éste había puesto al corriente de los otros comensales el chivatazo de Lavandera. La policía le había vendido.

Poco después le abordaron dos policías nacionales, y le amenazaron: “Si relacionas a Toro con ETA otra vez, te cortamos el cuello”.

Lavandera, ya intimidado, volvió a recibir una visita al poco. Ésta vez se trataba del cuñado de Antonio Toro, su principal compinche: José Emilio Suárez Trashorras. Se dejó caer por el Horóscopo, y volvió a proponer a Lavandera participar en los tratos con ETA. “Tengo que deshacerme de cuatrocientos kilos de Goma 2 urgentemente.” Lavandera, que no estaba por la labor, y después de meditarlo, llamó de vuelta a Trashorras para hacerse el interesado y acto seguido llamó a la Guardia Civil. El Agente Campillo se hizo cargo personalmente y, provisto de una grabadora oculta, tomó declaración a Lavandera en la casa de éste.

Campillo decidió dar parte a su superior, Pedro Marful. La Guardia Civil quedó al corriente de las actividades de Toro, y se puso en marcha una operación que no prosperó. Y la cinta que Campillo grabó a Lavandera quedó olvidada en un cajón.

Meses después del atentado del  11-M de 2004, la cinta volvió a la luz. Un traslado de dependencias de la guardia civil la sacó a flote por casualidad. Lavandera fue requerido por el Juez del Olmo, que instruía el caso, y tras tomarle declaración le concedió la calidad de testigo protegido. Pasó a ser custodiado por la policía, lejos de su ambiente. Mediáticamente vapuleado por los defensores de la versión oficial, tuvo que ser testigo de todo tipo de calumnias hacia su persona sin posibilidad de defenderse.

No sabemos a qué presiones fue sometida la chica, separada temporalmente de su marido. Sólo sabemos que un día, ella avisó a amigas, y a Lavandera, de su intención de suicidarse. “Cuida del niño”, le escribió. Y se fue al mar, a nadar, como era su costumbre. Hasta allí fueron sus amigas, y la encontraron alejándose entre las olas. Llamaron a la policía, y hasta cuatro agentes se presentaron allí. Tras una hora de indolencia, pues los agentes, por todo servicio, pidieron a un surfista que pasaba por allí que convenciera a la chica para que volviera a la orilla, y después llegaron a acodarse en la barandilla de espaldas al mar, la chica desapareció en el agua, y murió, ante la indiferencia de los agentes presentes.

Lavandera, bloqueado económicamente, y bajo custodia policial hasta que testificara en el juicio, no pudo siquiera personarse en el funeral de su mujer. Los agentes asignados a la vigilancia del testigo tuvieron que poner dinero para que Francisco Javier Lavandera pudiera enviar un ramo de flores.

El juez del Olmo ofreció a Lavandera, después de que su declaración fuera ninguneada por los medios oficialistas y los promotores de éstos, una identidad falsa y un trabajo como guardia de seguridad en el aeropuerto de Bilbao, ¡cuando sus informaciones implicaban a ETA! Lavandera rechazó el trato y desconfiando de las autoridades, se agenció una pistola deportiva. Ante ésta actitud, le fue retirado el estatus de testigo protegido, y Lavandera se fue a su casa para dedicarse a sus tres hijos. A esas alturas, la sociedad rechazaba su compañía. Lavandera tenía problemas incluso para matricular a sus hijos, pues ningún colegio quería acogerlos.

 Semanas después recibió un sobre sin remitente. En su interior, las fotos de la autopsia de su mujer. Y una frase: “Para que te acuerdes de tu mujer”.

Lavandera planeaba denunciar a la policía por las negligencias en torno a la muerte de Elisángela. Pero tuvo que desistir, pues no tenía dinero para pagar a un abogado, y todo su entorno le recomendaba dejarlo estar.

Sin embargo, poco antes de que expirara el plazo para denunciar, alguien colocó una bomba en su coche. Sólo su cautela lo salvó. La policía le dijo que la bomba estaba preparada para no estallar, pero Lavandera lo duda. Además, no le fue posible examinar el artefacto, y los policías no guardaron suficiente documentación del artefacto, quitándole importancia. Sin embargo, las amenazas telefónicas se sucedieron, y llegó a aparecer un charco de sangre en su portal.

Tiempo después, antes del juicio del 11-M, alguien seguía interesado en que Lavandera no testificara en él. Un día, dirigiéndose a la finca donde tenía a sus animales, le sorprendió un pistolero. Un profesional. Disparó repetidas veces contra el coche que conducía Lavandera, que se agachó y giró el vehículo marcha atrás. Disparó de vuelta ahuyentando al pistolero. Una de las balas que el desconocido disparó quedó alojada en el volante del coche de Lavandera.

Otro día encontró muertos a sus animales. Su perro, un muflón, un cervatillo, dos jabalíes, habían sido exterminados lentamente, colgados y muertos a balazos y golpes.

Como apunta José María de Pablo, fue un verdadero milagro que Francisco Javier Lavandera llegara vivo a declarar. Poco antes publicó un libro en el que contaba sus memorias. El ejército, África, el Horóscopo, la trama asturiana. “Quiero contarlo todo antes de que me maten”, declaró.

Finalmente, el juez Bermúdez no tuvo especialmente en cuenta su testimonio, salvo para incriminar a Trashorras, que hoy cumple condena por proporcionar los explosivos de los trenes. En lo referente a ETA, el juez no hizo nada, y consideró a Lavandera como testigo poco fiable.

Tal vez sólo por el poco caso que le hicieron, Lavandera sigue vivo. A pesar de sus esfuerzos cívicos, y a pesar de haber informado ya en 2001 a la Guardia Civil de que ETA andaba buscando aprender a hacer bombas con teléfonos móviles, España le dio la espalda, y sigue haciéndolo a día de hoy.

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Aído, Bibiana 2: el rebuzno perfecto

¡Pasen y vean! Aído nos ensucia las orejas con ésta declaración ignorante y venenosa. Ésta ministra es la prueba de que el humano nace humano, y sólo más tarde se convierte en besugo, y no al revés.

Donde dije besugo quise decir besuga

 

Es notable la concentración de tonterías que se oyen en unos segundos de Audio. Ya la pregunta viene con zurraspa. “Yo soy ateo porque solo creo en lo que veo”.  La respuesta es aún mejor. El ser humano es humano cuando a mí me parezca.

Dado el carácter de pregunta y respuesta, y sin olvidar a Francino ejerciendo de mamporrero, otorgamos a ésta muestra el distintivo de Rebuzno Perfecto.

 

Aído, Bibiana: patadón y a correr

Pasen y vean a la menistra de iguardá Bibiana Aído pateando el diccionario.

-Mamá, esta señora habla raro.

 

La historia de los miembros y las miembras no acabó aquí. La reacción de los medios serios no se hizo esperar, y cayó sobre la menistra un alud de críticas. Como respuesta, la menistra, en lugar de disculparse por su evidente error, propuso a la academia incluir el término “miembra”. Ésta fue la respuesta de dos académicos. ¡Juas!

Rodríguez Zapatero, José Luis 3: ¡Sshh!

Vean al presidente de España antes de subir al ring. Cuantas menos palabras dice, mejor se retrata. Al final balbucea una respuesta, mal y tarde, cuando ya nadie le mira.

¿De dónde saca ése Sonrilex tan chulo?

 

Laciudadenllamas se pregunta: ¿Es pernicioso para el discernimiento el exceso de sonrisa?

 

Rodríguez Zapatero, José Luis 2: ¡Viva Rusia!

 

Aquí tenemos a nuestro presidente ZP, víctima de un desliz verbal en la lectura de un comunicado. Vean cómo se retuerce. ¡Ay, ZP!

Dejémonos de palabrerías vanas y vayamos a los hechos

 

“En los deslices de la lectura se da generalmente el hecho de sustituir una palabra con otra, que casi siempre son parecidas, que puede darse debido a algún pensamiento que tenía anteriormente a quien le ocurre esto, en donde algo que se desea sustituye aquello que no interesa.”

Psicología, actos fallidos, 1. html.rincondelvago.com